—Seguramente, seguramente, madre abadesa.

Cambiadas estas pocas palabras, los dos interlocutores se saludaron mutuamente, y se separaron, como si á ambos les pesara el permanecer allí uno enfrente del otro; y fueron á reunirse cada uno á su comitiva, el uno fuera, la otra dentro del claustro.

—Vamos, dijo el príncipe, Gertrudis podrá bien pronto disfrutar á su placer de la compañía de estas buenas madres. Por ahora las hemos importunado bastante tiempo. Dicho esto saludó; la familia se puso también en movimiento, se renovaron los cumplimientos y partieron.

Gertrudis, al volver, tenía muy pocas ganas de hablar. Asustada del paso que había dado, vergonzosa de su debilidad, descontenta de los otros y de sí misma, ajustaba tristemente la cuenta de las ocasiones que le restaban todavía para poder decir no, y se prometía débil y confusamente á sí misma, que en ésta, en aquélla ó en otra, tendría más destreza y valor. Á pesar de todas estas ideas, no había, sin embargo, podido olvidar enteramente el terror que le había causado el horrible ceño de su padre, lo bien que cuando, con una ojeada lanzada á hurtadillas sobre su semblante, le había dado á conocer que no quedaba la más mínima huella de cólera; que al contrario, se manifestaba muy contento de ella, lo cual le pareció una gran dicha, y por un momento quedó sumamente gozosa.

Apenas llegaron á casa fué preciso volverse á vestir y adornarse, después comer, luego algunas visitas, en seguida al paseo, por último la reunión, y finalmente la cena. Al concluirse ésta el príncipe sacó á relucir otro negocio; éste era la elección de madrina. Así se llamaba una dama que á petición de los padres servía de custodia y conductora de la neófita en el trascurso de tiempo que había desde la petición, á la entrada en el monasterio, tiempo que se empleaba en visitar las iglesias, los edificios públicos, las sociedades, las casas de campo, los santuarios, todas las cosas, en fin, más notables de la ciudad y de sus alrededores, á fin de que las jóvenes, antes de pronunciar un voto irrevocable, conociesen bien á lo que ellas renunciaban. “Será preciso pensar en buscar una madrina, dijo el príncipe, porque mañana vendrá el vicario de las monjas para la formalidad del examen, y poco después Gertrudis será propuesta en el capítulo para ser aceptada por las madres”. Al decir esto, se había vuelto á la princesa, y ésta, creyendo que fuese una invitación para que ella la propusiese, empezó á decir: “Sería”... mas el príncipe interrumpió: “No, no, señora princesa, la madrina debe antes de todo de ser del gusto de la sposina; y aunque el uso universal da la elección á los padres, sin embargo, Gertrudis tiene tanto juicio, tanto tacto, que bien merece que se haga una excepción por ella”. Y aquí, dirigiéndose á Gertrudis con el aire del que anuncia una gracia singular, continuó: “Ninguna de las damas que se han hallado esta noche en nuestros salones deja de reunir las cualidades que se requieren para ser madrina de una hija de nuestra casa; me complazco en creer que no habrá ninguna que no se tenga por muy honrada con obtener semejante preferencia; por lo tanto, podréis escoger”.

Gertrudis comprendía muy bien que el mero hecho de hacer aquella elección era dar un nuevo consentimiento; pero la proposición estaba hecha con tanto aparato, que el rehusar, aun cuando fuese humildemente, podía parecer desprecio, ó á lo menos, capricho é ingratitud. Dió, pues, también este paso, y nombró la dama que en aquella misma noche había congeniado más con ella, la que le había hecho más caricias, alabado más, tratado con maneras más familiares, afectuosas y solícitas, que dan á un conocimiento de algunos momentos el aire de una antigua amistad. “¡Excelente elección!”, dijo el príncipe, que deseaba y aguardaba precisamente la misma. Fuese destreza ó casualidad, había sucedido como el jugador de manos haciendo correr delante de vuestra vista un montón de cartas, os dice que penséis una, que él la adivinará después, mas las hace correr de manera que no se deja ver más que una sola. Aquella dama había estado alrededor de Gertrudis toda la noche, la había ocupado tanto de sí, que la joven hubiera necesitado un grande esfuerzo de imaginación para pensar en otra. Tanta solicitud no carecía de fundamento. La dama había desde mucho tiempo puesto los ojos en el joven príncipe para hacerlo su yerno: así es que miraba las cosas de aquella casa como suyas propias, y era bien natural que se interesase por su estimada Gertrudis, tanto como sus más próximos parientes.

Al día siguiente por la mañana, Gertrudis se despertó con la imaginación ocupada acerca del examinador que debía ir, y mientras estaba reflexionando de si sería prudente escoger aquella ocasión tan decisiva para volverse atrás, y qué medios podía emplear, el príncipe la hizo llamar. “Vamos, hija mía, le dijo; hasta ahora os habéis portado magníficamente; hoy se trata de coronar la obra. Todo lo que hasta aquí se ha hecho ha sido con vuestro consentimiento. Si en este intervalo os hubiese sobrevenido alguna duda, algún pequeño arrepentimiento, algún capricho juvenil, debíais haberos explicado; pero en el punto al cual han llegado ya las cosas, no es tiempo de hacer niñadas. Ese hombre de bien que debe venir esta mañana, os hará cien preguntas acerca de vuestra vocación, y si os hacéis monja voluntariamente, y el porqué, y el cómo, y qué se yo. Si titubeáis al responder, él os tendrá fastidiada Dios sabe cuánto tiempo: esto sería una incomodidad, un tormento para vos, y además podría resultar todavía alguna cosa más seria. Después de todas las demostraciones públicas que se han hecho, la menor duda que se viese en vos, pondría en ridículo mi honor; se podría creer que yo había tomado una ligereza vuestra por una firme resolución; que me había precipitado; que había... qué sé yo. En este caso, me encontraría en la necesidad de escoger entre dos partidos dolorosos, á saber: ó dejar que el mundo forme un triste concepto de mi conducta, partido que no puede estar en consonancia con lo que á mí mismo me debo, ó revelar el verdadero motivo de vuestra resolución y”... Pero aquí, viendo que Gertrudis se había puesto colorada, que sus ojos echaban fuego y se contraía su semblante como las hojas de una flor al viento abrasador que precede á la tempestad, cortó aquel discurso, y con ademán sereno continuó: “Vamos, vamos, todo depende de vos, de vuestro juicio; ya sé que tenéis mucho, y que no sois una chiquilla para echar á perder al fin una cosa bien hecha; mas sin embargo, yo debía prever estos casos. No hablemos más de esto, y pongámonos de acuerdo acerca de lo que vais á responder con franqueza, á fin de no hacer nacer dudas en el ánimo de ese buen hombre; así saldréis más pronto de ello”. Y después de haber insinuado algunas respuestas á las preguntas más probables, entró en la acostumbrada conversación de las dulzuras y goces que estaban reservados á Gertrudis en el monasterio, entreteniéndola con esto, hasta que vino un criado á anunciar el vicario. El príncipe renovó las instrucciones más importantes y dejó á su hija sola con aquél, según estaba prescrito.

El buen hombre llegaba con la opinión ya hecha de que Gertrudis tenía una gran vocación al claustro, porque así lo había dicho el príncipe cuando había ido á invitarlo. Es verdad que el sacerdote sabía que la desconfianza era una de las virtudes más necesarias de su ministerio: tenía por máxima el andar con mucho cuidado en dar crédito á semejantes protestas, y estar en guardia contra las preocupaciones; pero es bien raro que las palabras pronunciadas con tono de afirmación y seguridad por una persona autorizada, de cualquier género que ella sea, no tiñan con su color la imaginación del que las escucha.

—Después de los primeros cumplimientos, señorita, le dijo, vengo á representar el papel del diablo; vengo á poner en duda lo que en vuestra súplica habéis dado por cierto; vengo á poner delante de vuestra vista las dificultades, y á asegurarme de si lo habéis considerado bien. Me permitiréis que os haga algunas preguntas.

—Decid, respondió Gertrudis.