El Griso respondió que esperaba que no; y la conclusión de este discurso fué que D. Rodrigo le ordenó para el día siguiente tres cosas que aquél hubiera sabido pensar por sí solo, á saber: expedir muy de mañana dos hombres para hacer al cónsul una cierta intimación, que fué hecha después, según ya hemos visto; otros dos fueron enviados á rondar por los alrededores del caserón arruinado, con el objeto de alejar á todos los ociosos que se dirigiesen hacia aquel punto; y sustraer la litera á todas las miradas hasta la noche siguiente, en la cual se mandaría á buscarla, porque por el momento no convenía moverse más para no dar sospechas. Después ordenó que fuesen á descubrir terreno, y que enviase algunos de los más desenvueltos y diestros con el fin de indagar algo acerca del desorden de aquella noche. Luego de haber dado dichas órdenes, D. Rodrigo se fué á descansar, y dejó también ir al Griso, al cual despidió colmándole de alabanzas, en las que se traslucía evidentemente el deseo de resarcirle de los improperios precipitados con los cuales le había acogido.
—Vete á dormir, pobre Griso, pues debes tener ya necesidad de ello. ¡Pobre Griso! ¡Todo el día de negocios, negocios en medio de la noche, sin contar el peligro de caer en poder de los villanos ó de atraerse una buena recompensa por el rapto de una mujer honesta, añadido todo esto á las que tú tienes ya encima, y después ser recibido de aquel modo! Mas ¡ah! ¡así pagan los hombres con frecuencia los buenos servicios! Tú has debido convencerte, sin embargo, en esta ocasión, que alguna vez la justicia, si no viene antes, viene después en este mundo. Ahora vete á dormir; día vendrá en que quizá tendrás que darme otra prueba de tu adhesión mucho mayor que ésta.
Á la mañana siguiente, el Griso estaba ya de nuevo ocupado en sus negocios, cuando D. Rodrigo se levantó. Éste buscó en seguida al conde Attilio, el cual, viéndole aparecer, tomó un aire y un tono de chanza, y le gritó: ¡S. Martín!
—No sé qué deciros, repuso D. Rodrigo aproximándose á él; pagaré la apuesta; pero esto no es lo que más me aflige: no he querido deciros nada, porque lo confieso, trataba de daros esta mañana una pequeña sorpresa. Mas... basta; ahora os lo contaré todo.
—Sin duda el fraile ha echado la zancadilla en este negocio, dijo el primo, después de haberlo escuchado todo con más formalidad que no podía esperarse de un cerebro tan ligero como el suyo. Ese fraile, prosiguió, con su facha de mosca muerta y su lenguaje mesurado, lo tengo por un bribón y por un hipócrita. Vos no os habéis querido fiar de mí; no habéis querido decirme claramente lo que había venido á buscar el otro día. D. Rodrigo refirió el diálogo. ¿Y tuvisteis tanta cachaza? exclamó el conde Attilio; ¿y lo dejasteis ir según había venido?
—¿Queríais que me hubiese atraído el aborrecimiento de todos los capuchinos de Italia?
—Yo no sé, dijo el conde Attilio, si en aquel instante me habría acordado que hubiese en el mundo otros capuchinos que ese temerario bribón. Pero siguiendo las reglas más estrictas de la prudencia, nunca faltan medios de tomar satisfacción, aunque sea de un capuchino. Es preciso saber redoblar las miradas por todo el cuerpo, y entonces se puede impunemente dar una pequeña paliza á un miembro. Basta: ha escapado á un castigo que merecía mucho; pero yo lo tomo bajo mi protección, y quiero tener el consuelo de enseñarle de qué modo se trata á la gente como nosotros.
—No lo echéis á perder más.
—Fiaos una vez siquiera en mí; yo os serviré de pariente y de amigo.
—¿Qué es lo que pensáis hacer?