El paje fué echado violentamente como era natural, y se le amenazó también con una corrección terrible si osaba hablar jamás lo mas mínimo respecto de lo sucedido. Al hacerle esta intimación, el príncipe le aplicó dos solemnes bofetones, para asociar á aquella aventura un recuerdo que pudiese quitar al joven toda tentativa de vanagloriarse de ella. Un pretexto cualquiera para cohonestar la despedida del paje, no era difícil de hallar; en cuanto á la hija, se dijo que estaba enferma.
Ésta quedó con el corazón alterado, con la vergüenza, con el remordimiento, con el temor del porvenir, y con la sola compañía de aquella mujer á quien odiaba, como el testimonio de su culpa y la causa de su desgracia. Ésta detestaba también á su vez á Gertrudis, por la cual se hallaba reducida, sin saber por qué tiempo, á la enojosa vida de carcelera, habiendo llegado á ser para siempre depositaria de un peligroso secreto.
El primer tumulto de aquellos confusos sentimientos se apaciguó poco á poco; mas cada uno de éstos, asaltando á su vez el espíritu, crecía y se encerraba allí para atormentarla más distintamente y á su placer. ¿Qué podía ser aquel castigo con el cual se la había amenazado tan enigmáticamente? Muchas extrañas y variadas ideas se agolpaban á la imaginación ardiente y sin experiencia de Gertrudis. Lo que parecía más probable era el volver á ser conducida al monasterio de Monza, aparecer no ya como la señorita, sino como una culpable, y permanecer encerrada, ¡quién sabe hasta cuándo, y cómo la tratarían! El temor de la vergüenza era quizás lo que había de más doloroso para ella en aquel porvenir lleno de aflicción. Las frases, las palabras, hasta las comas de aquel malhadado papel, pasaban y repasaban en su memoria; se le aparecían leídas, pesadas por un lector tan imprevisto, tan diferente de aquél para quien estaban destinadas: imaginábase que hubieran podido caer en poder de la madre ó de su hermano. La imagen de aquél que había sido la causa primera de todo el escándalo, no dejaba de atormentarla constantemente: no es preciso decir qué extraña figura hacía este fantasma entre los otros, tan diferentes, tan fríos, tan amenazadores. Ella no se detenía tampoco largo tiempo ni con placer sobre esos sueños tan dulces y tan brillantes; estaban muy en oposición con su estado y con todas las probabilidades de su porvenir. El único castillo en que Gertrudis podía figurarse hallar un refugio tranquilo y honroso, y que nada tuviese de fantástico era el convento, cuando ella se hubiese resuelto á vivir en él para siempre. Tal resolución habría cambiado su situación.
Al cabo de cuatro ó cinco días que le parecieron eternos, una mañana, Gertrudis, indignada por el trato de su carcelera, se colocó en un rincón de su cuarto y ocultando su rostro con las manos estuvo largo tiempo entregada á un exceso de cólera. Ella tenía necesidad de ver otros semblantes, de oir otros acentos y de que se la tratase de otro modo. Pensó en su padre, en su familia, sin atreverse á permanecer en esa idea. Pero se acordó que de ella dependía que fuesen éstos sus amigos más sinceros, y la alegría volvió á pintarse en su semblante. Se levantó, dirigióse á una mesita, tomó la pluma y escribió una carta fatal, pero llena de entusiasmo, de afección y de esperanza, implorando el perdón, decidida y pronta á hacer cuanto se le indicase por el que había de otorgarle su demanda.
CAPÍTULO DÉCIMO
Hay momentos en que el alma, y en particular la de los jóvenes, está dispuesta de modo que basta un poco de interés para lograr todo lo que tiene apariencias de virtud y de sacrificio; como una flor apenas entreabierta que descansa muellemente sobre su cáliz, pronta á abandonar sus perfumes al simple cefirillo que la acaricia con su soplo. Estos momentos que debían contemplarse con tímido respeto, son precisamente los que la astucia interesada espía atentamente para encadenar la voluntad de la víctima.
Á la lectura de la carta en cuestión, el príncipe halló también la puerta abierta á sus antiguos propósitos. Envió á decir á Gertrudis que se presentase. Gertrudis compareció ante él, sin atreverse á levantar los ojos, se echó á los pies de su padre y apenas pudo balbucear perdón. Éste le hizo señal para que se levantase, pero con una voz á propósito para tranquilizarla, le dijo: “No basta pedir, ni desear el perdón para obtenerlo, es necesario merecerlo”. Gertrudis con mucha timidez pidió la explicación de aquellas palabras y lo que debía hacer en consecuencia. Él continuó diciendo que... “á pesar de lo ocurrido... en el caso en que... hubiera sido con la intención de establecerse en el mundo, ella había contraído un lazo indisoluble y había creado un obstáculo invencible. Hombre de honor como era, jamás se habría atrevido á presentarla á ningún caballero después de tales antecedentes”. La infeliz, oyendo á su padre, estaba en el estado más triste que pueda imaginarse. Entonces el príncipe, dulcificando gradualmente la voz, añadió que sin embargo, para toda falta habría misericordia; que la suya era de aquéllas cuyo remedio estaba indicado ya; que ella debía ver en aquel triste accidente un aviso del cielo respecto á que la vida del siglo estaba rodeada de escollos.
—¡Oh, sí! exclamó Gertrudis, preocupada por el temor y la vergüenza.
—Perfectamente, lo has comprendido muy bien, respondió el príncipe. En hora buena; no hablemos más de lo pasado: todo está olvidado ya. Esto diciendo, tocó una campanilla y dijo al lacayo que entró: llama á la princesa y al príncipe mi hijo inmediatamente; y dirigiéndose á Gertrudis, continuó: quiero participarles mi alegría; quiero que todos empiecen á trataros como merecéis.
Á estas palabras Gertrudis quedóse como atónita. No podía comprender que en el sí que acababa de pronunciar, se encerrase tanta virtud.