Órdenes menos insensatas y menos injustas habían quedado más de una vez sin ejecución, por la resistencia de las mismas cosas; pero el pueblo que veía finalmente sus deseos convertidos en leyes, y que no hubiera sufrido que esto fuese una burla, velaba para que se pusiera en práctica. Corrió prontamente á las panaderías, pidiendo pan al precio tasado; y lo pidió con aquel ademán de resolución y amenaza que prestan las pasiones, la fuerza y la ley reunidas. Si los panaderos se quejaban, no hay que preguntarlo: cerner la harina, trabajar la pasta, enhornar y sacar del horno el pan sin interrupción (porque el pueblo, trasluciendo confusamente que aquello era una cosa violenta, asaltaba los hornos de continuo para gozar de aquella cucaña hasta que durase); fatigarse, digo, y estropearse al mismo tiempo, todo para perderse, cualquiera puede considerarse qué hermoso placer debía ser. Mas por una parte, los magistrados imponían penas severas; por otra, el pueblo que quería ser servido, se impacientaba, murmuraba al menor retardo y amenazaba sordamente con uno de sus actos de justicia, que son los peores que puede haber en este mundo. No había medio: era preciso amasar, enhornar, sacar del horno y vender. Sin embargo, para hacerlos continuar en aquella empresa, no bastaba que les fuese mandado ni que tuviesen mucho miedo; era preciso poder; y un poco más que hubiese durado la cosa, no hubieran podido. Hacían ver á los magistrados la injusticia y la carga insoportable que les habían impuesto; protestaban querer echar la pala en el horno y marcharse; y en el ínterin, tiraban adelante como podían, esperando siempre que un día ú otro el gran canciller entendería la razón. Mas Antonio Ferrer, el cual era hombre de carácter, respondió que los panaderos habían ganado mucho en los años anteriores, y que ganarían mucho también cuando volviese á haber abundancia; que vería, que trataría acaso de indemnizarlos, y que entretanto surtiesen de pan. ¿Estaría verdaderamente persuadido de las razones que alegaba, ó que aun conociendo por los efectos la imposibilidad de conservar aquella orden suya, quisiese dejar á los demás la odiosidad de revocarla? ¿Quién podría entonces leer en el pensamiento de Antonio Ferrer? Lo que hay de cierto es, que se mantuvo firme en lo que había establecido. Finalmente, los decuriones (esta era una magistratura municipal compuesta de nobles, que duró hasta el año noventa y seis del siguiente siglo) informaron por escrito al gobernador acerca del estado de las cosas, suplicándole buscase algún medio de remediarlo.

D. Gonzalo, sumamente engolfado en los asuntos de la guerra, hizo lo que el lector seguramente imagina: nombró una junta; á la cual confirió la autoridad de fijar el pan á un precio razonable; ésta era una cosa justa para todos. Los diputados se reunieron, ó como entonces se decía españolescamente en jerga diplomática, se juntaron; y después de mil reverencias, cumplimientos, preámbulos, suspiros, reticencias, proposiciones vanas, tergiversaciones, arrastrados todos á una deliberación de la que tenían necesidad, sabiendo bien que se entretenían en un juego terrible, pero convencidos que no se podía hacer otra cosa, concluyeron por encarecer el pan. Los panaderos respiraron, mas el pueblo se enfureció.

La tarde antes del día en que Renzo llegó á Milán, las calles y las plazas públicas hormigueaban de hombres que, exaltados por una general indignación, predominados por un pensamiento común, conocidos ó extraños, se reunían en grupos sin estar de acuerdo antes, casi sin conocerse, como las gotas de agua que se precipitan sobre un mismo declive. Cada discurso aumentaba la pasión y la persuasión de los oyentes, del mismo modo que el que lo había proferido. En medio de tantos hombres exaltados, había algunos, sin embargo, de sangre más fría que estaban observando con mucho placer cómo el agua se iba enturbiando; éstos se divertían en aumentar la irritación popular por medio de aquellos razonamientos y noticias que los malvados saben componer, y que los espíritus alterados creen siempre, proponiéndose no dejar posar la agitada agua hasta haber pescado algo. Millares de hombres fueron á acostarse con la idea confusa de que era preciso hacer, que se haría alguna cosa al otro día. Al amanecer, las calles estaban de nuevo henchidas de grupos; niños, mujeres, hombres, ancianos, obreros, mendigos, se reunían por casualidad: por un lado se oía un murmullo confuso de muchas voces; por otro, uno peroraba, y los demás aplaudían; éste hacía al que tenía más cerca la misma pregunta que acababan de hacerle; aquél repetía la exclamación que había sentido resonar en sus oídos; por todas partes estallaban lamentos, amenazas, gritos de sorpresa: un pequeño número de vocablos, era la materia de tantas conversaciones.

No faltaba otra cosa más que una ocasión, un motivo ligero, un impulso cualquiera, para reducir las palabras á hechos, y esto no tardó mucho. Al amanecer, los mozos, según tenían de costumbre, salieron de las panaderías con las banastas cargadas de panes que iban á llevar á las casas. El primero de estos infortunados que apareció en medio de aquellos grupos, hizo el efecto de un cohete que cae en un almacén de pólvora. ¡Mirad si hay ó no pan! gritaron á un tiempo cien voces.

—Sí, para los tiranos que nadan en la abundancia, y quieren que nos muramos de hambre, dijo uno, el cual se acercó al mozo, echó la mano al asa de su banasta, empujóla hacia sí, y dijo: “Déjame ver”. El joven se puso encarnado, palideció, tembló, hubiera querido decir: dejadme andar; mas la palabra expiró en sus labios, aflojó los brazos, y trató de librarse apresuradamente de los que le rodeaban. “¡Abajo la banasta!” gritan: muchas manos la cogen á un tiempo; y estando ya en tierra, echan al aire el lienzo que la cubre: una tibia fragancia se difunde por todo el rededor. “Nosotros somos también cristianos; nosotros también debemos comer pan”, dijo el primero. En seguida toma uno, lo levanta mostrándolo á la multitud, y empieza á darle magníficos bocados: luego no se vió otra cosa más que un centenar de manos en la banasta, panes por el aire; en menos tiempo del que empleamos en decirlo, estuvo vacía.

Aquellos á quienes no había tocado nada, irritados al ver la ganancia de los demás, y animados por la facilidad de la empresa, se encaminaron á bandadas en busca de otras banastas: cuantas encontraron, tantas desocuparon. Á pesar de todo, los que quedaban con los dientes largos, eran sin comparación los más; los conquistadores mismos no estaban satisfechos de una tan pequeña presa, y mezclados después con los unos y con los otros, eran los que habían formado el designio de un desorden de mejor condición. “¡Al horno, al horno!” gritaban.

En la calle llamada de la Corsia de Servi, había y todavía hay un horno que conserva el mismo nombre; nombre que en toscano significa el horno de las muletas, y en milanés está compuesto de palabras heteróclitas, tan raras, tan selváticas, que el alfabeto de la lengua italiana no tiene caracteres para indicar el sonido. En aquel paraje fué donde la multitud se detuvo: la gente de la panadería preguntaba al muchacho que había vuelto sin la carga, y el cual sumamente sofocado y turbado refería balbuceando su triste aventura, cuando he aquí que de repente se siente un ruido de pisadas y de voces; se aumenta y se acerca, compareciendo la vanguardia del tropel.

“Cerrar, cerrar pronto, pronto”. El uno corre á pedir auxilio al capitán de justicia; los otros cierran precipitadamente la tienda, y atrancan las puertas; la gente empieza á arremolinarse por la parte exterior y á gritar: “¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid!”.

Pocos momentos después se ve llegar al capitán de justicia acompañado de un piquete de alabarderos.—¡Apartaos, apartaos, hijos míos! ¡Á casa, á casa! Dejad pasar al capitán de justicia, gritó éste en medio de sus alabarderos. El pueblo que todavía no era muy numeroso, se separó un poco, de modo que aquéllos pudieron llegar y formarse muy unidos, si no en buen orden, delante la puerta cerrada de la tienda.

—Pero, hijos míos, gritaba el capitán, ¿qué hacéis aquí? Á casa, á casa. ¿Dónde está el temor de Dios? ¿Qué dirá el rey nuestro señor? Nosotros no queremos haceros daño; pero retiraos á vuestras casas; portaos como gente honrada. ¿Qué diablo venís á hacer aquí así agrupados? Nada bueno ni para vuestra alma ni para vuestro cuerpo. ¡Á casa, á casa! Pero aun cuando los mismos que veían al orador y oían sus palabras hubiesen querido obedecer, no hubieran podido, arrojados como estaban y empujados por los de atrás, á los cuales empujaban á su vez, como la ola empuja la ola de línea en línea, hasta la extremidad de la multitud, que iba siempre en aumento; la respiración empezaba ya á faltar al capitán.—Hacedlos retroceder un poco para que yo pueda tomar aliento, decía á los alabarderos; mas no hagáis mal á nadie. Veamos el modo de entrar en la tienda: llamad, tratad de que permanezcan á una distancia respetuosa.