La princesa y el príncipe no se hicieron aguardar mucho tiempo. Cuando vieron á Gertrudis, la miraron con cierto aire de desdén; pero el príncipe con un aire jovial y tierno, les dijo: la oveja vuelve al aprisco, y espero que ésta sea la última palabra que se diga sobre el asunto.
—Muy bien, muy bien, exclamaron á la par madre é hijo. Entonces el príncipe habló de las distinciones que Gertrudis habría de tener en el convento y en el país. La princesa renovaba á cada instante las felicitaciones más halagüeñas á Gertrudis.
—Es necesario señalar el día en que hemos de ir á Monza á preguntar por la abadesa, dijo el príncipe. ¡Cómo se ha de alegrar ella! ¡oh! todo el convento sabrá apreciar el honor que Gertrudis le hace. Y, ¿por qué no hemos de ir hoy? añadió: Gertrudis tomará con mucho gusto el aire.
—Vamos, dijo la princesa.
—Pero... dijo tímidamente Gertrudis.
—Poco á poco, que Gertrudis se decida. Puede que hoy no se sienta con fuerzas suficientes; ella querrá mejor ir mañana. ¿Quieres que vayamos hoy ó mañana?
—Mañana, respondió débilmente Gertrudis, que creía ganar mucho con ganar tiempo.
—Mañana, dijo solemnemente el príncipe. Ella ha decidido que irá mañana. El príncipe fué en casa del vicario y las religiosas para pedirles un día para el examen.
En el resto del día Gertrudis no tuvo dos minutos de sosiego. No hubo medio; las ocupaciones se sucedían sin interrupción, y parecían encadenadas unas con otras.
Gertrudis fué saludada por todos como la sposina[6], cada una de sus respuestas se estimaba como una confirmación en el propósito de profesar. Cuando acabaron de comer, se dispuso un paseo, y Gertrudis subió en el coche con su madre y dos tías que la habían acompañado en la comida.