—Vuestra señoría ilustrísima sabe bien las sentencias que tengo sobre mi cuerpo, y... aquí estoy bajo su protección; formamos una compañía; el señor podestá es amigo de la casa; los esbirros me respetan, y yo también... es cosa que hace poco honor, convengo en ello; mas para vivir tranquilo... los trato como amigos. En Milán la librea de vuestra señoría es conocida; pero en Monza, al contrario, yo soy el conocido. ¿Vuestra señoría sabe (no es por gana de decirlo) que aquel que pudiese ponerme en manos de la justicia ó presentar mi cabeza, daría un buen golpe? Cien escudos uno sobre otro, y la facultad de librar dos penados.

—¡Qué diablo!, dijo D. Rodrigo; te pareces ahora á un perro de corral, que apenas tiene valor de tirarse á las piernas del que pasa junto á la puerta, mirando tras de sí para ver si las gentes de la casa están dispuestas á sostenerle.

—Creo, señor amo, haber dado pruebas...

—¡Pues, y entonces!

—Entonces, replicó francamente Griso, hágase vuestra señoría la cuenta que no he dicho nada: corazón de león, piernas de liebre; estoy pronto á partir.

—No he dicho que vayas tú sólo; escoge un par de los mejores... Sfregiato y Tira-Dritto, y ve sin miedo, y sé siempre el Griso. ¡Qué diablo!, ¿quién quieres tú no esté contento de dejar pasar tres figuras como las vuestras, y que van á sus negocios? Sería preciso que los esbirros de Monza estuviesen mal con su vida para arriesgarla por cien escudos á un juego tan peligroso. Y después, no creo ser tan poco conocido en aquel paraje que no se cuente por nada la cualidad de ser servidor mío.

Habiendo así picado el pundonor del Griso, le dió en seguida más amplias y detalladas instrucciones. El Griso tomó sus dos compañeros, y partió con ademán alegre y decidido, pero maldiciendo en su interior á Monza, las sentencias, las mujeres, y los caprichos del amo. Caminaba como un lobo que, acosado por el hambre, con el vientre vacío y con las costillas que se le hubieran podido contar, baja de sus montañas en donde no hay más que nieve, avanza con precaución hacia la llanura, se para de cuando en cuando con una mano levantada y meneando su rozada cola, para ver si el viento le lleva olor de hombre ó de hierro; endereza sus finas orejas, y hace rodar dos sangrientos ojos, en los cuales se traslucen á la vez el ardor de la presa y el miedo de la caza[7]. Por lo demás, el que quiera saber el origen de este magnífico verso, diré que está sacado de una diablura inédita sobre las cruzadas y los lombardos, que pronto no será ya inédita y hará un terrible ruido, habiéndolo tomado porque venía á propósito, y digo de dónde, para que no se me acuse que quiero vestirme con ropas ajenas; que nadie piense, sin embargo, que esto sea una astucia mía para anunciar que el autor de dicha diablura y yo seamos lo mismo que hermanos, y que hurgo á mi placer en todos sus manuscritos.

Otra cosa que meditaba D. Rodrigo era, encontrar el modo de que Renzo no pudiese volver más con Lucía, ni poner el pie en el pueblo, con cuyo fin maquinaba el hacer esparcir voces de amenazas y de asechanzas, que llegando á sus oídos por medio de algún amigo, le hiciesen pasar los deseos de volver. Creía, sin embargo, que lo más seguro sería buscar un medio para que lo desterrasen del Estado, y para lograr esto veía que más que la fuerza podía servirle la justicia. Se podía, por ejemplo, presentar bajo negros colores, la tentativa que había hecho en la casa parroquial, pintarla como una agresión, como un acto sedicioso, y con ayuda del doctor, hacer entender al podestá que éste era un caso grave para expedir contra Renzo un magnífico auto de prisión; pero calculó que no era conveniente á un personaje como él remover aquel feo negocio; y sin querer por más tiempo romperse la cabeza, resolvió franquearse con el doctor Azzecca-Garbugli, lo suficiente para hacerle comprender su deseo. ¡Hay tantas ordenanzas! pensaba, y el doctor no es un ganso: él encontrará alguna cosa que me haga al caso, alguna camorra que buscar á ese villano, pues de otro modo le mudo el nombre. ¡Mas ved, sin embargo, cómo van algunas veces las cosas de este mundo! Mientras que él piensa en el doctor, como en el hombre más hábil que pudiese servirle en el negocio, otro hombre, el hombre que nadie podría imaginarse, Renzo mismo, para decirlo de una vez, trabajaba de todo corazón en ayudarle de un modo mucho más seguro y expedito que todos los que el doctor hubiera podido jamás encontrar.

He visto muchas veces un amable niño, listo, á decir verdad, pero que en todo lo que él hace manifiesta llegar á ser un hombre cumplido; lo he visto, repito, con frecuencia, ocupado al anochecer en hacer entrar en el corral su manada de conejillos de Indias que había dejado correr libremente por el día en un huertecillo. Hubiera querido hacerlos entrar á todos á un mismo tiempo; pero era en vano; el uno se escapaba á la derecha, y mientras el pastorcillo corría con el objeto de reunirlo á la manada, el otro, dos, tres, se escapaban á la izquierda y por todas partes, de modo que después de haberse impacientado un poco, se adaptaba á sus maneras, arrojaba hacia dentro primeramente á los que estaban más cercanos á la puerta, luego iba á buscar á los demás, y los iba metiendo de uno á uno, de dos en dos, de tres en tres; en fin, según podía. Es indispensable que nosotros hagamos con nuestros personajes un juego semejante: refugiada Lucía, hemos corrido al palacio de D. Rodrigo, y ahora debemos abandonarla para ir detrás de Renzo, á quien habíamos perdido de vista.

Después de la dolorosa separación que hemos referido, caminaba Renzo desde Monza con dirección á Milán, en una situación de espíritu que cualquiera podrá imaginar fácilmente. ¡Abandonar su casa, perder el oficio, y lo que era peor de todo, alejarse de Lucía, hallarse en un camino sin saber adónde iría á parar, y todo por causa de aquel bribón! Cuando se entretenía su pensamiento sobre cualquiera de estas cosas, se apoderaba de él la rabia y el deseo de la venganza; mas luego recordaba aquella súplica que había hecho en compañía de su buen fraile en la iglesia de Pescarenico, y se enmendaba. Algunos instantes después volvía á enfurecerse; mas al ver una imagen pintada en la pared, se quitaba el sombrero, y se paraba al momento á rogar de nuevo, si bien que en su viaje mató en su interior á D. Rodrigo, y lo resucitó á lo menos veinte veces. El camino, trazado entre dos elevadas márgenes, era cenagoso, pedregoso, surcado de profundos carriles, los cuales después de haber llovido, se convertían en arroyos, y en ciertos parajes más bajos, se inundaba todo, de tal modo, que se hubiera podido ir embarcado. Á algunos pasos, un pequeño y escarpado sendero formando escalones, indicaba que otros viajeros se habían abierto camino á través de los campos. Habiendo subido Renzo por una de aquellas sendas provisionales sobre un terreno más elevado, vió delante de sí la inmensa mole de la catedral aislada sobre la llanura, como si saliese del desierto y no del seno de una ciudad; olvidó por un momento todas sus aflicciones, y se paró á contemplar, aunque de lejos, aquella octava maravilla, de la cual tanto había oído hablar en su infancia. Después de algunos momentos, volviendo atrás la vista, vió en el horizonte aquel gran conjunto de desiguales cimas; divisó claramente entre ellas á su tan elevado Resegon: sintió revolverse toda su sangre, y se detuvo algún tiempo mirando tristemente aquellos sitios, después de lo cual continuó su camino todavía más afligido. Poco á poco empezó á descubrir los campanarios, las torres, las cúpulas y los tejados: bajó entonces de nuevo al camino, anduvo aún algún tiempo, y cuando conoció que estaba cerca de la ciudad, se acercó á un viajero, é inclinándose con toda la política de que era capaz, le dijo: Buenos días, caballero.