—¿Qué queréis, buen joven?

—¿Podríais enseñarme el camino más corto para ir al convento de capuchinos en donde está el padre Buenaventura?

El hombre á quien Renzo se dirigía era un rico vecino de las cercanías, que habiendo ido aquella mañana á Milán á sus negocios, se volvía sin haber hecho nada, con la mayor precipitación, no viendo la hora de llegar á su casa, no habiendo echado seguramente de menos semejante detención. Con todo esto, sin dar señales de impaciencia, contestó con mucha dulzura: hijo mío, conventos hay más de uno; sería preciso que me supieseis decir con más claridad cuál es el que buscáis. Renzo sacó de su pecho la carta del padre Cristóbal y se la enseñó á aquel caballero, el que habiendo leído Puerta Oriental, se la devolvió diciendo: “Sois afortunado, mi buen joven; el convento que buscáis está muy cerca de aquí: tomad por esta pequeña senda á la derecha; éste es un atajo, en pocos minutos llegaréis á una esquina de un edificio largo y bajo, es el Lazareto; dad la vuelta al foso que lo rodea, y llegaréis á la Puerta Oriental: entrad, y al cabo de unos cuatrocientos pasos, veréis una plazuela adornada de bellos olmos; allí está el convento; no os podéis equivocar. Dios os guarde, joven mancebo”. Y acompañando estas últimas palabras con un gracioso gesto, partió. Renzo quedó estupefacto y edificado de la cortesía que tenían los ciudadanos con la gente del campo. No sabía que aquél era un día extraordinario, un día en que las capas se inclinaban ante los jubones.

Siguió el camino que le había sido indicado, y se encontró en la Puerta Oriental. Sin embargo, no es preciso que á este nombre el lector deje ir su fantasía á las imágenes que hoy día están asociadas á él. Cuando Renzo entró por aquella puerta, el camino por la parte exterior no era recto más que por toda la longitud del Lazareto; después se prolongaba tortuoso y estrecho entre dos columnas, con un tejadillo para sostener los postes, y al otro lado una casita para los guardas. La calle que se abría delante de la puerta, por la cual se entraba, no se parecía en nada á la que ahora se presenta al que entra por la puerta de Tosa. Un pequeño foso corría por el centro hasta cerca de la puerta, y la dividía de este modo en dos callejuelas tortuosas, cubiertas de polvo ó de barro, según la estación. En el paraje donde existía y existe aún aquel grupo de casas que se llama el Borghetto, el foso se perdía en un gran sumidero. Allí se hallaba una columna sobre la cual había una cruz que llamaban la columna de S. Dionisio: á derecha é izquierda veíanse huertos circuidos de vallados, y á intervalos casitas habitadas las más por lavanderas.

Renzo entró, pasó: ninguno de los guardas le dijo una palabra, lo que le pareció muy extraño, porque había oído contar á los de su pueblo que podían vanagloriarse de haber estado en Milán, mil cosas increíbles de registros y preguntas que hacían al que llegaba de fuera. La calle estaba desierta; de modo, que si no hubiese oído un ruido lejano que indicaba un gran movimiento, le hubiera parecido que entraba en una ciudad abandonada. Siguiendo calle adelante sin saber lo que pensar, divisó en el piso ciertos regueros blancos y blandos, á semejanza de la nieve; mas nieve no podía ser, porque ésta no cae ordinariamente en semejante estación, ni se queda en el suelo formando regueros. Se inclinó sobre uno de ellos, lo miró, lo tocó y vió que era harina. Gran abundancia, se dijo, debe haber en Milán cuando así se desperdicia la gracia de Dios; y sin embargo, nos daban á entender que había carestía en todas partes; he aquí cómo se arreglan para tener quieta á toda la gente del campo. Mas después de haber dado algunos pasos, llegó delante de la columna, á cuyo pie divisó cierta cosa más extraña: vió sobre las escaleras del pedestal varios objetos esparcidos que no eran seguramente guijarros; porque si aquéllos hubiesen estado en el mostrador de un panadero, no se hubiera vacilado un momento en darles el nombre de panes. Pero Renzo no se atrevía tan pronto á fiarse en su vista, porque, ¡qué diablos! ¡aquél no era el sitio de poner el pan! Vamos á ver qué es esto, se dijo de nuevo. Se dirigió hacia la columna, se bajó y recogió uno; era en efecto, un pan redondo, blanquísimo, de los que Renzo no acostumbraba á comer más que en las grandes solemnidades. ¡Es pan de veras! dijo en alta voz; tanta era su admiración: ¿así lo siembran en este país, en un año como éste, y no se incomodan siquiera para recogerlo cuando cae? Es indispensable que éste sea el país de la cucaña. Después de diez millas de camino que había hecho, el aire fresco de la mañana, la vista de aquel pan, junto con la admiración que había experimentado, se le despertó el apetito. ¿Lo cogeré? pensaba entre sí: ¡ah! lo han dejado aquí á discreción de los perros; mejor es que se aproveche de ello un cristiano: al fin y al cabo, si comparece el amo, se lo pagaré. Así pensando, se lo metió en un bolsillo, tomó un segundo y lo colocó en otro bolsillo, se apoderó de un tercero y empezó á comer; después de esto echó á andar más incierto que nunca, y deseoso de aclarar aquel suceso.

Apenas se puso en movimiento, vió aparecer gente que venía del interior de la ciudad y miró atentamente á los primeros que se presentaron. Éstos eran un hombre, una mujer, y á algunos pasos más atrás un muchacho; los tres llevaban una carga sobre las espaldas, la cual parecía superior á sus fuerzas, y todos tres tenían una figura muy rara. Sus vestidos, ó más bien sus harapos, enharinados, su cara ardiente, inflamada y cubierta de harina; su marcha no sólo era penosa á causa de la carga, sino también sumamente dolorosa, como si hubiesen sido magullados y golpeados. El hombre llevaba sobre sus hombros un gran saco de harina, agujereado por algunas partes y la sembraba á puñados á cada encuentro que tenía ó á cada paso dado en falso. Pero la figura de la mujer era todavía más singular: tenía un enorme corpachón y llevaba los brazos extendidos, los cuales parecía que apenas podía sostener, asemejándose á dos corvas asas de una gran tinaja: debajo de aquel gran vientre salían dos piernas desnudas hasta más arriba de la rodilla, las que iban avanzando vacilantes. Renzo miró con más atención y vió que aquel gran cuerpo era el guardapiés que la mujer sostenía por sus extremos, llevándolo tan lleno de harina, cuanta podía caber; y había tanta, que á cada instante se escapaba formando una gran polvareda. El muchacho sostenía con las dos manos una cesta colmada de panes, la cual llevaba sobre la cabeza; pero por tener las piernas más cortas que sus padres se quedaba poco á poco atrás, y doblando en seguida el paso todo lo que podía, con el objeto de reunirse á ellos, la cesta perdía el equilibrio y de cuando en cuando caía algún pan.

—¡Bruto! no sirves para nada; si vuelves á dejar caer otro, dijo la madre enseñando los puños apretados al muchacho...

—Yo no los dejo caer, ellos se caen: ¿cómo he de hacerlo? repuso éste.

—¡Oh!... suerte tuya es el que tenga las manos ocupadas, contestó la mujer moviendo los puños como si fuese á darle un manotón; y este movimiento la hizo derramar más harina de la que hubiera sido necesario para hacer los dos panes que el muchacho había dejado caer.

—Vamos, vamos, dijo el hombre: volvamos atrás á recogerlos, porque si no alguno lo hará. ¡Hace tanto tiempo que nos vemos privados de todo! Ahora que viene un poco de abundancia, gocémosla en santa paz.