Al volver del paseo, los criados, bajando á toda prisa con luces, anunciaron que había muchas visitas aguardándoles. Se había extendido la noticia de la próxima ceremonia, y parientes y amigos habían venido á ofrecer sus cumplimientos á la víctima.
Cuando se hubieron marchado, y que Gertrudis quedó sola con la familia, el príncipe, tomando la palabra, dijo: “He tenido el gusto, hija mía, de verte tratada conforme á tu rango: es necesario confesar, que os habéis conducido perfectamente en honor de la familia á que pertenecéis”.
El sueño de Gertrudis fué aquella noche penoso y agitado; habíanle dado por compañera de habitación, en lugar de la carcelera, á una antigua criada de la casa que muy de madrugada la despertó para que se preparase al viaje á Monza.
—En pie, en pie, señorita sposina. Ya es de día, y para que seáis dispuesta del todo siempre hemos de tardar una hora lo menos. La señora princesa se levantó cuatro horas antes que de costumbre. El joven príncipe bajó y dió las órdenes oportunas, después subió y estuvo dispuesto á partir inmediatamente. “Vivo es como un diablo”, dijo la criada, “más que una ardilla era de listo, cuando pequeño, y puedo decirlo, porque desde pequeño lo he tenido en mis brazos. Mas cuando está pronto, no es necesario hacerle esperar; porque si bien es de la mejor pasta del mundo, en estos casos se impacienta y alborota. ¡Pobrecillo! es preciso compadecerle; es su natural, y además esta vez él tiene un poco de razón, porque se incomoda por vos. ¡Ay de quien lo irrite en estos momentos! no respeta á nadie, á no ser al señor príncipe. Mas un día él será el señor príncipe; lo más tarde que sea posible, sin embargo. Vivo, vivo, señorita; ¿por qué me miráis así tan encantada? Á estas horas debíais ya estar levantada”.
Á la vista del joven príncipe impaciente, todas las demás ideas que se habían agrupado á la despierta imaginación de Gertrudis, se disiparon repentinamente como una bandada de pájaros á la vista del ave de rapiña. Obedeció, se vistió apresuradamente, se dejó peinar, y compareció en la sala donde estaban reunidos los padres y el hermano. Se la hizo sentar en un sillón de brazos y le llevaron una jícara de chocolate, lo que era entonces lo mismo que el hacer tomar la toga viril á los romanos.
Cuando fueron á anunciar que el carruaje estaba dispuesto, el príncipe llamó aparte á su hija y la dijo: “Vamos, Gertrudis, ayer os habéis hecho honor; hoy debéis sobrepujaros á vos misma. Se trata de hacer una presentación solemne en el monasterio y en el país, donde estáis destinada á hacer el principal papel. Os aguardo... (Es inútil decir que el príncipe había enviado el día antes un mensajero á la abadesa). Os aguardan, y todos los ojos estarán fijos sobre vos. Dignidad y desenvoltura. La abadesa os preguntará qué es lo que queréis: esto es una pura formalidad. Podéis responder que deseáis ser admitida á tomar el hábito en ese convento, donde habéis sido educada tan cariñosamente, donde habéis recibido tantas finezas, todo lo cual es la pura verdad. Estas pocas palabras, decidlas con desembarazo; que no tengan que decir que os han sido imbuidas y que no sabéis hablar por vos misma. Esas buenas madres no saben nada de lo sucedido; éste es un secreto que debe quedar sepultado en el seno de la familia; por lo tanto, es preciso que vuestro semblante no se manifieste triste y confuso, porque podría dar lugar á sospechar algo. Haced ver de qué sangre salís: sed modesta y cortés; mas acordaos que en aquel paraje, á excepción de la familia, no habrá nadie que sea superior á vos”.
Sin aguardar respuesta, el príncipe se encaminó á la puerta; Gertrudis, la princesa y el joven príncipe, lo siguieron; bajaron la escalera y subieron al carruaje. Los cuidados y enojos del mundo, la vida feliz del claustro, principalmente para las jóvenes de nobilísima sangre, fueron el tema de la conversación durante el camino. Antes de llegar, el príncipe renovó las instrucciones á su hija, y la repitió muchas veces la fórmula de la respuesta. Al entrar en Monza, Gertrudis sintió que se le oprimía el corazón; mas su atención fué distraída por un instante por algunos señores que hicieron parar la carroza, y la prodigaron algunos cumplidos. Habiendo vuelto á continuar su camino, se dirigieron más lentamente hacia el monasterio al través de las miradas de los curiosos que acudían de todas partes al camino. Al pararse la carroza delante de aquellas paredes, delante de aquellas puertas, el corazón de Gertrudis se oprimió todavía más. Bajó del carruaje pasando al través de dos filas de una multitud inmensa de pueblo que los criados hicieron permanecer detrás. Todos aquellos ojos clavados sobre la infortunada, la obligaban á estudiar continuamente sus ademanes; pero lo que más que todo junto la sujetaba, era la vista de su padre, hacia el cual, á pesar del miedo que ella experimentaba, no podía dejar de volver á cada momento la suya. Aquella mirada gobernaba sus movimientos y su rostro, como por medio de invisibles resortes. Atravesado el primer patio entraron en el segundo, y desde allí se divisó la puerta del claustro interior abierta de par en par y toda ocupada por las monjas. En la primera fila percibíase á la abadesa rodeada de ancianas, detrás las demás religiosas mezcladas confusamente, algunas de puntillas, y en último término las legas subidas encima de algunos banquillos. Veíase también en medio de aquella multitud de hábitos, brillar aquí y allá algunos ojillos, mostrarse algunas pequeñas caras: eran las más listas y atrevidas de las educandas que, metiéndose y penetrando entre las religiosas, habían conseguido hacerse un poco de lugar para poder ver también alguna cosa. De la expresada multitud salían aclamaciones; veíanse agitarse muchos brazos en señal de alegría y felicitación. La comitiva llegó por fin á la puerta; Gertrudis se encontró cara á cara con la madre abadesa. Después de los primeros cumplimientos, esta última, con tono medio alegre y solemne, le preguntó lo que deseaba en aquel paraje, en el cual no había nada que se le pudiese rehusar.
“Vengo”... empezó á decir Gertrudis; mas en el momento de proferir las palabras que debían decidir casi irrevocablemente de su destino, vaciló un instante y permaneció con los ojos fijos sobre la multitud que tenía delante. Al propio tiempo distinguió á una de sus compañeras más íntimas que la miraba con un aire de compasión y de malicia á la vez, y que parecía decirle: “¡Ah! ¡he aquí también presa á nuestra pequeña heroína!”. Al ver aquello, despertándose con más viveza en su alma todos sus antiguos sentimientos, le restituyó también un poco de su antiguo valor, y ya estaba buscando una respuesta cualquiera distinta, distinta de la que había sido dictada, cuando alzando la vista hacia el rostro de su padre, como para experimentar sus fuerzas, descubrió en aquél una inquietud tan sombría, una impaciencia tan amenazadora, que resuelta por temor, con la misma prontitud que hubiera huido á la presencia de un objeto terrible, prosiguió: “Vengo á pedir el ser admitida á tomar el hábito religioso en este monasterio, en donde tan cariñosamente he sido educada”. La abadesa contestó en seguida, que le disgustaba mucho que fuese en tal ocasión; que las reglas no le permitían dar inmediatamente una respuesta que debía proceder del sufragio común de las hermanas, y al cual debía preceder la licencia de los superiores; que por lo demás, Gertrudis conocía bastante el aprecio y consideración que allí se le tenía, para poder adivinar cuál sería la respuesta, y que en el ínterin ninguna regla prohibía á la abadesa y demás hermanas manifestar la alegría que experimentaban á tal petición. Entonces se elevó un confuso murmullo de felicitaciones y aplausos. En el acto trajeron grandes bandejas llenas de exquisitos dulces, que fueron presentados primeramente á la sposina y después á los padres. Mientras que algunas religiosas se la disputaban y otras cumplimentaban á la madre, otras al joven príncipe, la abadesa hizo rogar al padre que le dispensase el obsequio de ir á la reja del locutorio, donde lo aguardaba. Estaba acompañada de dos ancianas, y cuando lo vió aparecer dijo: “Señor príncipe para obedecer á los reglamentos... para llenar una formalidad indispensable, si bien en este caso... sin embargo, debo decirle... que siempre que una hija pide ser admitida á vestir el hábito, la superiora, la cual yo indignamente soy... está obligada á advertir á los padres... que si por casualidad... forzasen la voluntad de su hija, incurrirían en una excomunión. Espero me perdonaréis”...
—¡Bien, muy bien! reverenda madre. Vuestra exactitud es muy laudable; esto es demasiado justo... mas vos no podéis dudar...
—¡Oh! así lo pienso, señor príncipe. He hablado por llenar una obligación... por lo demás...