—Son peligros, replicó el guardián, que apenas deben indicarse ligeramente á los castísimos oídos de la reverenda madre...
—¡Oh! ciertamente, dijo con prontitud la señora, ruborizándose algún tanto. ¿Era acaso pudor? El que hubiese observado la rápida expresión de despecho que acompañaba aquel rubor, hubiera podido dudar de él, tanto más, si lo hubiese comparado con el que, de cuando en cuando, se esparcía por las mejillas de Lucía.
—Bastará decir, prosiguió el guardián, que un caballero prepotente... (no todos los grandes de la tierra se sirven de los dones de Dios para gloria suya y en favor del prójimo, como lo hace vuestra señora ilustrísima); un caballero prepotente, después de haber perseguido con indignas lisonjas por algún tiempo á esta joven, viendo que eran inútiles, ha tenido valor de perseguirla abiertamente y con violencia, de modo que la infeliz se ha visto reducida á huir de su casa.
—Acercaos, joven, dijo la señora á Lucía, haciéndole una seña. Sé que el padre guardián es persona verídica; pero nadie puede estar mejor informada que vos en este negocio. Vos sois la única que podéis decir si el tal caballero es un perseguidor, y Lucía obedeció súbitamente. Una pregunta sobre semejante materia, aunque hubiese sido hecha por una persona de igual clase que la suya, la hubiera embarazado algo; proferida por aquella señora, con cierto aire de duda maligna, le quitó todo el valor para contestar. “Señora... reverenda madre”... balbuceó, y no daba indicios de decir más. En esto, Inés se creyó autorizada para ir á su auxilio, como la que después de ella era ciertamente la que estaba mejor informada.—Ilustrísima señora, dijo; yo puedo dar fe de que mi hija, que está aquí presente, odiaba á aquel caballero, como el diablo al agua bendita; quiero decir, el diablo era él; mas espero me perdonaréis si hablo mal, porque nosotros somos gente á la buena de Dios. El hecho es, que esta pobre muchacha estaba prometida á un joven de nuestra clase, muy temeroso de Dios y bien establecido; y si el señor cura hubiese sido un poco más hombre de lo que... vamos, yo me entiendo... sé que hablo de un religioso; mas el padre Cristóbal, amigo del padre guardián, y religioso á la par que él, es una persona sumamente caritativa, y si estuviera aquí, podría atestiguar...
—Estáis muy pronta á responder sin ser preguntada, interrumpió la señora con un aire tan altanero é iracundo, que casi la hizo aparecer deforme: Guardad silencio; ya sé yo que los padres tienen siempre una respuesta que dar en nombre de los hijos.
Inés, sobremanera mortificada, echó á Lucía una mirada que significaba: mira lo que me sucede por ser tú tan apocada.
El guardián hacía señas á la joven, mirándola y moviendo la cabeza, para hacerla entender que aquél era el momento de arrojar la pereza y de no dejar mal á la pobre madre.
—Reverenda señora, dijo Lucía, cuanto ha dicho mi madre es la pura verdad. El joven que me obsequiaba, y al decir esto se sonrojó extraordinariamente, le escogí voluntariamente. Perdonad si me atrevo á hablar así, pero lo hago para que no forméis mal concepto de mi madre. En cuanto á aquel caballero (que Dios lo perdone), preferiría morir más bien, antes que caer en sus manos. Si vos nos dispensáis la caridad de ponernos en seguridad, ya que nos vemos reducidas al extremo de pedir un asilo y de incomodar á las gentes honradas (hágase, sin embargo, la voluntad de Dios), estad cierta, señora, que nadie podrá rogar, por vos más de corazón que nosotras, pobres mujeres.
—Os creo, dijo la señora con dulce acento; pero tendré un placer en oiros á vos sola; no porque tenga necesidad de otras aclaraciones ni de otros motivos para servir al padre guardián, añadió repentinamente volviéndose hacia él, con una estudiada complacencia. Asimismo, prosiguió, ya lo he pensado, y he aquí hasta ahora lo que me parece que se podrá hacer mejor. La portera del monasterio ha casado hace pocos días á su última hija: estas mujeres podrán ocupar la habitación que aquélla ha dejado, y suplir los pequeños servicios que hacía. Verdaderamente... y aquí hizo seña al padre guardián de que se acercase á la reja, y continuó en voz baja: verdaderamente, atendida la escasez del año, no se pensaba en reemplazar á aquella joven; mas yo hablaré á la madre abadesa, y una palabra mía... sobre el deseo del padre guardián... en fin, doy la cosa por hecha.
El guardián empezaba á dar gracias; mas la señora le interrumpió: no hay necesidad de tantas ceremonias; yo también, en un caso igual, en una necesidad, sabré recurrir á los padres capuchinos... Al fin, continuó con una sonrisa en la cual se traslucía un no sé qué de irónico y amargo; al fin, ¿no somos nosotros hermanos y hermanas?