—¿Sois vos, Tonio? Entrad, contestó la voz desde adentro.

El que así llamaban abrió la puerta apenas lo suficiente para poder pasar él y su hermano, uno después de otro. El rayo de luz que salió de improviso por aquella abertura y se dibujó sobre el oscuro pavimento de la meseta, hizo estremecer á Lucía del mismo modo que si hubiese sido descubierta. Habiendo entrado los hermanos, Tonio cerró la puerta tras sí; los novios permanecieron inmóviles en la oscuridad, con el oído atento, reteniendo la respiración; el ruido solo que en un caso se hubiera podido oir sería las palpitaciones del corazón de Lucía.

D. Abundio estaba, según hemos dicho, sentado en un sillón viejo envuelto en unas hopalandas, cubierta la cabeza con un gorro raído calado hasta las cejas, á la escasa luz de una pequeña lámpara. Dos mechones de cabellos se escapaban al través de su gorro, dos espesas cejas, dos espesos bigotes, una poblada perilla, todo aquel pelo cano y esparcido sobre aquella cara morena y rugosa, podía compararse á esos arbustos cubiertos de nieve que se dibujan en medio de un precipicio á la claridad de la luna.

—¡Ah, ah! fué el saludo, mientras se quitaba los anteojos y los colocaba sobre su libro.

—El señor cura dirá que he venido tarde, dijo Tonio saludando, según lo hizo también, pero con más torpeza, Gervasio.

—Seguramente que es tarde, tarde de todos modos. ¿Sabéis que estoy enfermo?

—¡Oh, lo siento mucho!

—Ya lo habréis oído decir; estoy enfermo, y no sé cuándo podré dejarme ver... Mas, ¿por qué habéis traído con vos á ese... ese muchacho?

—Para que me acompañe, señor cura.

—Bien, veamos.