Dicho esto llamó á una hermana lega (dos de las cuales estaban por una singular distinción destinadas á su servicio particular), y le ordenó que advirtiese de todo á la abadesa, y tomase luego las medidas oportunas con la portera y con Inés. Despachó á ésta, despidió al guardián, y retuvo á Lucía. El guardián acompañó á Inés hasta la puerta, dándola nuevas instrucciones, y se fué á preparar la carta en la que debía dar cuenta de todo á su amigo Cristóbal. “Esa señora es muy aturdida, pensaba entre sí mientras caminaba; pero por otro lado muy curiosa; mas sabiendo entender su flaco, se le obliga á hacer todo lo que se quiere. Mi buen Cristóbal no esperará ciertamente que le haya servido tan bien y tan pronto. ¡Qué hombre tan de bien! No hay remedio; es indispensable que se meta siempre en alguna intriga; pero lo hace para bien. Es una fortuna para él que esta vez haya encontrado un amigo, el cual sin tanto estrépito, sin tanto aparato y sin tantos trabajos, haya conducido el negocio á buen puerto, en un abrir y cerrar de ojos. Mi amigo Cristóbal quedará satisfecho, y comprenderá al fin, que nosotros también somos buenos para algo”.

La señora, que en presencia de un capuchino de edad provecta había estudiado sus movimientos y sus palabras, quedando después sola con una joven aldeana sin experiencia, no pensaba en contenerse tanto; y sus discursos llegaron á ser poco á poco tan extravagantes, que en vez de referirlos, creemos más oportuno el contar sucintamente la historia precedente de esa mujer infortunada; pero sólo lo haremos de lo que es absolutamente indispensable para explicar lo que en ella hemos notado de misterioso y extraordinario, y para hacer comprender los motivos de su conducta en los hechos que luego referiremos.

Era la hija menor del príncipe ***, poderoso caballero milanés, que podía contarse entre los más opulentos de la ciudad. Mas la alta opinión que tenía de su título, le hacía aparecer sus recursos apenas suficientes y aun escasos para sostener su decoro; y todo su cuidado era conservarlo, á lo menos en cuanto dependía de él, con el objeto de que viniesen á recaer á una sola mano. La historia no dice expresamente cuántos hijos tenía; sólo da á entender, que había destinado al claustro todos los segundogénitos de uno y otro sexo, para dejar intacta su fortuna al primogénito, destinado á conservar la familia, á procrear hijos para atormentarse y atormentarlos como su padre. Nuestra infortunada estaba aún en las entrañas de su madre, cuando su suerte se veía ya fijada irrevocablemente. Quedaba tan sólo decidir si sería religioso ó religiosa; decisión por la cual era necesario, no su consentimiento, sino su presencia. Cuando vino al mundo, el príncipe su padre, queriendo darla un nombre que revelase inmediatamente la idea del claustro, y que hubiese sido llevado por una santa de encumbrada jerarquía, se la puso por nombre Gertrudis. Muñecas, vestidas de monjas, fueron los primeros juguetes que se le pusieron entre manos; después estampitas que representaban monjas, cuyos regalos iban siempre acompañados de grandes recomendaciones para que los trataran bien, como cosa preciosa, y siempre con la siguiente interrogación afirmativa: es hermoso, ¿eh? Cuando el príncipe, la princesa, ó el pequeño príncipe, el solo hijo varón que había sido criado en la casa, querían alabar la buena figura de la niña, parecía que no encontraban modo de expresar bien su idea, sino por medio de estas palabras: “¡Qué madre abadesa tan hermosa!”. Sin embargo, nadie le dijo jamás directamente: “Tú debes hacerte monja”. Ésta era una idea sobreentendida y tocada como por incidencia en todas las conversaciones que miraban á su porvenir. Si alguna vez la pequeña Gertrudis se abandonaba á algún pequeño movimiento de impaciencia ó altanería, al cual su índole la arrastraba muy fácilmente, “Eres una chiquilla, se le decía: estas maneras no te convienen; cuando seas madre abadesa, entonces tratarás las gentes á la baqueta, y lo revolverás todo de arriba abajo”. Otras veces el príncipe, reprendiéndola ciertas maneras demasiado libres y familiares, á las cuales ella se abandonaba también con igual facilidad, “¡Eh! ¡eh! le decía; éstos no son los ademanes de una persona de tu rango: si quieres que un día se te respete como es debido, aprende con anticipación á ser más reservada; acuérdate que debes ser, en todas las cosas, la primera del convento; porque la sangre se lleva por todas partes adonde uno va”.

Todas las conversaciones estampaban en el cerebro de la niña la idea implícita que ella debía ser religiosa; mas las que venían de su padre, producían más efecto que todas las demás juntas. El continente del príncipe era habitualmente el de un amo austero; mas cuando se trataba del futuro estado de sus hijos, se traslucía en su rostro y en todas sus palabras una fijeza de resolución, una recelosa envidia de mando que imprimía el sentimiento de una fatal necesidad.

Á los seis años, Gertrudis fué colocada para su educación, y para prepararla á la vocación que se le había impuesto, en el convento en que la hemos visto. La elección del lugar no fué sin designio. El buen conductor de las dos mujeres ha dicho que el padre de la señora ocupaba en Monza el primer lugar. Añadiendo este testimonio, cualquiera que sea su valor, con algunas otras indicaciones que el anónimo deja escapar aturdidamente por unas partes y otras, nosotros podemos fácilmente dar por hecho que aquél era el señor feudal de dicho país. Fuese lo que fuese, él gozaba allí de una autoridad grandísima; y pensó que en aquel paraje, mejor que en otro alguno, su hija sería tratada con aquella distinción y miramientos que podrían seducirla y dirigirla á elegir aquel convento para su perpetua morada. No se engañaba: la abadesa y algunas otras religiosas intrigantes que tenían, como se suele decir, la sartén por el mango, se alegraron al ver que se les ofrecía un apoyo tan útil en todas circunstancias y tan honroso en todos los momentos; aceptaron la proposición con expresiones de reconocimiento, y correspondieron á las intenciones que el príncipe había dejado traslucir sobre la colocación estable de la hija, intenciones que por otra parte estaban muy de acuerdo con sus intereses.

Apenas hubo entrado Gertrudis en el convento, fué llamada por antonomasia la señorita; se la dió el primer puesto en la mesa y en el dormitorio; su conducta servía como modelo á sus compañeras; se la prodigaban caricias sin fin, pero éstas sazonadas con esa familiaridad un poco respetuosa que tanto agrada á los niños, cuando la encuentran en aquellos que tratan á los demás con un tono habitual de superioridad. Esto no quería decir que todas las monjas estuviesen conjuradas para hacer caer á la pobre joven en el lazo; había muchas sencillas y ajenas á toda especie de intrigas, á quienes la idea de sacrificar una hija á miras interesadas inspiraba horror; pero éstas, enteramente aplicadas á sus ocupaciones particulares, unas no se apercibían bien de aquellos manejos, otras no distinguían lo que tenían de malo; algunas se abstenían de hacer un escrupuloso examen, y otras también guardaban silencio por no escandalizar inútilmente. Alguna, por último, acordándose de haber sido con semejantes artificios conducida á aquello de lo cual estaba ya arrepentida, se compadecía de la pobrecilla inocente, y se consolaba haciéndola tiernas y melancólicas caricias; mas ella estaba bien lejos de sospechar que allí se ocultase algún misterio, y el negocio seguía su camino. Habría caminado hasta el fin, si Gertrudis hubiera sido la única niña en aquel monasterio. Mas entre sus compañeras de educación, había algunas que no ignoraban que ellas estaban destinadas á casarse. La pequeña Gertrudis, nutrida con la idea de su superioridad, hablaba pomposamente de sus destinos futuros de abadesa, de princesa del monasterio; quería á todo trance para todas las demás ser un objeto de envidia, y veía con admiración y con despecho que algunas de ellas no hacían ningún caso. Á las imágenes majestuosas, pero frías y circunscritas, que puede suministrar la primacía en un convento, aquéllas oponían las imágenes variadas y brillantes del mundo, de bodas, de banquetes, de bailes, de festines, de partidas de campo, de magníficos trajes, de carrozas. Estas imágenes causaron en el cerebro de Gertrudis aquel movimiento, aquella efervescencia que produciría un gran canastillo de flores cogidas recientemente, colocado delante de un enjambre de abejas. Los padres y los maestros habían cultivado y aumentado en ella la natural vanidad para hacerla amar el claustro; mas cuando esta pasión fué excitada por ideas tanto más homogéneas para ella, se lanzó con un ardor mucho más vivo cuanto que era muy espontáneo. Para no quedar debajo de sus compañeras, y para condescender al mismo tiempo con su nuevo genio, respondía que al fin de la jornada nadie podría ponerse el velo sobre la cabeza sin su consentimiento; que también ella podía casarse, habitar un palacio y gozar de las delicias del mundo, mejor que todas las demás; que lo podía con tal que lo quisiese, que lo quería, y ella lo quería en efecto. La idea de la necesidad de su consentimiento, que hasta entonces había permanecido como desapercibida y amortiguada en un ángulo de su mente, se desenvolvió y se mostró con toda su importancia. Ella la llamaba á cada momento en su auxilio, para gozarse tranquilamente con las imágenes de un porvenir agradable. Sin embargo, dentro de esa idea siempre aparecía infaliblemente otra, á saber, que aquel consentimiento trataba de negarlo al príncipe su padre, el cual tenía ya ó manifestaba tenerlo por dado; y á este pensamiento, el ánimo de la hija estaba bien lejos de gozar de la seguridad que ostentaban sus palabras. Se comparaba entonces á sus compañeras, que estaban de otro muy diverso, seguras de su porvenir, y experimentaba así la envidia que desde un principio había querido inspirarlas. Envidiándolas, aborrecía; algunas veces su odio se exhalaba en desprecios, en burlas, en palabras picantes; otras, la uniformidad de las inclinaciones y de las esperanzas la apaciguaba y hacía nacer una intimidad aparente y pasajera; otras veces, queriendo gozar entretanto de alguna cosa real y presente, se complacía con las preferencias que la dispensaban, y hacía sentir su superioridad á las demás; otras, finalmente, no pudiendo tolerar la soledad de sus temores y deseos, iba llena de bondad á buscarlas, casi para implorar benevolencia, consejos, valor. En medio de estas deplorables luchas consigo misma y con las demás, había pasado la infancia y entraba en esa edad tan crítica, en la cual parece que se introduce en el alma una especie de misterioso poder que excita, embellece, vigoriza todas las inclinaciones, todas las ideas, y alguna vez las trasforma ó las hace tomar un curso imprevisto. Lo que Gertrudis hasta entonces había visto con placer más distintamente en aquellos sueños del porvenir, era el esplendor y la pompa eterna; un cierto no sé qué de muelle y afectuoso que desde un principio se había difundido ligeramente y estaba envuelto en la oscuridad, comenzó luego á desplegarse y á sobresalir en su fantasía. En la parte mas recóndita de su espíritu se formaba una especie de retiro; allí se refugiaba contra los objetos presentes, acogía ciertos personajes caprichosamente, compuestos de confusos recuerdos de la infancia, de lo poco que podía entrever del mundo exterior, de las ideas que le habían revelado los discursos de sus compañeras; conversaba á solas con ellas, las hablaba y contestaba en su nombre; daba órdenes y recibía homenajes de todas clases. De cuando en cuando los pensamientos de religión venían á turbar aquellas brillantes y cansadas fiestas; pero la religión, tal como se la habían enseñado á nuestra infortunada niña, y como ella la había comprendido, lejos de proscribir el orgullo, lo santificaba y lo proponía como un medio de obtener la felicidad terrestre. Privada de este modo de su esencia, no era ya la religión, sino un vano fantasma como los demás. En los intervalos, en los cuales ese fantasma ocupaba el primer lugar y tomaba colosales dimensiones en la imaginación de Gertrudis, la infeliz, abrumada de ciertos temores y comprimida por una confusa idea de deberes, se imaginaba que su repugnancia al claustro y la resistencia á las insinuaciones de sus mayores acerca de la elección de estado, era un crimen, prometiendo en su interior expiarlo, encerrándose voluntariamente en el claustro.

Era de ley que una joven no podía ser admitida religiosa, sin haber sido examinada antes por un eclesiástico, llamado el vicario de las monjas, ó de otro delegado al efecto, á fin de que constase que obraba libre y espontáneamente, y dicho examen no podía tener lugar sino un año después de haber expuesto aquélla su deseo al vicario por medio de una súplica por escrito. Las religiosas que habían tomado el triste encargo de hacer que Gertrudis se obligase para siempre con el menor conocimiento posible acerca de lo que hacía, escogieron uno de los momentos que hemos descrito, para hacerla copiar y firmar semejante súplica. Á fin de inducirla mas fácilmente á ello, no dejaron de decirla y repetirla que finalmente no era más que una mera formalidad, la cual (y esto era cierto), no podía tener efecto sino por otros actos posteriores que dependían de su voluntad. Con todo eso, la súplica no había acaso llegado aún á su destino, cuando Gertrudis estaba ya arrepentida de haberla firmado. Se arrepentía de su ligereza, pasando así los días y los meses en una incesante lucha de opuestos sentimientos. Tuvo largo tiempo oculto á sus compañeras aquel paso, ya por temor de manifestar sus contradicciones, ya por vergüenza de publicarlas. El deseo de aliviar su corazón y de encontrar consejos y valor, venció por último. Había también otra ley, por la que una joven no podía ser admitida al examen de la vocación, sino después de haber vivido á lo menos por espacio de un mes, fuera del monasterio donde había sido educada. El año que debía seguirse á la súplica había ya trascurrido, y Gertrudis fué advertida que dentro de poco se la sacaría del monasterio y sería conducida á la casa paterna para permanecer el expresado mes, y dar todos los pasos necesarios al cumplimiento de la obra, que de hecho había ya empezado. El príncipe y el resto de la familia, miraban ya el negocio como una cosa segura y concluida; mas la joven tenia otro proyecto: en vez de dar los demás pasos, pensaba en el modo de hacer retroceder el primero. En tales angustias, trató de abrir su corazón á una de sus compañeras, muy franca y dispuesta siempre á dar consejos resueltos. Ésta sugirió á Gertrudis la idea de informar á su padre por medio de una carta, acerca de su nueva resolución, ya que no tenía el suficiente ánimo para lanzar en su cara un no quiero. Y porque los pareceres gratuitos son muy raros en este mundo, la consejera hizo pagar éste á Gertrudis, haciendo burla de su apocamiento. La carta fué arreglada entre cuatro ó cinco confidentes, escrita de oculto, y recapitulada con muchos y estudiados artificios. Gertrudis estaba con grande ansiedad, esperando una contestación que no vino, á no ser que algunos días después la abadesa la hizo ir á su celda, y con aire de misterio, de disgusto y compasión, le indicó, de una manera ambigua, la gran cólera del príncipe, acerca de una falta que ella había cometido, dándola á entender, sin embargo, que portándose bien, podía esperar que todo sería olvidado. La joven lo entendió, y no se atrevió á preguntar más.

Finalmente, llegó el día temido y deseado. Aunque Gertrudis supiese que iba á combatir, sin embargo, el salir del monasterio, el dejar aquellas paredes entre las cuales había permanecido encerrada por espacio de ocho años, el recorrer en carroza por la amena y verde campiña, el volver á ver la ciudad, la casa, fueron sensaciones llenas de una alegría tumultuosa. Respecto de la lucha, la infeliz, con la dirección de aquellas confidentes, había ya tomado sus medidas. “Ó me querrán obligar, pensaba, y yo me mantendré firme; seré humilde, respetuosa, pero no accederé; no se trata más que de no decir otro sí, y no lo diré. Ó lo tomarán por buenas, y entonces seré más buena que ellos; lloraré, suplicaré, los moveré á compasión; en fin, no pretendo otra cosa más que el no ser sacrificada”. Pero como sucede siempre con semejantes previsiones, no aconteció ni una cosa ni otra. Los días pasaban sin que su padre ni nadie le hablase de la súplica ni de la retractación, sin que se le hiciese ninguna proposición, ni con caricias ni con amenazas. Los padres estaban serios, tristes, duros con ella, sin decir nunca el porqué. Se comprendía solamente que la miraban como una culpable, como una persona indigna. Un misterioso anatema parecía pesar sobre ella y que la segregaba de la familia, dejándola únicamente que se reuniese á ella, el tiempo necesario para hacerla sentir su sujeción. Rara vez, y sólo á ciertas horas establecidas, era admitida á la compañía de sus padres y del primogénito. Entre los tres parecía que reinaba una gran confianza, la cual hacía más sensible y más doloroso el abandono en el cual dejaban á Gertrudis. Nadie le dirigía la palabra, y cuando se arriesgaba tímidamente á decir alguna cosa que no fuese necesario, ó no se hacía caso, ó no llegaba á obtener más que una respuesta acompañada de una mirada desdeñosa. Mas si no pudiendo sufrir un trato tan humillante y amargo, insistía y procuraba familiarizarse; si imploraba un poco de cariño, oía al mismo tiempo lanzar alguna palabra indirecta, pero clara acerca de la elección de estado. Se le hacía entender de una manera encubierta que éste era el medio mejor para reconquistar el afecto de la familia. Entonces Gertrudis, que no lo hubiera querido á semejante precio, veíase obligada á retroceder, á rehusar las primeras señales de benevolencia que tanto había deseado, á volver á tomar su misma posición de excomulgada; y para colmo de desdichas, con una cierta apariencia de maldad.

Tales sensaciones de objetos presentes, hacían un doloroso contraste con aquellas risueñas visiones de las cuales Gertrudis tanto se había ocupado ya, y se ocupaba todavía en lo más recóndito de su corazón. Había esperado que en la espléndida y tan frecuentada casa de su padre, podría á lo menos gozar alguna cosa real de lo que había imaginado; mas se encontró del todo engañada. La clausura era estrecha como en el monasterio; no se hablaba jamás de paseos ni de diversiones, y una galería que daba de la casa á una iglesia contigua, quitaba hasta la ocasión de poner el pie en la calle. La sociedad era más triste, poco numerosa y menos variada que en el monasterio. Al menor anuncio de una visita, Gertrudis debía salir y retirarse á su estancia, para encerrarse con algunas antiguas criadas de la casa, con las cuales también comía todas las veces que había convites. Los servidores se uniformaban en las palabras y maneras, al ejemplo y á la intención de sus dueños; y Gertrudis, que por inclinación los hubiera tratado familiarmente y con ínfulas de señora, y que en el estado en el cual se encontraba hubiera recibido como un favor la menor señal de benevolencia, se bajaba hasta mendigarlas, no ganando más que un poco de humillación al verse correspondida con una indiferencia manifiesta, aunque acompañada de un ligero obsequio de formalidad. Sin embargo, ella percibió que á diferencia de los demás, un paje la trataba respetuosamente, y sentía por ella una compasión de un género particular. El continente de aquel joven era lo que Gertrudis había visto hasta entonces de más semejante al orden de cosas tan contemplado en su imaginación, pareciéndose en el aire y maneras á sus criaturas ideales. Poco á poco se descubrió en las maneras de la joven niña un cierto no sé qué de nuevo y extraordinario; una calma é inquietud distinta de la que solía; el aire de una persona que ha encontrado una cosa que le ocupa, que querría mirar á cada momento y no dejarla ver á los demás. Se la vigiló más que nunca, tanto que una mañana temprano fué sorprendida por una de las sirvientas que hemos citado, mientras estaba doblando á escondidas una carta, sobre la cual hubiera obrado mucho mejor no escribiendo nada. Después de un corto debate, la carta quedó en manos de la sirvienta, y de ésta pasó á las del príncipe.

El terror de Gertrudis al rumor de los pasos de aquél, no se puede describir ni imaginar. En efecto, era su padre, estaba irritado, y ella se sentía culpable. Mas cuando lo vió aparecer con aquel ceño, con aquella fatal carta en la mano, hubiera querido estar cien brazas bajo de tierra. Las palabras no fueron muchas, pero sí terribles. No se le imponía más pena por el momento, que permanecer encerrada en la misma estancia, bajo la custodia de la mujer que había hecho el descubrimiento; mas esto no era más que un preludio, no más que una precaución del momento: se prometía, se dejaba entrever á su imaginación como una cosa vaga, un castigo futuro, misterioso, indeterminado, y sobre todo, más espantoso.