Es uno de los privilegios de la religión cristiana, el poder dar una dirección saludable y consolar al que en cualquiera circunstancia y con cualquier motivo recurre á ella. Si hay remedio lo indica, lo suministra, da luz y vigor para ponerlo en práctica á toda costa; si no lo hay, prescribe el modo de hacerlo real y efectivo, como se dice proverbialmente, hacer de la necesidad virtud. Enseña á continuar con sabiduría lo que se ha emprendido por ligereza; induce al alma á abrazar con propensión lo que le ha sido impuesto á la fuerza; y da á una elección que fué temeraria, pero que es irrevocable, toda la santidad, toda la nobleza, toda la alegría de la vocación. Éste es un camino hecho de tal modo, que al salir de un laberinto ó de un precipicio, el hombre que se le llama y se le empeña, puede desde allí en adelante caminar y seguir con seguridad y sin esfuerzo, y llegar alegremente á un fin dichoso. Por este medio Gertrudis hubiera podido ser una religiosa santa y completa, de cualquier modo que hubiese llegado á serlo. Pero la desgraciada se resistía en vano bajo el yugo, y no hacía otra cosa que sentir más fuertemente el peso y la opresión. Un recuerdo eterno de la libertad perdida, el fastidio de su estado presente, un fatigoso vagar detrás de deseos que jamás podrían ser satisfechos; tales eran las principales ocupaciones de su alma. Traía á la memoria sin cesar aquel pasado tan amargo; repasaba todas las circunstancias por las cuales se encontraba allí, y deshacía mil veces inútilmente con el pensamiento lo que había hecho con sus obras; se acusaba de cobardía, á los demás de tiranía y de perfidia; le remordía la conciencia. Idolatraba y lloraba á la vez su belleza, deploraba una juventud destinada á consumirse en un lento martirio, y en ciertos momentos envidiaba la suerte de cualquiera mujer, aunque fuese de la más baja condición, del peor renombre, con tal que ella pudiese gozar libremente en este mundo de sus dones.

La presencia de aquellas monjas que habían contribuido á meterla allí, le era odiosa. Recordaba los artificios y astucias que habían empleado, y se vengaba haciéndoles mil groserías, desprecios, y también manifiestos vituperios. Á ellas les era preciso las más veces el no darse por entendidas y callar; pues aunque ciertamente el príncipe había querido tiranizar á su hija, tanto como era necesario para obligarla á entrar en el claustro, sin embargo, logrado ya su intento, no hubiera sufrido con facilidad que otros pretendiesen tener razón contra su misma sangre; la más pequeña cosa que hubiesen hecho á su hija, podía ser motivo de hacerlas perder aquella gran protección, ó cambiarse quizás de protector en enemigo.

Parece que Gertrudis hubiera debido experimentar una cierta inclinación por las demás hermanas que no habían tenido parte en aquellas intrigas, y que sin haberla deseado por compañera la querían como á tal; y piadosas siempre, ocupadas y contentas, le mostraban con su ejemplo, cómo aun allí dentro se podía no sólo vivir, sino también disfrutar de alguna felicidad. Mas éstas le eran odiosas por otro motivo. Aquel aire de piedad y de contento, era á sus ojos como un reproche de su inquietud y extravagante conducta, y no dejaba escapar ocasión de tratarlas por detrás de falsas, y de burlarse de ellas como de unas hipócritas. Acaso les tendría menos aversión si hubiera sabido ó adivinado, que las pocas bolas negras que se encontraron en la urna donde se había decidido su aceptación habían sido justamente puestas por aquellas mismas.

Á veces le parecía hallar algún consuelo al mandar, al verse cortejada dentro del monasterio, al recibir visitas de personas de fuera, al dar cima á un negocio, al dispensar su protección, al oirse llamar la señora: ¡pero qué consuelos! El corazón, que sentía su insuficiencia, hubiera querido de cuando en cuando reunir á ellos los consuelos de la religión para crearse un doble apoyo; pero éstos no vienen sino al que desprecia aquellos otros; á la manera que el náufrago para asirse á la tabla que puede conducirlo sano y salvo sobre la playa, tiene, sin embargo, que abrir la mano, y abandonar la alga á la que se había aferrado por un furioso instinto.

Poco después de la profesión, Gertrudis había sido nombrada maestra de las educandas. ¡Calcúlese cómo debían estar dichas jóvenes bajo tal disciplina! Sus antiguas compañeras habían salido ya todas; pero ella conservaba vivas todas las pasiones de aquel tiempo; y de un modo ó de otro las discípulas debían sentir el peso. Cuando le venía á la imaginación que muchas de ellas estaban destinadas á vivir en ese mundo del cual estaba excluida para siempre, sentía contra aquellas infelices un aborrecimiento, y casi un deseo de venganza; las tenía bajo una dependencia absoluta, las trataba con la mayor aspereza y las hacía expiar anticipadamente los placeres que un día habían de disfrutar. Al ver en ciertos momentos el rigor que usaba para reprender la más pequeña falta, se la hubiera tomado por una mujer de una austeridad brutal y exagerada. Otras veces, el mismo horror por el claustro, por la regla, por la obediencia, estallaba en accesos de humor enteramente opuestos. Entonces no sólo soportaba la ruidosa algazara de sus discípulas, sino que también las excitaba; mezclábase en sus juegos; contribuía á hacerlos más desordenados aún; tomaba parte en sus conversaciones para hacerlas ir más allá de lo que ellas habían tenido intención de decir al empezar. Si alguna se permitía hablar acerca de la gazmoñería de la madre abadesa, la maestra la imitaba diestramente, y hacía de ello una escena cómica; remedaba el semblante de una religiosa, el andar de otra; entonces reía como una loca; pero era una risa que no la dejaba más alegre que antes. Así había vivido algunos años, no teniendo medios ni ocasión de hacer más, cuando su desgracia quiso que se le presentase una coyuntura.

Entre los demás privilegios que le habían sido concedidos, para compensarla de no poder ser abadesa, era también el de tener una habitación aparte. Aquel lado del monasterio estaba contiguo á una casa, habitada por un joven, bandido de profesión, uno de tantos que en aquella época, con sus bribones, y con la alianza de otros bandidos, se podían burlar hasta cierto punto de las leyes y de la fuerza pública. Nuestro manuscrito lo llama Egidio, sin añadir más. Éste, pues, por una lumbrera que daba á un patiecillo de aquel departamento, había visto algunas veces á Gertrudis pasar y repasar por allí. Alentado más bien que temeroso por el peligro é impiedad de la empresa, un día osó dirigirle la palabra, y la desventurada le contestó. En aquellos primeros momentos experimentó un contento, no muy puro, pero bastante vivo. En el vacío negligente de su alma había venido á colocarse una ocupación fuerte, continua, y casi podría decirse un poder de vida enteramente nuevo; pero aquel contento se asemejaba al brebaje restaurador que la crueldad ignominiosa de los antiguos daba á beber al condenado para darle fuerzas para soportar el martirio. Entonces una grande novedad en toda su conducta se notó al mismo tiempo: se hizo de pronto más regular, más apacible; no dió ya libre curso á sus arrebatos y á sus quejas; se mostró más cariñosa y prevenida, tanto que las hermanas se regocijaban á la vista de un cambio tan feliz. Bien lejos estaban de imaginar el verdadero motivo y de comprender que aquella nueva virtud no era otra cosa que la hipocresía unida á sus antiguos vicios. Sin embargo, aquella apariencia, aquel exterior de barniz, no duró mucho tiempo, á lo menos de una manera igual y sostenida: bien pronto volvieron á presentarse los antiguos desdenes y ordinarios caprichos; de nuevo se hicieron oir sus imprecaciones y sus amargas burlas contra la prisión del claustro, expresadas algunas veces en un lenguaje insólito para aquel lugar y para aquella boca. Con todo, cada vez que recapacitaba sentía arrepentimiento, y tenía gran cuidado de reparar su falta á fuerza de mimos y buenas palabras. Las hermanas soportaban lo mejor que podían aquellas alternativas, y lo atribuían al natural ligero y fantástico de la señora.

Por espacio de algún tiempo no parecía que ninguna de ellas se apercibiese de nada; mas un día que la señora se trabó de palabras con una hermana lega, por no sé qué bagatelas, se dejó llevar hasta maltratarla sin compasión ni medida. La lega, después de haber sufrido y haberse mordido los labios un poco, perdida finalmente la paciencia, se le escapó el decir que ella sabía ciertas cosas, y que á su vez podría hablar. Desde aquel momento, la señora no tuvo reposo. Sin embargo, no pasó mucho tiempo en que la lega fuese esperada en vano una mañana para ir á prestar sus acostumbrados oficios; van á buscarla á su celda y no la encuentran; es llamada á gritos, no responde; busca de allí, busca de allá, se registra por todas partes, todo, de arriba abajo, no está en ningún sitio. ¡Dios sabe las conjeturas que se habrían hecho, si estando buscándola no hubiesen descubierto un gran agujero en la pared del jardín, lo cual hizo pensar á todos que por dicho sitio había huido! Se hicieron grandes pesquisas en Monza y sus alrededores, y principalmente en Meda, de donde era natural la lega; se escribió á varias partes, y no se tuvo la más pequeña noticia. Quizá se hubiera adelantado más si en lugar de buscarla tan lejos se hubiese cavado un poco la tierra. Después de muchas señales de admiración, porque nadie la hubiera creído capaz de semejante cosa, después de mil y mil conversaciones, concluyó por decirse que debía haberse ido lejos, muy lejos; y como una de las hermanas había dicho sin titubear: no hay la menor duda, se ha refugiado en Holanda, se dijo de pronto, y en adelante se tuvo por cierto en el convento, que aquélla se había refugiado en Holanda. No parecía, sin embargo, que la señora fuese de esta opinión; no porque combatiese la opinión general con sus razones particulares; si las tenía, á la verdad, no las hubo jamás tan bien disimuladas; no había cosa en el mundo de la cual se abstuviese más voluntariamente, que la de traer á colación semejante historia, y se cuidase menos de tocar al fondo de aquel misterio; pero cuanto menos hablaba, tanto más se hablaba de ello. ¡Cuántas veces al día, la imagen de aquella mujer venía á presentársele de súbito á su mente, y se fijaba en ella sin querer moverse! ¡Cuántas veces hubiera deseado verla delante de sí, viva y realmente, más bien que haberla tenido fija en el pensamiento, más bien que tener que encontrarse día y noche en compañía de aquella forma vana, terrible, impasible! ¡Cuántas hubiera querido oir de veras su voz, aunque la amenazase, más bien que el escuchar cómo resonaba en el fondo de su alma el ruido fantástico de aquella misma voz, y sus palabras repetidas con una pertinacia, con una resistencia infatigable, como no hubo jamás un ser viviente!

Habíase pasado cerca de un año, después de dicho suceso, cuando Lucía fué presentada á la señora, y tuvo con ella la conversación, en la cual ha parado nuestra historia. La señora multiplicaba las preguntas, tocante á las persecuciones de D. Rodrigo, y entraba en ciertos detalles con una intrepidez, que parecía y debía parecer más que nueva para Lucía, que nunca había imaginado que la curiosidad de las monjas pudiese ejercitarse en semejantes objetos, los juicios que aquélla entremezclaba á sus preguntas, ó que dejaba traslucir, no eran menos extraños. Parecía que casi se reía del grande miedo que Lucía había tenido siempre de aquel señor, y le preguntaba si era acaso un monstruo para causarle tanto espanto; parecía casi que hubiera encontrado torpe y necio el genio esquivo de la joven, si no hubiese tenido por motivo la preferencia dada á Renzo, y sobre lo cual le dirigía ciertas preguntas, que llenaban de estupor y ruborizaban á la interrogada. Apercibiéndose luego de haber dejado correr su lengua detrás de los aturdidos é irreflexibles arrebatos de su cerebro, trató de componer y dar el mejor colorido posible á sus palabras; mas no pudo conseguir, el que á Lucía dejase de quedarle un desagradable pasmo, y como cierto terror confuso. Apenas pudo hallarse á solas, con su madre, cuando le abrió su corazón; mas Inés, como más experimentada, disipó en pocas palabras todas aquellas dudas, y aclaró todo el misterio. “Es preciso que no te sorprendas, le dijo; cuando conozcas el mundo, como yo, verás que esto no son cosas para sorprenderse. Los señores, quienes más, quienes menos, los unos por una cosa, los otros por otra, tienen todos una vena de locura. Conviene dejarlos decir, sobre todo, cuando se necesitan, hacer la vista gorda y escucharlos con formalidad, lo mismo que si dijeran cosas muy justas. ¿Has visto cómo me ha cortado la palabra, lo mismo que si hubiese dicho un despropósito? Á la verdad que ningún caso he hecho. Ellos son todos así; y no obstante, Dios sea loado, pues parece que esa señora te ha tomado mucho cariño y quiere protegernos de veras. Por lo demás, si sales del atolladero y te sucede alguna vez el tener que hacer con los señores, tú verás”.

El deseo de obligar al padre guardián, la complacencia de protegerle, la idea del buen concepto que se podría formar de una protección tan piadosamente acordada, cierta inclinación á Lucía, y también cierta satisfacción en hacer bien á una criatura inocente, en socorrer y consolar á los oprimidos, habían dispuesto realmente á la señora á tomar á pechos la suerte de las dos pobres fugitivas. Según sus órdenes, y según sus intenciones, fueron alojadas en la habitación de la portera, contigua al claustro, y tratadas como si estuviesen empleadas al servicio del monasterio. La madre y la hija se regocijaban juntas de haber encontrado tan pronto un asilo seguro y reverenciado. También habrían deseado permanecer ignoradas de todo el mundo, mas en un monasterio era cosa muy difícil; tanto más, cuanto que había un hombre decidido á obtener noticias de una de ellas, en cuyo ánimo, á la rabia de haber sido prevenido y burlado, se unía la pasión que le animaba anteriormente. Dejando nosotros á las mujeres en su asilo, volvamos al palacio de aquél, en el momento en que estaba aguardando el éxito de su criminal empresa.

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