—Haced otra cosa mejor, dijo el fraile, id á esperarlo á la iglesia, y de este modo podréis hacer algo bueno. Por ahora no se puede entrar en el convento.
Esto dicho cerró el ventanillo. Renzo permaneció allí un rato con su carta en la mano. Dió diez pasos con dirección á la puerta de la iglesia para seguir el consejo del portero, mas luego pensó ir á echar una ojeada sobre todo aquel tumulto. Atravesó la plazoleta, se colocó al extremo de la calle, y con los brazos cruzados sobre el pecho, se puso á mirar á la izquierda, hacia el interior de la ciudad en donde el bullicio era más fuerte y más ruidoso. El torbellino arrastró al espectador. Vamos á ver, dijo entre sí: sacó de nuevo su pan, y entretenido en darle magníficos bocados, se puso en movimiento hacia aquel lado. En el ínterin que él se dirige allí, nosotros referiremos con la brevedad posible los motivos y el principio de aquel desorden.
NOTAS:
Leva il muso, odorando il vento infido.
Levanta el hocico, husmeando el viento engañador.
Ya se verá que este verso está copiado de un poema inédito de Alejandro Manzoni.
CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO
Aquél era el segundo año en el cual había sido escasa la recolección. En el anterior, las provisiones que habían quedado de los años atrás habían suplido la falta hasta cierto punto, y la población había llegado á la cosecha del año 1628, que es la época de nuestra historia, no enteramente satisfecha ni hambrienta, sino desprovista de recursos. Al presente la cosecha tan deseada fué todavía más escasa que la anterior, á causa de la mala estación (y esto no sólo en el milanesado, sino también en una gran extensión de pueblos circunvecinos), y por culpa de los hombres. Los estragos y los despilfarros de la guerra eran tales, que en el lugar más cercano á ella, un gran número de propiedades quedaban más que de ordinario sin cultivar y abandonadas por los aldeanos, los cuales, en vez de procurarse pan por medio de su trabajo para sí y para los demás, se veían obligados á irlo á mendigar por caridad. He dicho más que de ordinario, porque las cargas insoportables, impuestas con una avidez y una ceguedad sin ejemplo, la conducta habitual, aun en plena paz, de las tropas alojadas en los pueblos, conducta que los dolorosos documentos de aquella época comparaban á la de un ejército invasor, y otras razones, las cuales no es éste el lugar de mencionar, obraban lentamente hacía ya algún tiempo ese triste efecto en el milanesado. Las circunstancias particulares de que ahora acabamos de hablar, eran como la irritación súbita de una enfermedad crónica. Concluida apenas la recolección, he aquí que las provisiones para el ejército y el desperdicio que siempre le sigue, abrieron tal brecha, que la penuria se hizo sentir de súbito, y con ésta su doloroso pero saludable é inevitable efecto, la carestía.
Mas cuando ésta llega á cierto punto, nace siempre (ó al menos ha nacido siempre hasta ahora, ¡y si todavía dura, después de tantos escritos de hombres hábiles, juzgad lo que sería en aquellos tiempos!) nace en la imaginación del mayor número la opinión que no ha sido motivada por la falta de subsistencias. Se acuerda uno de haberla temido pronosticado; se supone á un tiempo que hay suficiente grano, y que el mal proviene únicamente de que no se pone bastante en venta para el consumo, suposiciones que son fuera de razón, pero que engañan á un tiempo la cólera y la esperanza. Los monopolistas de granos, verdaderos é imaginarios, los propietarios que no vendían toda su cosecha en un día, los panaderos que compraban; todos aquéllos, en fin, que tenían poco ó mucho, ó que pasaban por tener, éstos, pues, eran considerados como los autores de la carestía, de las subsistencias y de la penuria: contra los mismos estallaban las quejas generales; ellos se habían captado el odio de la multitud bien ó mal vestida. Decíase, con seguridad, dónde tenían los almacenes, dónde estaban los graneros colmados, apuntalados; se indicaba un número de sacos disparatado; se hablaba con certeza de la inmensa cantidad de trigo que se exportaba secretamente, é igualmente se vociferaba con tanta seguridad y con la misma cólera, que el grano exportado á otros países volvía otra vez á Milán. Implorábanse de los magistrados las medidas que parecían siempre, ó á lo menos han parecido hasta aquí á la multitud, tan justas, tan sencillas, tan propias para hacer salir el grano oculto, tapiado, sepultado, según decían, con el objeto de que volviese la abundancia. Los magistrados siempre hacían algo, como por ejemplo, fijar el máximun de cada género, imponer penas á los que rehusasen venderle, y otras órdenes por el estilo. Mas con todo, como las precauciones de este mundo, por eficaces que sean, no tienen la virtud de disminuir la necesidad de alimentarse ni de hacer venir las cosechas fuera de estación; y así como los que ejercían el poder no tenían seguramente el de hacer venir el trigo de los parajes en donde podía haber demasiado, así también el mal duraba y crecía. La muchedumbre atribuía semejante efecto á la falta y á la debilidad de los remedios, y los solicitaba á grandes gritos, más vigorosos y decisivos. Para su desventura encontró un hombre según su corazón.
En ausencia del gobernador D. Gonzalo Fernández de Córdoba, que mandaba el sitio de Casalez Monferrato, el gran canciller Antonio Ferrer, también español, hacía sus veces en Milán. Éste vió (y quién no lo hubiera visto), que estar el pan á un precio justo era una cosa muy apetecible, y pensó que una orden suya bastaría para obtener dicho resultado. Fijó la meta (éste es el nombre que se da en Milán á las tarifas en materia de comestibles) del pan al precio que hubiera sido justo, si el grano se hubiese comúnmente vendido á treinta y tres libras el moggio[8], y éste se vendía hasta ochenta. Obró como una mujer que ha sido joven, y que piensa rejuvenecerse alterando su fe de bautismo.