—Vengo de... y nombró un pueblecillo cercano. Y si supieseis... continuó: He tenido una disputa por causa vuestra.

—¡Oh! ¿por qué? preguntó Perpetua; y volviéndose á los dos hermanos: Entrad, les dijo, que al instante soy con vosotros.

—Porque, repuso Inés, una mujer de aquellas que no saben las cosas y quieren hablar... ¿lo creeréis? se obstinaba en decir que vos no os habíais casado con Beppo Suolavecchia, ni con Anselmo Lunghigna, porque no os habían querido. Yo sostenía que vos rehusasteis á uno y á otro...

—Seguramente. ¡Oh! ¡La embustera! ¿Quién es esa mujer?

—No me lo preguntéis, pues no me gusta hablar mal de nadie.

—Me lo diréis, me lo habéis de decir. ¡Oh, vaya con la embustera!

—Basta... mas no podéis creer cuánto he sentido el no saber bien toda la historia para confundirla.

—¡Mirad si se puede inventar! ¡y de qué modo! exclamó de nuevo Perpetua; y de improviso, repuso: En cuanto á Beppo, todos saben y han podido ver... ¡Eh, Tonio! entrad y cerrad la puerta, que ya voy. Tonio desde dentro hizo lo que se le prevenía, y Perpetua prosiguió su apasionada narración.

Enfrente de la puerta de D. Abundio había entre dos casitas una callejuela, al fin de la cual se hallaba el campo. Inés se dirigió hacia ella como si quisiese retirarse aparte para hablar más libremente, y Perpetua la siguió. Cuando ambas llegaron al sitio desde donde no se podía ver lo que pasaba delante de la casa de D. Abundio, Inés tosió fuertemente. Ésta era la señal convenida: así que Renzo la oyó, animó á Lucía, dándola un apretón de brazo, y los dos de puntillas avanzaron, arrimándose á la pared, guardando el mayor silencio; llegaron á la puerta, la abrieron poquito á poco, sin hablar una palabra, é inclinados entraron en el corredor, en donde estaban los dos hermanos esperándolos. Renzo cerró la puerta de nuevo muy despacio, y los cuatro subieron la escalera, no haciendo siquiera el ruido de una persona. Llegado que hubieron á la meseta, los dos hermanos se aproximaron á la puerta de la habitación que estaba al lado de la escalera; los novios se quedaron como clavados en la pared.

Deo gratias, dijo Tonio en voz clara.