—El uno se llama Renzo, respondió el huésped, pero en voz baja: un buen muchacho regularmente establecido; hilador de seda, que sabe bien su oficio. El otro es un aldeano llamado Tonio, buen compañero, alegre convidado; siendo una lástima que tenga poco dinero, porque todo lo gastaría aquí. El tercero es un bendito que come voluntariamente cuanto le dan. Con vuestro permiso...

Y de un salto abandonó la hornilla y al interrogante, y se dirigió á llevar el plato para quien estaba destinado.

—¿Cómo podéis saber, replicó Renzo, cuando lo vió aparecer de nuevo, que sea buena gente, si no los conocéis?

—Por sus acciones, querido amigo; el hombre se conoce por sus acciones. Los que beben el vino sin criticar, que pagan al contado sin regatear, que no arman camorra con los demás parroquianos, y que si tienen que dar alguna cuchillada á alguno lo van á esperar fuera y lejos de la hostería, de modo que el infeliz huésped no se comprometa jamás, éstos son aquellos á quienes yo llamo buena gente. Por lo tanto, podemos conocer la gente honrada, como nos conocemos nosotros cuatro, y mejor. ¿Y qué diablo de capricho tenéis en querer saber tantas cosas, cuando sois novio y debéis tener otras tantas en la cabeza? ¡Y delante estas polpette que harían resucitar á un muerto! Dicho esto, se volvió á la cocina.

Nuestro autor, observando la diversa manera que tenía el dueño de la hostería de satisfacer á las preguntas, dice que era un hombre por ese estilo; que en todos sus discursos hacía profesión de ser muy amigo de los hombres honrados en general; pero en la práctica, usaba de una complacencia mucho mayor con aquéllos que tenían reputación ó apariencia de bribones. ¡Qué carácter tan singular!

La cena no fué muy alegre. Los dos convidados hubieran querido saborear con toda comodidad; pero el que convidaba, preocupado con lo que ya sabe el lector, fastidiado y aun inquieto del extraño continente de aquellos desconocidos, no veía otra cosa más que el momento de poder salir de allí. Se hablaba á media voz á causa de ellos; y aun esto eran palabras truncadas y sin sentido.

—¡Qué bella cosa, se le escapó decir á Gervasio, que Renzo quiera tomar mujer y que tenga necesidad!... Renzo tomó un aspecto severo. “¡Quieres callarte, animal!”, le dijo Tonio, acompañando el epíteto con un codazo. La conversación fué languideciendo hasta el fin. Renzo, habiendo sido muy parco, tanto en el comer como en el beber, tuvo cuidado en dar de beber con discreción á los dos testigos, con el objeto de inspirarles un poco de brío sin hacerles perder la razón. Levantada ya la mesa, pagada la cuenta del gasto que habían hecho, se vieron obligados á pasar de nuevo los tres por delante de aquellas figuras, que se volvieron todos hacia Renzo, como la primera vez. Cuando habiendo dado algunos pasos fuera de la hostería, miró tras de sí y vió que los dos que había dejado sentados en la cocina le seguían, entonces se paró con sus dos compañeros, como si quisiese decir: “Veamos lo que querrán de mí esas gentes”. Mas cuando los dos se apercibieron de que eran observados, se pararon también, hablaron en voz baja, y se volvieron. Si Renzo hubiese estado bastante cerca para oir sus palabras, le hubieran parecido muy extrañas.—Sería, sin embargo, un grande honor, sin contar el provecho, decía uno de los malandrines, si al volver al palacio pudiésemos contar el haberle medido las espaldas por nosotros mismos, sin que el Sr. Griso haya venido á arreglarlo.

—¡Y echar á perder el negocio principal! dijo el otro. He aquí que él ha conocido algo; ved cómo se para á mirarnos. ¡Oh, si fuese más tarde! Volvámonos para no dar sospechas. Mirad que viene gente por todas partes; dejemos ir las gallinas todas al gallinero.

Efectivamente, se percibía aquel bullicio, aquel rumor que se deja oir al anochecer en una población, y que momentos después hace lugar al solemne silencio de la noche. Las mujeres llegaban del campo llevando sobre su cuello á los tiernos niños y conduciendo de la mano á los mayorcitos, á los cuales hacían repetir las oraciones de la tarde; los hombres venían con las palas y los azadones al hombro. Al abrirse las puertas, se veían lucir aquí y allá los fuegos encendidos para preparar las frugales cenas; oíanse en la calle cambiarse los saludos, y de cuando en cuando alguna que otra palabra sobre la escasez de la cosecha y sobre la miseria del año; además de aquellas conversaciones, se oía también el tañido mesurado y sonoro de la campana que anunciaba la conclusión del día. Cuando Renzo vió que los dos indiscretos se habían retirado, continuó su camino en la oscuridad, que á cada paso se iba aumentando, haciendo ya una ya otra advertencia á los dos hermanos. Era ya enteramente de noche cuando llegaron á la morada de Lucía.

Entre la primera idea de una empresa terrible y su ejecución, el intervalo es un sueño lleno de fantasmas y de temores. Lucía yacía después de algunas horas en las angustias de un sueño semejante; é Inés, Inés misma, autora del consejo, estaba muy pensativa, y apenas encontraba palabras para animar á su hija. Pero en el momento de despertarse, esto es, en el momento en que es necesario obrar, el ánimo se encuentra enteramente mudado. Al terror y al valor que se disputaban vuestro corazón, sucede otro temor y otro valor; la empresa se presenta á la mente como una nueva aparición: lo que primeramente asustaba más, parece á veces que viene á ser mas fácil en un momento; otras, el obstáculo que apenas se había percibido toma colosales dimensiones, la imaginación retrocede espantada, los miembros parece que rehúsan obedecer, y el corazón falta á las promesas que había hecho con la mayor seguridad. Al humilde llamar de Renzo, Lucía fué asaltada de un terror tan grande, que resolvió en aquel momento el sufrirlo todo, el estar siempre separada de él más bien que seguir aquella resolución; mas cuando aquél se dejó ver y dijo: “Ya están aquí, partamos”; cuando todos se mostraron prontos á echar á andar sin titubear, como quien va á una cosa establecida ya de antemano é irrevocable, Lucía no tuvo tiempo ni fuerzas para oponer alguna dificultad, y como arrastrada cogió temblando un brazo de su madre y otro de su prometido, y se puso en marcha con la arriesgada compañía.