—No lo sé aún; mas os aseguro que serviré al fraile. Lo pensaré, y... el señor conde mi tío, del consejo secreto, es el que podrá servirme. ¡Mi querido señor conde y tío! ¡Cuánto me divierto en hacer trabajar en mi favor á un politicón de ese calibre! Pasado mañana estaré en Milán, y de un modo ú otro el fraile será servido...
Entretanto trajeron el desayuno, lo cual no interrumpió la conversación sobre un negocio de aquella importancia. El conde Attilio hablaba con desenvoltura; y si bien tomaba aquella parte que requería su amistad para con el primo, y el honor del nombre común, según las ideas que tenía de amistad y de honor, sin embargo, de cuando en cuando no podía menos de echarse á reir por lo bajo de aquella malograda empresa. Pero D. Rodrigo que discutía en causa propia, y que creyendo dar tranquilamente un golpe, le había salido fallido con estrépito, estaba agitado por pasiones más graves, y distraído por ideas más inquietas. ¡Cuánto charlarán, decía, esos bribones en todos los alrededores! ¿pero qué me importa? Tocante á la justicia, me río de ella; pruebas no hay ninguna, y aun cuando las hubiera, me reiría igualmente; á buena cuenta, esta mañana he hecho advertir al cónsul que se guardase bien de hacer declaración alguna acerca de lo sucedido. Nada malo me puede resultar; pero las habladurías, cuando duran mucho, me fastidian. ¡Hasta el presente, bien amargamente he sido burlado!
—Habéis hecho perfectamente, repuso el conde Attilio. Vuestro podestá... vuestro ignorante, vuestro testarudo, vuestro muy fastidioso podestá... es, sin embargo, un hombre honrado; un hombre que sabe su deber, y precisamente cuando se tiene algún negocio con semejantes personas, es necesario evitarles compromisos. Si ese imbécil de cónsul hace una declaración cualquiera, el podestá, aunque tenga buenas intenciones, se verá obligado, sin embargo, á...
—Mas vos, interrumpió D. Rodrigo un tanto colérico, vos echáis á perder mi asunto con vuestro afán de contradecirle en todo, de cortarle la palabra, y aun de chancearos en ocasiones dadas. ¡Qué diablo! ¿pues qué, un podestá no podrá ser un tonto y obstinado aun cuando en lo demás sea un buen hombre?
—¿Sabéis, primo mío, dijo mirándole sorprendido el conde Attilio, sabéis que empiezo á creer que tenéis un poco de miedo? Tomáis tan á pechos aun las cosas del podestá...
—Vaya, vaya, ¿no habéis dicho vos mismo que era preciso tener cuidado?...
—Lo he dicho, y cuando se trata de un negocio formal, os haré ver que no soy un niño. ¿Sabéis lo que soy capaz de hacer por vos? Soy hombre de ir en persona á hacer una visita al señor podestá. ¡Ah! ¡Qué contento se pondrá con semejante honor! Soy hombre de dejarlo hablar por espacio de media hora del conde-duque y de nuestro señor castellano español, y de darle la razón en todo, aun cuando no diga más que tonterías. Diré después algunas palabritas sobre el conde mi tío, del consejo secreto: ¿y sabéis el efecto que producirán dichas palabras en los oídos del señor podestá? Al fin de la jornada él tiene más necesidad de nuestra protección, que vos de su condescendencia. Iré, lo haré todo á pedir de boca, y lo dejaré mejor dispuesto que nunca.
Después de estas y otras palabras semejantes, el conde Attilio salió para ir á caza, y D. Rodrigo quedó esperando con ansiedad la vuelta del Griso. Éste vino al fin á la hora de comer, para hacer la relación de todo lo que había ocurrido.
El desorden de la pasada noche había sido tan ruidoso, la desaparición de tres personas del lugarcillo era un suceso tan grande, que las pesquisas, ya fuese por interés, ya por curiosidad, debían naturalmente ser numerosas, vivas y obstinadas; por otra parte, había mucha gente demasiado instruida de algunas particularidades, para que se pudiesen poner de acuerdo para callar. Perpetua no podía dejarse ver en el umbral de su puerta, que no se viese asaltada, ya por uno, ya por otro, para que dijese quién había causado aquel gran miedo á su amo; y Perpetua recapacitando en todas las circunstancias del suceso, y viendo finalmente de qué modo había sido burlada por Inés, sentía una cólera tal por aquella perfidia, que tenía necesidad al propio tiempo de desfogarse un poco. Aunque se lamentase con el tercero y con el cuarto, sobre los medios que habían tenido de burlarse de ella, no respiraba acerca de este punto; mas el tiro hecho á su pobre amo no podía pasarlo enteramente en silencio; y sobre todo, que semejante tiro hubiese sido concertado y puesto por obra por aquel honrado joven, por aquella buena viuda, y por aquella inocente virgen. D. Abundio podía muy bien ordenarle resueltamente y rogarle con cordialidad que se callara; ella podía también repetirle que no había necesidad de recomendarle una cosa tan clara y tan natural; es verdad que tan gran secreto estaba en el corazón de la pobre mujer como está en un tonel viejo falto de cercos un vino enteramente nuevo que se acaba de echar, que trabaja, fermenta, hierve de nuevo, y si no echa la tapa por el aire, gime allí dentro y sale la espuma, se escapa al través de las duelas, y gotea por todas partes, hasta que se puede beber y decir en su día qué vino es. Gervasio, que creía soñar al verse una vez mejor informado que los demás, á quien no parecía pequeña gloria el haber tenido un gran miedo, y que por haber contribuido á una cosa que picaba en criminal, creía ser ya un hombre como los demás, reventaba de deseos por vanagloriarse de ello. Y aunque Tonio, que pensaba seriamente en las pesquisas y procesos posibles y en la cuenta que sería preciso rendir, le previniese con el puño en la nariz, sin embargo, no fué dueño para ahogar en su boca todas las palabras. Por lo demás, Tonio mismo, después de haber estado ausente de su casa aquella noche hasta hora muy avanzada, volviéndose á ella con paso y semblante no acostumbrado, con una agitación de espíritu que lo disponía á la sinceridad, no pudo callar el hecho á su mujer, la cual no era muda. El que habló menos fué Menico, porque así que hubo contado á sus padres la historia y el motivo de su expedición, que éstos se alarmaron tanto al ver que su hijo se había mezclado en cooperar á una empresa en que jugaba D. Rodrigo, que casi no le dejaron concluir su narración. Después le dieron las más fuertes y amenazadoras órdenes, previniéndole que se guardase bien de decir nada; y á la mañana siguiente, no pareciéndoles que estaban suficientemente seguros, resolvieron tenerlo encerrado en casa por todo el día y aun por algunos más. ¡Pero qué! ellos mismos después, charlando con las gentes del país, y sin querer manifestar que sabían más que ellos, cuando llegaban á aquel punto oscuro de la fuga de nuestros tres infortunados, y al cómo, y al por qué, y adónde, añadían como cosa muy cierta que se habían refugiado en Pescarenico.
Así esta circunstancia entró en las conversaciones generales. Con todos estos propósitos, verdaderos ó falsos, puestos en seguida juntos y unidos según se acostumbra, y con los adornos que se les aplica naturalmente cuando se forjan, se podía hacer una historia de una certeza y de una claridad tal, que el juicio más crítico debía estar satisfecho. Mas aquella invasión de los bravos, accidente demasiado grave y demasiado ruidoso para ser pasado por alto, y del cual nadie tenía un conocimiento muy positivo; dicho accidente, pues, era el que hacía, sobre todo, la historia más oscura y embrollada. Se murmuraba el nombre de D. Rodrigo: en esto todos estaban de acuerdo; en lo demás no se veía otra cosa que conjeturas diversas y profunda oscuridad. Se hablaba mucho de dos guapetones que habían sido vistos en la calle al anochecer, y del que estaba á la puerta de la hostería. ¿Pero qué luz podía sacarse de este hecho tan aislado? Se preguntaba al huésped quién había estado en su casa la noche anterior; pero éste no se acordaba, sin embargo, de haber visto á nadie en dicha noche, y concluía siempre diciendo, que su hostería era como un puerto de mar. Sobre todo, lo que confundía las imaginaciones y desordenaba las conjeturas, era aquel peregrino visto por Stéfano y por Carlandrea; aquel peregrino que los malvados querían asesinar y que había partido con ellos, y que también se habían llevado. ¿Qué había ido á hacer allí? ¡Era un alma del purgatorio aparecida para ayudar á las mujeres; era un alma condenada de un malvado é impostor peregrino, que venía siempre de noche á unirse para hacer fechorías con aquellos mismos con los que las había hecho viviendo; era un peregrino real y vivo, que aquéllos habían querido asesinar por miedo de que gritase y alborotase el pueblo; era (mirad lo que fueron á pensar) uno de los mismos malandrines disfrazado de peregrino! Era esto, era aquello, era tantas cosas, que toda la sagacidad y experiencia del Griso no hubiera bastado á descubrir, si éste hubiese tenido que saber esta parte de la historia por las conjeturas de los demás; pero ya sabe el lector, que lo que para otros era una confusión, estaba para él muy claro. Sirviéndose de la clave para interpretar las otras noticias recogidas inmediatamente por sí, ó por medio de subordinados exploradores, pudo, entre todo, hacer una relación bastante clara á D. Rodrigo. Encerróse al momento con él, le informó del golpe intentado por los novios, lo cual explicaba naturalmente haber hallado la casa vacía y el tocar á rebato, sin que hubiese necesidad de suponer que en el palacio hubiese habido algún traidor (según decían aquellos dos hombres de bien). Le participó la fuga, y la razón de esto era fácil de encontrar; el temor de los prometidos cogidos en falta, ó algún aviso de la invasión, recibido cuando ésta había sido descubierta, y todo el pueblo puesto en movimiento. Finalmente, dijo, que aquéllos se habían refugiado en Pescarenico; desde esto en adelante no alcanzaba más su ciencia. Complació á D. Rodrigo el estar cierto que nadie le había hecho traición, y ver también que no quedaban huellas de lo que había hecho; mas esto no fué más que una débil y rápida complacencia. “¡Han huido juntos, gritó!, ¡juntos! ¡y ese fraile malvado!, ¡ese fraile!”... Las palabras salían con trabajo de su garganta; rechinaba los dientes; su aspecto era feroz como sus pasiones. “¡Ese fraile me la pagará, Griso, ó yo no sería quien soy!... ¡Quiero saber... yo quiero encontrar... esta tarde misma quiero saber en dónde están; no descansaré hasta entonces: á Pescarenico, pronto; á saber, á ver, á encontrar... cuatro escudos al momento, y mi protección para siempre: esta noche lo quiero saber! ¡Y ese bribón!... ¡ese fraile!”...