[6] Novicia.
CAPÍTULO DECIMOPRIMERO
Á la manera que una jauría de sabuesos, después de haber seguido en vano el rastro de una liebre, vuelven mortificados al encuentro de su dueño, con el rabo entre piernas y las orejas caídas, del mismo modo, en aquella tumultuosa noche, volvían los bravos al castillo de D. Rodrigo. Éste se paseaba en la oscuridad, de un extremo á otro de un vasto aposento deshabitado, situado en el piso superior que daba sobre la explanada. De cuando en cuando se paraba, poníase á escuchar, miraba al través de las rendijas de los postigos entreabiertos, lleno de impaciencia y no sin inquietud, no sólo por la incertidumbre del buen éxito, sino también por las consecuencias posibles, porque era la mayor y la más atrevida de las empresas á las cuales este hombre intrépido había puesto mano. Sin embargo, se iba tranquilizando con la idea de las precauciones tomadas para destruir todos los indicios y las sospechas. En cuanto á las sospechas, pensaba, me río de ellas. Quisiera saber quién será el guapo que venga á asegurarse de que aquí hay ó no una muchacha. Que venga, que venga el imbécil; le prometo que será bien recibido. Que venga el fraile, que venga. ¿La vieja? que vaya á Bérgamo la vieja. ¿La justicia? ¡bah con la justicia! El podestá no es un niño ni un loco. ¿Y Milán? ¿Quién se cuida de estas gentes en Milán? ¿Quién les prestaría oídos? ¿Quién sabe que están aquí? Son como gentes perdidas sobre la tierra, ni aun siquiera tienen un dueño; esas gentes no pertenecen á nadie. Vamos, vamos, fuera miedo. ¡Cómo se quedará mañana Attilio! Verá, verá si yo sé charlar ú obrar. Y luego... si sobreviniese algún embarazo... qué sé yo, algún enemigo que quisiese escoger esta ocasión... Attilio también sabrá aconsejarme; en ello está empeñado el honor de toda la parentela. Mas el pensamiento en el cual se detenía más porque en él encontraba al mismo tiempo una tranquilidad para sus dudas y un pasto para su principal pasión, era el pensamiento de las lisonjas, de las promesas que emplearía para adormecer á Lucía. Tendrá tanto miedo de hallarse aquí sola en medio de estas gentes, de estas fachas (que á la verdad, la cara más humana que hay aquí soy yo), ¡por Baco!... Se verá obligada á recurrir á mí, le tocará suplicar, y si me suplica...
Mientras que hacía estas cuentas, oyó un ruido de pasos; fué á la ventana, la abrió un poco, sacó la cabeza; son ellos. ¿Y la litera? ¡Diablo! ¿Dónde está la litera? Tres, cinco, ocho, todos están; el Griso también. ¡La litera no está! ¡Diablo, diablo! El Griso me rendirá la cuenta de todo.
Entrados que fueron, el Griso depositó en un rincón de una sala baja su bordón, su gran sombrero y su hábito de peregrino; y como tenía una responsabilidad que en aquel momento nadie le envidiaba, subió para hacer su relación á D. Rodrigo. Éste lo esperaba en lo alto de la escalera, y viéndole aparecer con aquel aire imbécil y negado de un bribón engañado, “¿y bien, le dijo, ó más bien le gritó, señor guapo, señor capitán, señor dejarme hacer?”.
—Es muy duro, repuso el Griso, que permanecía con un pie sobre el primer escalón, es muy duro recibir reproches después de haber trabajado fielmente, tratado de cumplir con su deber y arriesgado al propio tiempo su pellejo.
—¿Cómo ha ido eso? Veremos, dijo D. Rodrigo; y se encaminó hacia su cámara, adonde le siguió el Griso, é hizo súbitamente la relación de todo lo que había dispuesto, hecho, visto y no visto, oído, temido, reparado; haciéndolo con aquel orden y con aquella confusión, con aquella inexactitud que debían á la fuerza reinar aunadamente en su imaginación.
—Tú no has sido traidor; te has conducido bien, dijo D. Rodrigo; has hecho lo que has podido; mas... bajo este techo se cobija algún espía. Si efectivamente es así, si llego por casualidad á descubrirlo, y lo descubriré si lo hay, yo te aseguro, Griso, que lo guardo para un día de fiesta.
—Semejante sospecha, señor, también me ha pasado por la cabeza; y si fuese verdad, si se llegase á descubrir un bribón de esa especie, el señor amo lo debe poner en mis manos. ¡Un pillo que se habrá gozado en hacerme pasar una noche semejante! Me pertenece hacérsela pagar. Sin embargo, por varias cosas he podido deducir, que aquí debe haber alguna otra intriga que por ahora no se puede comprender. Mañana, señor, mañana se verá más claro.
—¿Á lo menos no habréis sido reconocidos?