He aquí ya al Griso de nuevo en campaña; y aquella misma tarde pudo llevar á su digno amo la tan deseada noticia: vamos á ver de qué modo.

Uno de los más grandes consuelos de esta vida es la amistad; y uno de los consuelos de la amistad es el tener á quien confiar un secreto. Ahora, los amigos no se encuentran de dos en dos como esposos; nadie, generalmente hablando, tiene más de uno, lo cual forma una cadena, que ninguno podría hallar el fin. Cuando, pues, un amigo se procura la dicha de depositar un secreto en el seno de otro, da á éste el consuelo de procurarse la misma dicha que él. Le suplica, es verdad, que no diga nada; y tal condición, el que la tomase en el sentido rigoroso de la palabra, cortaría inmediatamente el curso de los consuelos. Mas la práctica ha querido que se obligase únicamente á no confiar el secreto más que á un amigo igualmente seguro, imponiendo á éste la misma condición. Así de amigo fiel en amigo fiel, el secreto gira por esa inmensa cadena, hasta tanto que llega á oídos de éstos ó de aquéllos, á quienes el primero que ha hablado, no hubiera querido que hubiese llegado nunca. Sin embargo, tendría ordinariamente que hacer un gran pedazo de camino si cada uno no tuviese más que dos amigos, aquel á quien se lo confía y al que se lo repite, bajo la condición de que se lo callará. Pero hay de esos hombres privilegiados que lo cuentan á un centenar; y cuando el secreto llega hasta uno de dichos hombres, las vueltas se hacen tan rápidas y tan multiplicadas, que no es posible seguir sus huellas.

Nuestro autor no ha podido acertar por cuántas bocas había pasado el secreto que el Griso tenía orden de descubrir; lo que hay de cierto es, que el buen hombre por el cual habían sido escoltadas las mujeres hasta Monza, al volver al anochecer á Pescarenico con su batel, se paró antes de llegar á su casa en la de un amigo fiel, al cual contó en confianza la obra buena que había hecho, y lo que de esto se siguió; y lo que también hay de cierto es que el Griso pudo dos horas después correr al palacio á referir á D. Rodrigo que Lucía y su madre se habían refugiado en un convento de Monza, y que Renzo había seguido su camino hacia Milán.

D. Rodrigo experimentó una criminal alegría al saber aquella separación, y sintió renacer en el fondo del corazón la malvada esperanza de lograr su intento. Pensó en el modo gran parte de la noche, y se levantó temprano con dos objetos: el uno en proyecto, el otro bosquejado. El primero era expedir con la mayor prontitud al Griso á Monza, para tener noticias más evidentes de Lucía, y saber si había medio de intentar algo. Hizo, pues, llamar inmediatamente á su fiel servidor, púsole en la mano los cuatro escudos, le alabó de nuevo la habilidad con la cual los había ganado, y le dió la orden que había premeditado.

—Señor... dijo titubeando el Griso.

—¿Qué? ¿No he hablado claro?

—Si pudieseis mandar á algún otro...

—¿Cómo?

—Ilustrísimo señor, estoy dispuesto á arriesgar el pellejo por mi señor, éste es mi deber; mas también sé que no quiere aventurar la vida de sus súbditos.

—¿Y bien?