—Toma cuantos hombres te sean necesarios, manda y dispón como mejor te parezca, á fin de que la cosa tenga un buen resultado. Mas procura sobre todo que no se la cause ningún daño.
—Señor, un poco de miedo para que ella no haga demasiado ruido... no se podrá menos.
—Miedo... entiendo... esto es inevitable. Pero que no se la toque un solo cabello, y sobre todo que se la respete de todos modos. ¿Has entendido?
—Señor, no se puede separar una flor de la planta y traerla á vuestra señoría sin tocarla. Pero no se hará más que lo puramente necesario...
—Bajo tu propia seguridad. Y... ¿cómo lo harás?
—Eso estaba pensando, señor. Somos dichosos en que la casa esté en un extremo del pueblo. Tenemos precisión de buscar un sitio donde apostarnos, y justamente á poca distancia de allí se encuentra aquel caserón deshabitado y solo en medio de los campos, aquella casa... vuestra señoría no tendrá noticia de estas cosas... una casa que se quemó pocos años hace, no han tenido dinero para repararla y la han abandonado; y ahora se juntan allí las brujas; mas hoy no es sábado, y yo me río de todo. Esos villanos, que son tan supersticiosos, no se atreverían á pasar ninguna noche de la semana por todo el oro del mundo; así que, podemos ir á colocarnos á dicho sitio, con la seguridad de que nadie se acercará á interrumpirnos.
—Está bien; ¿y luego?
Aquí el Griso se puso á proponer y D. Rodrigo á discutir, hasta que de acuerdo hubieron concertado la manera de dar fin á la empresa, sin que quedaran las huellas de los autores; en seguida el modo de dirigir las sospechas hacia otro lado por medio de falsos indicios; imponer silencio á la pobre Inés; infundir á Renzo un miedo tal, que le quitase la pesadumbre, la idea de recurrir á la justicia y también la voluntad de quejarse; y por último, todas las maldades necesarias para la consecución de lo principal. Nosotros dejamos de referir esa multitud de tramas que no son indispensables para la inteligencia de la historia. Bastará decir que mientras el Griso iba á poner los proyectos en ejecución, D. Rodrigo le volvió á llamar y le dijo: “Si por acaso aquel temerario villano esta tarde sacase las uñas contra vosotros, no será malo que le deis anticipadamente una buena paliza por vía de recuerdo. Así, la orden que se le intimará mañana, de que se esté quieto, surtirá un efecto más seguro. Mas no vayáis á buscarlo, para no echar á perder lo que más importa. ¿Me has entendido?”.
—Dejadlo á mi cuidado, contestó el Griso, inclinándose con un aire obsequioso y de jactancia, después de lo cual partió. La mañana se pasó en dar vueltas, con el objeto de reconocer el terreno. Aquel falso pordiosero que se había introducido de tal suerte en la pobre casita, no era otro que el Griso, el cual iba con un golpe de vista á levantar el plano; los mentados viajeros eran sus tunantes, á los cuales para obrar bajo sus órdenes bastaba tener un conocimiento muy superficial del lugar. Una vez hecha la descubierta, no se habían dejado ver más, para no dar que sospechar.
Luego que volvieron todos al palacio, el Griso echó sus cuentas, fijó definitivamente el proyecto de la empresa, asignó la gente y dió las instrucciones. Todo esto no se pudo hacer sin que aquel viejo servidor (que el lector conoce ya) que estaba con los ojos abiertos y el oído alerta, se apercibiese de que se maquinaba algo grande. Á fuerza de estar atento y de preguntar, cogiendo una noticia de aquí, otra media de allá, comentando entre sí una palabra oscura, interpretando una salida misteriosa; tanto hizo, que al fin vino á sacar en claro lo que debía tener lugar aquella noche. Mas cuando lo hubo conseguido, ella estaba ya muy próxima, y ya una pequeña vanguardia de bravos había ido á emboscarse al arruinado caserón. El pobre viejo, aunque conociese bien á qué juego tan peligroso jugaba y tuviese también miedo de llevar el socorro á tiempo, no quiso sin embargo faltar. Salió con el pretexto de tomar aire, y se encaminó con la mayor precipitación al convento, para dar al padre Cristóbal el aviso prometido. Poco después, los demás bravos se pusieron en movimiento y salieron separadamente uno después de otro, para no dar á conocer que iban juntos. El Griso siguió luego, y no quedó dentro más que una litera, la cual debía ser conducida al caserón, entrada ya la noche, como así se verificó. Reunidos que fueron en aquel sitio, el Griso despachó tres de los suyos á la hostería del lugar, ordenando que uno de ellos se pusiese en la puerta para observar lo que ocurriese en la calle, y ver cuándo todos los habitantes se hubiesen retirado; los otros dos que permaneciesen dentro jugando y bebiendo, como aficionados, y estuviesen entretanto espiando, si algo había que fuese digno de espiar. Él, con el resto de la tropa, quedó en acecho esperando la ocasión.