El pobre viejo trotaba aún; los tres exploradores llegaron á su puesto; el sol se iba á poner, cuando Renzo entró en casa de las mujeres y dijo: “Tonio y Gervasio me aguardan fuera; voy con ellos á la hostería á comer un bocado, y al toque del Avemaría vendremos á buscaros. Vamos, ¡valor, Lucía, no depende todo más que de un momento!”. Lucía suspiró y repitió: “¡Oh! ¡sí, sí, valor!” con una voz que desmentía sus palabras.

Cuando Renzo y los dos compañeros llegaron á la hostería, se encontraron el susodicho ya plantado de centinela, que obstruía la mitad de la entrada, con la espalda apoyada sobre el pie derecho de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho, miraba y remiraba á derecha é izquierda, haciendo brillar tan pronto lo blanco como lo negro de sus dos ojos de ave de rapiña. Una gorra plana de terciopelo carmesí, puesta de medio lado, cubría la mitad del ciuffo, el cual dividiéndose sobre una frente morena daba vueltas por una parte y por otra, y terminaba en trenzas sujetas con un peinecillo sobre la nuca. Sostenía en su mano una gruesa estaca; armas verdaderamente no llevaba á la vista; mas cualquiera que le hubiese mirado tan sólo á la cara, aunque fuese un niño, habría juzgado que debía tener tantas escondidas, cuantas podían colocarse debajo de sus vestidos.

Cuando Renzo, que iba delante de sus dos compañeros, fué á entrar, aquél sin incomodarse le miró muy fijamente; pero el joven, procurando esquivar toda disputa, como sucede al que tiene una empresa escabrosa entre manos, no manifestó apercibirlo, ni tampoco dijo: “Haceos á un lado”; y rozando con el otro pie derecho, pasó de lado por la abertura que dejaba aquella cariátide. Los dos compañeros debían hacer la misma evolución si querían entrar. Una vez dentro, vieron á los otros, cuyas voces habían oído ya; esto es, los dos bribones que sentados á la esquina de la mesa, jugaban á la morra gritando los dos á la vez (pues así lo requiere el juego), y echándose ya el uno ya el otro de beber con un gran frasco que tenían en medio. Éstos, sin embargo, miraron fijamente á los recién llegados; y uno de ellos, especialmente, teniendo una mano en el aire, con tres dedos tendidos y separados, y con la boca abierta todavía por un gran “seis” que había pronunciado en aquel momento, miró á Renzo de pies á cabeza; después dió de ojo al compañero, y en seguida al de la puerta, que contestó con un signo de cabeza. Renzo, sospechoso é incierto, miraba á sus dos convidados como si quisiese buscar en su semblante una interpretación de todas aquellas señales; mas sus rostros no indicaban otra cosa que un buen apetito. El dueño de la hostería le miraba también como para esperar órdenes: aquél lo hizo ir consigo á una estancia próxima, y le ordenó que trajera la cena.

—¿Quiénes son aquellos forasteros? le preguntó luego en voz baja, cuando aquél volvió con unos gruesos manteles debajo del brazo y una botella en la mano.

—No los conozco, repuso el huésped, desplegando los citados manteles.

—¡Cómo! ¿ni siquiera á uno?

—Vos sabéis muy bien, respondió aquél, tendiendo los manteles sobre la mesa, que la primera regla de nuestro oficio es el no ocuparnos de los negocios de otros, tanto, que hasta nuestras mujeres no son curiosas. Estaríamos frescos con tanta gente que va y viene; esto es siempre un puerto de mar, cuando el año es bueno, quiero decir; mas estemos alegres, que el buen tiempo volverá. Á nosotros nos basta que los parroquianos sean gente de bien; poco nos importa el que sean esto ó lo otro. Entretanto, voy á traeros un famoso plato de polpette como jamás las habréis comido.

—¿Cómo podéis saber?... replicó Renzo. Mas el huésped en dirección ya de la cocina, siguió su camino. Mientras tomaba la cacerola de polpette que acabamos de decir, se le acercó poquito á poco aquel bravo que había mirado á nuestro joven, y le dijo á media voz: “¿Quién es esa buena gente?”.

—Son hombres honrados, de aquí, del pueblo, repuso el huésped echando las polpette en un plato.

—Está bien; ¿pero cómo se llaman? ¿quiénes son? insistió aquél con la voz un tanto áspera.