—¡Corred, Ambrosio! ¡Socorro! Hay gente en casa, gritó D. Abundio.
—Voy al momento, respondió aquél. Metió adentro la cabeza, volvió á cerrar su ventanillo, y aunque medio soñoliento, y más que medio asustado, encontró de manos á boca un expediente para llevar más socorros de los que se le pedían, sin tener necesidad de ir á meterse en medio de la tremolina, cualquiera que ella fuese. Cogió los calzones que estaban sobre su cama, se los colocó debajo del brazo, y subiendo á brincos por una escalerilla de mano, corrió al campanario, asió la cuerda de la más grande de las dos campanas que allí había, y empezó á tocar rebato.
Ton, ton, ton, ton. Los aldeanos se apresuran á sentarse sobre la cama, los muchachos acostados en los graneros aguzan los oídos, y se ponen de pie. ¿Qué es esto, qué es esto? ¡La campana toca á rebato! ¿Será fuego, ladrones, bandidos? Muchas mujeres aconsejan, ruegan á sus maridos que no se muevan, que dejen ir á los demás; algunos se levantan y se dirigen á la ventana; los cobardes, como si se rindiesen á las súplicas, se vuelven á meter debajo de las mantas; los más curiosos y más valientes, bajan á tomar las horquillas y los arcabuces para acudir al ruido; otros, finalmente, permanecen meros espectadores.
Mas antes que ellos estuviesen arreglados, antes de estar bien despiertos, el ruido había herido ya los oídos de otras personas que velaban, no lejos de allí, levantadas y vestidas: los bravos por un lado, Inés y Perpetua por el otro. Diremos antes, brevemente, lo que aquéllos habían hecho desde el momento en que los dejamos, parte en el caserón y parte en la hostería. Cuando éstos tres últimos vieron todas las puertas cerradas y la calle desierta, salieron á toda prisa, diciendo que deseaban llegar pronto á su casa; dieron una vuelta por el pueblo para ver mejor si todo el mundo se había retirado, y en efecto, no encontraron alma viviente, ni oyeron el menor ruido. Pasaron también poquito á poco por delante de nuestra pobre casita, la más tranquila de todas porque no había nadie dentro. Entonces se encaminaron directamente al caserón, é hicieron su relación al Sr. Griso. Éste se cubrió la cabeza con un gran sombrero de anchas alas, se puso una especie de ropón de hule sembrado por todos lados de conchas, tomó un bordón de peregrino, y dijo: “Bravos, marchemos; silencio, y atención á las órdenes”. Después de pronunciadas estas palabras, se puso en marcha el primero, siguiéndole los demás. Al poco tiempo llegaron á la casita, por un camino opuesto al que nuestra pequeña tropa había seguido para hacer también su expedición. El Griso hizo detener su partida á algunos pasos, se adelantó solo con el objeto de explorar, y viendo que por fuera estaba todo desierto y tranquilo, mandó avanzar á dos de aquellos bribones; les dió la orden de escalar con precaución la pared que circula el pequeño patio, y que estando dentro, se ocultasen en un ángulo, que estaba plantado de una multitud de higueras, sobre cuyo sitio había echado la vista aquella misma mañana. Hecho esto, llamó muy bajito á la puerta, con la intención de decir que era un desgraciado peregrino, que pedía hospitalidad hasta que fuese de día. Nadie contestó; volvió á llamar con más fuerza; nada, el mismo silencio. Entonces llamó á un tercer malandrín, le hizo escalar la pared del patio como lo habían verificado los otros dos, con orden de descorrer poco á poco el cerrojo, para tener de este modo libre el ingreso y la retirada. Todo se hizo con la mayor precaución y con próspero resultado. En seguida fué á llamar á los demás, los llevó consigo, les mandó que se ocultasen en el mismo sitio que los anteriores, aproximóse lentamente á la puerta de la calle, colocó dos centinelas á la parte interior, y se dirigió á la entrada del piso bajo. También tocó á la puerta y esperó; ¡bien podía esperar! Forzó con la más refinada astucia la citada puerta, y nadie hubo que dijese desde adentro: “¿Quién va allá?”. Nada se oye; mejor no puede ir. Adelante, pues: “Psit”, dijo, llamando á los que se ocultaban entre las higueras y entrando con ellos en la habitación baja, en donde por la mañana había infamemente recibido un pedazo de pan. Sacó yesca, piedra, eslabón y pajuelas, encendió una pequeña linterna y entró en otra pieza interior, para ver si había alguien; nadie tampoco. Luego retrocedió, se encaminó á la puerta de la escalera, miró, escuchó, nada; soledad y silencio. Dejó otros dos centinelas en el piso bajo, mandó que le siguiese Grignapoco, que era un bravo del condado de Bérgamo, el cual sólo debía amenazar, tranquilizar, pedir, ser en suma el orador, á fin de que por su lenguaje pudiese hacer creer á Inés que la expedición venía de aquella parte. Con el expresado Grignapoco al lado, y los demás detrás, el Griso subió poco á poco blasfemando en su interior á cada escalón que crujía, á cada paso de aquellos bribones. Finalmente, llegó arriba. Aquí está el busilis. Empujó suavemente la puerta que conduce á la primera pieza, ella cedió, la abre un poco, aplica el oído; está todo oscuro. Se pone á escuchar atentamente por si oye alguno que ronque, respire ó se agite; nada. Adelante, pues: colocó la linterna delante de su cara para ver sin ser visto; abrió la puerta de par en par, y distinguió un lecho, se echa encima, el lecho lo halló preparado y perfectamente plano, con el rebozo bien extendido y cubriendo la almohada. Se encogió de hombros y se volvió hacia su comitiva, les hizo seña que fuesen á ver en la otra habitación y que le siguiesen de puntillas; entró, hizo las mismas ceremonias, y encontró la misma cosa. “¿Qué diablo es esto?”, dijo entonces: “Es preciso que algún perro traidor nos haya espiado”. En seguida se pusieron todos á mirar con menos precaución, á buscar por todos los rincones; por último, revolvieron la casa de arriba abajo. Mientras que ellos están ocupados en tales indagaciones, los dos que estaban de centinela á la puerta de la calle, oyeron un pequeño ruido de pasos como de alguno que se acercaba apresuradamente; calcularon que cualquiera que fuese pasaría sin pararse; permanecieron quietos, y á todo evento se mantuvieron alerta. Mas he aquí que el ruido de las pisadas cesa delante de la misma puerta. Era Menico que venía aceleradamente, enviado por el padre Cristóbal, para avisar á las dos mujeres que por Dios saliesen pronto de su casa, y se refugiasen al convento, porque... el por qué lo sabía él. Cogió la aldaba para llamar, y sintió que se le venía á la mano rota y desunida. ¿Qué es esto? pensó, y empujó la puerta un tanto asustado; ésta se abrió. Menico puso un pie dentro, no sin una violenta sospecha: se sintió al mismo tiempo coger por ambos brazos, y dos voces que á derecha é izquierda le decían en tono amenazador: “¡Silencio! ó eres muerto”. Él, al contrario, arrojó un grito; uno de los que lo tenían cogido le puso una mano en la boca, y el otro sacó un gran cuchillo para hacerle miedo. El muchacho, trémulo como la hoja en el árbol, no trata ya de gritar; mas en el instante mismo, en su lugar, y con distinto tono, se deja oir el primer toque de campana, y detrás una multitud de campanadas seguidas. El que comete una falta siempre teme, dice un proverbio milanés: á uno y á otro de aquellos bribones les parece oir en dichos toques sus nombres y apellidos; sueltan los brazos de Menico, lo rechazan con cólera, levantan la mano, abren la boca, se miran y corren á la casa en donde se hallaba el grueso de la partida. Menico sale y echa á correr á toda prisa con dirección al campanario, en donde regularmente debía encontrar á alguno. El terrible toque hizo la misma impresión en los otros bribones que registraban la casa de arriba abajo. Se turban, se alarman y se empujan unos á otros; cada uno busca el camino más corto para llegar á la puerta. Y sin embargo, era gente toda experimentada y acostumbrada á hacer frente al peligro; mas no pudieron estar tranquilos contra un riesgo indeterminado, y que no se había dejado ver desde lejos antes de caer sobre ellos. Fué necesario toda la superioridad del Griso para impedir que se desbandasen, y para que fuese una retirada y no una fuga. Como el perro que guarda una manada de cerdos, y corre ahora por aquí, ahora por allí hacia los que se separan, agarra uno por una oreja y lo arrastra, empuja á otro con el hocico, ladra á un tercero que se sale de la fila en aquel momento, del mismo modo el peregrino asió á uno de sus compañeros que tocaba ya en el umbral, lo lanzó hacia dentro, rechazó con su bordón á los que se iban á salir, llamó á los otros que corrían sin saber adónde; lo hizo en efecto tan bien, que los reunió á todos en medio del patio. “¡Pronto, pronto! pistolas en mano, cuchillos preparados, todos unidos, y después nos iremos: así es como uno se va. ¿Quién queréis que se acerque á nosotros, si permanecemos unidos, miserables cobardes? Mas si nos dejamos coger uno á uno, los mismos villanos os pegarán. ¡Vergüenza! Aquí todos”. Después de esta breve arenga, se puso al frente y salió el primero. La casa, como ya hemos dicho, estaba situada á un extremo del pueblo. El Griso tomó el camino que se dirigía al campo, y todos le siguieron en buen orden.
Dejémosles ir, y volvamos un poco atrás á buscar á Inés y á Perpetua, que dejamos en cierta callejuela. Inés había procurado alejar lo más que le había sido posible á aquélla de la casa de D. Abundio; y hasta cierto punto la cosa había ido bien. Mas de repente, el ama de gobierno se había acordado de la puerta que había quedado abierta, y quiso volver atrás. En esto no había nada que replicar. Inés, para no excitar sospechas, había querido volver con ella y seguirla, buscando, sin embargo, medios para entretenerla cada vez que la viese bien exacerbada con la relación de sus casamientos que habían fracasado. Ella manifestaba prestar una grande atención; y de cuando en cuando, para hacerla ver que estaba atenta, ó para atizar su charla, decía: “Seguramente; al presente, yo comprendo; esto va muy bien; es claro: ¿y después? ¿y él? ¿y vos?”. Mas al mismo tiempo discurría entre sí del modo siguiente: “¿Habrán salido ya, ó estarán aún dentro? ¡Cuán aturdidos hemos andado los tres en no convenir por medio de alguna seña para avisarme el buen éxito de la empresa! Esto ha sido una gran necedad; mas ya está hecho: lo mejor ahora será entretener á ésta todo lo que pueda; y poniéndonos en lo peor, sólo se habrá perdido un poco de tiempo”. Así, con muchas pausas y pequeñas carreras, habían llegado á poca distancia de la casa de D. Abundio, la cual, sin embargo, no veían, á causa de la revuelta que hacía la calle; y Perpetua, hallándose en una parte importante de la narración, se había dejado parar sin hacer resistencia y aun sin apercibirse de ello, cuando de repente se oyó venir resonando desde lejos por el espacio inmóvil del aire y vasto silencio de la noche, aquel primer desgarrador grito de D. Abundio: “¡Socorro, socorro!”.
—¡Misericordia! ¿qué ha sucedido? exclamó Perpetua; y quiso correr.
—¿Qué es esto, qué es esto? dijo Inés, deteniéndola por la saya.
—¡Misericordia! ¿no habéis oído? replicó aquélla desasiéndose.
—Pero, ¿qué es esto, qué es esto? repitió Inés, cogiéndola de un brazo.
—¡Diablo de mujer! exclamó Perpetua, rechazándola para quedar libre; y en seguida echó á correr. En aquel mismo instante se oyó, mucho más lejos, más débil, más fugitivo, el grito de Menico.