Entretanto iba entrando por la puerta la gente del campo, y uno de éstos, acercándose á la mujer, le preguntó: “¿Adónde se va á tomar el pan?”.
—Más adelante, respondió aquélla, y así que estuvieron á diez pasos de distancia, añadió refunfuñando: Esos bribones de campesinos vendrán á saquear todos los hornos y almacenes, y no quedará nada para nosotros.
—Eres muy gruñona, mujer, dijo el marido: deja que haya un poco para cada uno: ¡abundancia, abundancia!
Renzo empezó á sacar en consecuencia de lo que veía y oía, que había llegado á una ciudad insurreccionada, y que aquél era un día de revolución, es decir, que cada uno tomaba según su deseo y su fuerza, dando golpes en pago. Nosotros desearíamos hacer jugar un buen papel á nuestro aldeano; mas la sinceridad histórica nos obliga á decir que su primer sentimiento fué de placer. Tenía tan poco que alabarse de las cosas que ordinariamente le sucedían, que se hallaba inclinado á aprobar cualquier acontecimiento que las mudase de un modo ó de otro. Por lo demás, no siendo nuestro joven mancebo un hombre de todo punto superior á su siglo, vivía también con aquella opinión, ó más bien con aquella pasión general, de que la escasez del pan era motivada por los monopolistas y panaderos; y estaba dispuesto á encontrar justo todo medio de arrancarles de las manos las subsistencias que éstos, según dicha opinión, negaban cruelmente al hambre de todo un pueblo. Sin embargo, trató de huir del desorden, y se alegró de haber sido dirigido á un capuchino, el cual podría darle un asilo y servirle de padre. Así pensando, y mirando mientras á los nuevos conquistadores que iban apareciendo cargados de despojos, hizo el poco de camino que le quedaba para llegar al convento.
En donde ahora se eleva un bello palacio con sus altas galerías, había entonces y existía todavía no hace muchos años una plazoleta, en el fondo de la cual se encontraba la iglesia y el convento de capuchinos, delante de cuya fachada descollaban cuatro gigantescos olmos. Nosotros felicitamos, no sin envidia, á aquellos de nuestros lectores que no han visto las cosas en dicho estado: esto quiere decir que son muy jóvenes, y que no han tenido tiempo de hacer muchas tonterías. Renzo se fué directamente á la puerta, volvió á colocar en su seno el medio pan que le quedaba, sacó y tuvo preparada en su mano la carta, y tiró de la cuerda de la campana. Á poco rato se abrió un ventanillo que tenía un enrejado, y apareció la figura del hermano portero á preguntar quién era.
—Un aldeano, que trae al padre Buenaventura una carta urgente del Padre Cristóbal.
—Dádmela, dijo el portero, introduciendo los dedos por entre la rejilla.
—No, no, dijo Renzo; debo entregarla en sus propias manos.
—No está en el convento.
—Dejadme entrar que lo esperaré.