El sacerdote empezó entonces á interrogarla en las formas prescritas por los reglamentos: “¿Sentís en vuestro corazón una libre y espontánea resolución de ser monja? ¿No han sido empleadas amenazas ó seducciones? ¿No han hecho uso de la autoridad para induciros á ello? Hablad sin temor y con sinceridad á un hombre cuyo deber es el de conocer vuestra verdadera voluntad, para impedir el que no se os haga violencia alguna”.

La verdadera respuesta á semejante pregunta se presentó de improviso con una evidencia terrible á la mente de Gertrudis; mas para darla era preciso venir á una explicación, decir del modo que había sido amenazada, contar una historia... La infeliz retrocedió espantada á tal idea; buscó precipitadamente otra respuesta, y sólo encontró una, la más contraria á la verdad, que pudiese librarla pronto y seguramente de aquel suplicio. “Me hago monja, dijo, ocultando su turbación; me hago monja libremente, por mi propia voluntad”.

—¿Cuánto tiempo hace que tenéis este pensamiento? preguntó aún el sacerdote.

—Lo he tenido siempre, respondió Gertrudis, vuelta después de aquel primer paso, más franca para mentir contra sí misma.

—Pero, ¿cuál es el motivo principal que os induce á ser monja?

El buen sacerdote ignoraba qué cuerda tan terrible tocaba, y Gertrudis hizo un gran esfuerzo para no dejar traslucir en su rostro el efecto que aquellas palabras producían en su espíritu. “El motivo, dijo, es el de servir á Dios, y huir los peligros del mundo”.

—¿No sería acaso algún disgusto? ¿Algún... perdonadme... algún capricho? Á veces una causa momentánea puede hacer una impresión tal, que parece debe ser eterna, y después cuando cesa la causa, y el corazón cambia, entonces...

—No, no, respondió precipitadamente Gertrudis; no hay otra causa más que la que os he dicho.

El vicario, más para cumplir enteramente con su obligación, que por la persuasión de la necesidad que hubiese, insistió en las preguntas; mas Gertrudis estaba determinada á engañarle; además, la vergüenza que le causaba la idea de confiar su debilidad á aquel grave y digno sacerdote, el cual parecía estaba tan lejos de sospechar semejante cosa: la infeliz pensaba que él también podía impedir que fuese monja; mas allí concluía su autoridad y su protección sobre ella. Luego que hubiese partido, ella se quedaría sola con el príncipe; y con respecto á lo que tendría que sufrir en la casa, el buen sacerdote lo ignoraría; ó sabiéndolo, con la mejor intención del mundo, no podría hacer otra cosa más que compadecerse de ella, con aquella compasión tranquila y grave que en general se concede como por cortesanía á los que han dado causa ó pretexto para el mal que les hacen. El examinador se cansó más pronto de preguntar que la infeliz de mentir; y viendo sus respuestas siempre conformes, y no teniendo motivo alguno de dudar de su franqueza, mudó finalmente de lenguaje; la felicitó, le pidió en cierto modo perdón de haber tardado tanto en hacer su deber; añadió lo que consideraba más propio para confirmarla en su buen propósito, y se retiró. Al atravesar las habitaciones para salir, se encontró con el príncipe, el cual parecía que pasaba por allí casualmente, y no dejó de congratularse con él acerca de las buenas disposiciones que había hallado en su hija. El príncipe había permanecido hasta entonces en la más penosa incertidumbre: á aquella noticia respiró, y olvidando su acostumbrada gravedad, se dirigió casi á la carrera hacia donde estaba Gertrudis; la colmó de elogios, de caricias y promesas, con una cordial alegría, con una ternura en gran parte sincera: ¡he aquí cómo se comprenden los enigmas del corazón humano!

Nosotros no seguiremos á Gertrudis en aquel torbellino continuo de diversiones, ni tampoco describiremos en particular y ordenadamente los sentimientos de su corazón en ese intervalo de tiempo; esto sería una historia de dolores y de fluctuaciones demasiado monótonas y muy semejantes á las ya referidas. La amenidad de los sitios, la variación de los objetos, el placer de correr al aire libre, le hacían más odiosa aún la idea del lugar adonde debía entrar por la última vez para siempre. Más punzantes todavía eran las impresiones que recibía en las reuniones y en las fiestas. La vista de cada mujer á la cual se daba el nombre de esposa, en el sentido más común y más usado, le causaba una envidia, un pesar intolerable, y á veces también la vista de otros personajes le hacía parecer que al sentirse dar aquel título debían hallarse en el colmo de la felicidad. Otras veces la pompa de los palacios, la riqueza de los muebles, el bullicio y el ruido alegre de las fiestas, le comunicaban una embriaguez, un ardor tal de vivir entre aquellos goces, que se prometía el desdecirse, el sufrirlo todo, más bien que volver á la muerta y fría sombra del claustro. Mas todas estas resoluciones se desvanecían á la consideración más tranquila de las dificultades, al sólo fijar su vista en el semblante del príncipe. Otras veces también la idea de tener que abandonar para siempre aquellos placeres, la hacían más amarga y penosa aquella prueba tan corta, del mismo modo que el enfermo alterado mira con cólera y casi rechaza con despecho la cucharada de agua que el médico permite que le den á duras penas á causa de las instancias de aquél. Entretanto, el vicario de las monjas había dado la certificación necesaria, y la licencia para verificar el capítulo para la aceptación de Gertrudis había llegado. El capítulo se verificó; concurrieron, como era de esperar, las dos terceras partes de votos secretos que se exigían por los reglamentos, y Gertrudis fué aceptada. Ella misma, fatigada de aquel largo martirio, pidió entrar lo más pronto que fuese posible en el monasterio. Seguramente no había nadie que quisiese refrenar tal impaciencia. Hízose pues su voluntad, y conducida con gran pompa al monasterio, tomó el hábito. Después de un año de noviciado, lleno de recuerdos y de arrepentimiento, llegó el momento de la profesión, es decir, el momento en el cual era preciso ó pronunciar un no más extraño, más inesperado, más escandaloso que nunca, ó repetir un sí tantas veces dicho: lo repitió, pues, y fué monja para siempre.