—Veamos, ¿cuál?
—Que el padre... el padre... qué se yo; que el fraile, en fin, os ha convertido.
—He aquí ciertamente una de vuestras ideas.
—Convertido, primo, convertido; yo lo digo. Por mí, me alegro. ¿Sabéis que será un bello espectáculo el veros todo compungido y con los ojos bajos? ¡Qué gloria para ese padre! ¡Qué satisfecho y envanecido habrá vuelto á su convento! No son peces que se pillan todos los días, ni con todas las redes. Estad seguro que os citará como un ejemplo; y cuando vaya á alguna misión un poco lejos, hablará de vuestros hechos. ¡Me parece oirlo! Y aquí, hablando con la nariz, y acompañando la palabra con ademanes burlescos, continuó con el tono de un predicador: “En cierta parte de este mundo, que por dichos respetos no nombro, vivía, carísimos oyentes míos, y vive todavía, un caballero libertino, más amigo de las muchachas que de los hombres de bien; el cual, avezado á hacer un haz de todas yerbas, había puesto los ojos...”.
—Basta, basta, interrumpió D. Rodrigo medio risueño, y medio enojado. Si queréis doblar la apuesta, estoy pronto á ello.
—¡Diablo! ¿habréis vos acaso convertido al padre?
—No me habléis de él; y en cuanto á la apuesta, S. Martín decidirá. La curiosidad del conde estaba excitada; no perdonó ninguna clase de preguntas; pero D. Rodrigo las supo eludir, remitiéndose siempre al día de la decisión, y no queriendo comunicar á la parte contraria designios que no estaban ejecutados, ni aun enteramente resueltos.
Á la mañana siguiente, D. Rodrigo despertó tal cual era. La aprehensión que aquellas palabras vendrá un día le habían infundido, se desvaneció del todo con los sueños de la noche, y sólo le quedaba la rabia, exacerbada por la vergüenza de aquella debilidad pasajera. Las imágenes más recientes del paseo triunfal, de los saludos, de las buenas acogidas, y el sermón de su primo, habían contribuido no poco á hacerle recobrar su antiguo ánimo. Apenas se hubo levantado, hizo llamar al Griso. “Cosas grandes ocurren”, dijo aparte el criado, á quien fué dada la orden; porque el hombre que llevaba aquel apodo no era nada menos que el jefe de los bravos, al cual estaban confiadas las empresas más arriesgadas y más temerarias, de quien el noble confiaba enteramente, como que el hombre era todo suyo por gratitud é interés. Después de haber cometido un asesinato de día y públicamente, se encaminó á implorar la protección de D. Rodrigo; y éste, haciéndole vestir con su librea, lo puso á cubierto de las pesquisas de la justicia. Así, encargándose de perpetrar todos los delitos que le fuesen ordenados, él se había asegurado la impunidad del primero. Para D. Rodrigo, la adquisición no había sido de poca importancia; porque el Griso, además de ser, sin comparación, el más valiente de la cuadrilla, era también una prueba manifiesta de que su amo había podido barrenar felizmente las leyes; de suerte que su poder se engrandeció en el hecho y en la opinión.
—¡Griso! dijo D. Rodrigo, en esta coyuntura se verá lo que tú vales. Antes de mañana la Lucía debe hallarse en este palacio.
—No se dirá jamás que el Griso se haya apartado de las órdenes de su ilustrísimo amo y señor.