—Aquí están las veinticinco libras, todas nuevas, de aquellas que tienen un S. Ambrosio á caballo, dijo Tonio sacando de su faltriquera un paquetito envuelto.

—Veamos, repitió D. Abundio; y tomando el paquete, se volvió á poner los anteojos: lo abrió, sacó las monedas, las contó, las volvió, las revolvió, y las encontró sin defecto alguno.

—Ahora, señor cura, me daréis el collar de mi Tecla.

—Es muy justo, respondió D. Abundio. Se dirigió á un armario, sacó una llave del bolsillo, y mirando á su alrededor, como para tener lejos á los espectadores, abrió un lado de la puerta, cubriendo con su cuerpo la abertura que acababa de practicar, metió dentro la cabeza para ver y un brazo para coger el collar; lo tomó, y habiendo cerrado el armario, lo entregó á Tonio, diciendo: “¿Es esto?”.

—Ahora, dijo Tonio, tened la bondad de poner un poco de negro sobre lo blanco.

—¡También esto! dijo D. Abundio: ellos lo saben todo. ¡Oh, qué sospechoso se ha vuelto el mundo! ¿No os fiáis de mí?

—¡Cómo, señor cura! ¿Si me fío? Vos me hacéis un agravio; pero como mi nombre está puesto en vuestro gran libro, en el libro de las deudas... con que ya que habéis tenido la incomodidad de escribir una vez, también... de la vida á la muerte...

—Bien, bien, interrumpió D. Abundio; y refunfuñando tiró de un cajoncito de la mesa, sacó papel, pluma y tintero, y se puso á escribir, repitiendo á viva voz las palabras, á medida que salían de la pluma. Entonces Tonio y Gervasio, por medio de una señal que aquél le hizo, se plantaron de pie delante de la mesa, de manera que pudiesen ocultar la puerta al que escribía. Como si estuviesen muy cansados, iban arrastrando sus pies sobre el pavimento, para advertir á los que estaban fuera que podían entrar, y para cubrir al mismo tiempo el ruido de las pisadas. D. Abundio, abismado en su escritura, nada veía. Á la señal convenida, Renzo cogió á Lucía del brazo, lo apretó para darla ánimo y echó á andar, arrastrándola tras de sí toda trémula, pues que ella no hubiera podido ir sola. Entraron poquito á poco, de puntillas, conteniendo la respiración, y se escondieron detrás de los dos hermanos. Entretanto D. Abundio, habiendo concluido de escribir, volvió á leer atentamente sin levantar los ojos del papel; luego lo dobló, diciendo: “¿Estaréis contentos ahora?”. Y quitándose con una mano los anteojos de encima la nariz, alargó con la otra el papel á Tonio, levantando la cabeza. Éste extendió la mano para tomarlo y se retiró á un lado; Gervasio, á una señal suya, se colocó al otro; y en el medio, como al mudarse una decoración, aparecieron Renzo y Lucía. D. Abundio vió confusamente, después vió claro, se asustó, quedó mudo de estupor, se enfureció, reflexionó, tomó una resolución, todo esto en el intervalo de tiempo que Renzo gastó en pronunciar las siguientes palabras: “Señor cura, en presencia de estos testigos, digo que ésta es mi mujer”. Antes que sus labios se hubiesen cerrado, ya D. Abundio, dejando caer el papel, había cogido y levantado la lámpara con la mano izquierda, agarrado con la derecha el tapete que cubría la mesa; y atrayéndolo hacia él con furia, hizo caer al suelo el libro, el papel, el tintero y los polvos; después, deslizándose entre el sillón y la mesa, se había acercado á Lucía. La infeliz, con su dulce voz, y en aquel momento toda trémula, apenas había podido proferir: “Y éste”... cuando D. Abundio la había arrojado bruscamente el tapete encima, cubriéndole la cabeza y el semblante á un mismo tiempo para impedirle el pronunciar la fórmula entera. En seguida, dejando caer la lámpara que tenía en la otra mano, se ayudó también con ella para envolver la cabeza de Lucía en el tapete, hasta el punto de sofocarla; y en el ínterin gritaba á más no poder: “¡Perpetua, Perpetua! ¡Traición, socorro!”. El pábilo de la lámpara que moría sobre el pavimento, arrojaba una luz lánguida y desigual sobre Lucía, la cual sumamente alarmada no trataba siquiera de desembarazarse, asemejándose á una estatua cubierta de arcilla, sobre la cual el artista ha echado un húmedo trapo. Apagada enteramente la luz, D. Abundio abandonó á la infeliz, y fué buscando á tientas la puerta que daba á una habitación más interior, la halló, entró en ella, cerró por dentro y todavía continuaba gritando: “¡Perpetua! ¡Traición, socorro! ¡Fuera de esta casa, fuera de esta casa!”. En la otra pieza todo era confusión; Renzo buscaba al cura, moviendo los brazos y manos como si jugase á la gallina ciega; habiendo llegado á la puerta, llamaba á ella gritando: “¡Abrid, abrid! No metáis tanta bulla”. Lucía llamaba también á Renzo con voz ahogada, y le decía suplicando: “¡Vámonos, vámonos, por el amor de Dios!”. Tonio, á gatas, iba barriendo con las manos el suelo, para recobrar su recibo. Gervasio, espantado, gritaba y saltaba, buscando la puerta de la escalera para salvarse.

En medio de esta batahola, no podemos menos de detenernos un momento para hacer una reflexión. Renzo, que movía todo aquel estrépito, de noche, en casa ajena, que se había introducido furtivamente, y tenía al mismo dueño sitiado en su habitación, presentaba todas las apariencias de un opresor; y sin embargo, bien considerado, él era el oprimido. D. Abundio, sorprendido, fugitivo, asustado, mientras atendía tranquilamente á sus negocios, parecía la víctima; y no obstante, en realidad él era el que hacía la injuria. Así va muchas veces el mundo... quiero decir, así iba en el siglo XVII.

El asaltado, viendo que el enemigo no daba señales de retirarse, abrió una ventana que miraba al cementerio de la iglesia, y se puso á gritar: “¡Socorro, socorro!”. La luna despedía una brillante claridad, la sombra de la iglesia y del campanario, se dibujaban negras é inmóviles sobre el cementerio lleno de yerbas: todos los objetos se podían distinguir como si hubiese sido de día; pero hasta donde se extendía la vista, no aparecía ningún indicio de ser viviente. Contiguo, sin embargo, á la pared lateral de la iglesia, y justamente por el lado que correspondía á la casa parroquial, había un pequeño agujero, especie de gatera, donde dormía el sacristán. Habiendo éste despertado á tan desordenados gritos, dió un salto sobre su lecho, abrió apresuradamente una pequeña ventana, sacó fuera la cabeza, y con los ojos todavía cerrados dijo: “¿Qué es esto?”.