—¡Atrás, atrás! gritaron los alabarderos, lanzándose todos unidos contra los primeros, y rechazándolos con los cuentos de las alabardas. Éstos gritaban, retrocedían según podían, dándose con las espaldas en los pechos, con los codos en el vientre, con los talones en las puntas de los pies de aquellos que iban detrás. Se apresuran, se estrechan, se atropellan de tal modo, que los que se encontraban en medio hubieran pagado cualquier cosa por hallarse en otra parte. Sin embargo, la puerta quedó un poco más desembarazada; el capitán llama y vuelve á llamar, grita que le abran; los de dentro, viéndolo desde la ventana, bajan con presteza, abren; el capitán entra, llama á los alabarderos, los cuales entran uno á uno, los últimos conteniendo á la multitud con las alabardas. Cuando estuvieron todos dentro, se echaron los cerrojos á la puerta, y se atrancó; después de lo cual, el capitán sube apresuradamente y se presenta á la ventana. ¡Oh, qué tumulto!
—¡Hijos!, grita. Muchos levantan la vista. ¡Hijos, volveos á vuestras casas! Perdón general á los que se retiren pronto.
—¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid! Tales eran las palabras que se oían más claramente en medio de los alaridos terribles con que la multitud le respondía.
—¡Juicio, hijos! ¡Miradlo bien; todavía estáis á tiempo! Vamos, andad; volveos á casa. Pan no os faltará; pero éste no es el modo de conseguirlo. ¡Eh, eh! ¿Qué hacéis vosotros aquí abajo? ¡Eh! ¡Los de la puerta! ¡Oh, oh!... Veo, veo... ¡Juicio! ¡Tened cuidado! ¡Vais á cometer un gran crimen! Ahora voy á bajar. ¡Eh, eh! Dejad ahí esos hierros, abajo esas manos, ¡Vergüenza!... ¡Vosotros, milaneses, que sois nombrados en todo el orbe por vuestra bondad, escuchad, escuchad! ¡Siempre habéis sido buenos hi...! ¡Ah, canalla!
Este rápido cambio de estilo fué ocasionado por una piedra que, salida de las manos de uno de aquellos buenos hijos, vino á dar en la frente del capitán sobre la protuberancia izquierda del censorio común. “¡Canalla, canalla!”, continuaba gritando, cerrando con prontitud la ventana, y retirándose. Mas aunque hubiese gritado á más no poder, sus palabras buenas y malas se hubieran perdido y desvanecido en el aire, á causa del estrépito que movían abajo. Lo que él decía ver, era un gran montón de piedras y de hierros (los primeros que habían podido procurarse en la calle) que reunían en la puerta para echarla abajo y quitar las rejas á las ventanas, cuyo trabajo tenían ya muy adelantado.
Entretanto los dueños y mozos de la panadería, que estaban en las ventanas de los pisos superiores, con una buena provisión de piedras (probablemente habrían desempedrado un patio), gritaban y gesticulaban á los de la calle para que se estuviesen quietos, enseñándoles las piedras, y amenazando arrojárselas. Habiendo visto que era tiempo perdido, empezaron á lanzarlas de veras. Ninguna caía en vano, porque el hacinamiento de gente era tal, que un grano de maíz no hubiera llegado al suelo.
—¡Ah, bribones!, ¡ah, malvados! ¿Es éste el pan que dais á los pobres? ¡Ay, ay de mí!, ¡huy!, ¡ahora, ahora!, gritaban desde abajo. Más de uno fué maltratado; dos niños quedaron en el sitio. El furor acrecentó las fuerzas de la multitud; las puertas, las rejas fueron arrancadas, y el torrente penetró por todas las aberturas. Los de dentro, viendo el negocio mal parado, fueron á ocultarse á los desvanes; el capitán, los alabarderos, y algunos otros de la casa, se quedaron agazapados bajo las tejas, y otros también, saliendo por las lumbreras, erraban por los tejados á manera de gatos.
La vista del botín hizo olvidar á los vencedores sus proyectos sanguinarios de venganza. Lánzanse sobre las artesas; el pan es saqueado enteramente. Uno de ellos corre al cajón del mostrador, hace saltar la cerradura, mete las manos, saca el dinero á puñados, se lo embolsa, y sale cargado de quattrini[9] para volver en seguida á robar pan, si queda alguno. El tropel se esparce por los almacenes: echan mano á los sacos, los arrastran, los vuelcan; éste se coloca uno entre las piernas, lo desata, y para reducirlo á un peso que pueda soportar, arroja una parte de la harina; otro gritando, espera, espera, se baja á recoger lo que aquél desperdicia, recibiendo aquella gracia de Dios en el mandil, sombrero y pañuelo; uno corre á la artesa, toma un pedazo de masa que se alarga y escapa por todas partes; otro, en fin, que ha conquistado un cedazo, lo lleva en el aire como en triunfo; unos van, otros vienen; hombres, mujeres, niños, se empujan, tropiezan; un polvo blanco que todo lo cubre y se eleva por do quier, lo envuelve y emblanquece todo. Vése por la parte exterior un inmenso gentío, dividido en dos filas opuestas, que se aprietan y chocan entre sí á porfía, los que salen cargados de despojos y los que quieren entrar para hacer lo mismo.
Mientras que la citada panadería se veía de tal modo saqueada, no por esto las demás que había en la ciudad estaban tranquilas y exentas de peligro. Pero en ninguna de ellas acudió el número suficiente de gente para poder emprender algo de provecho. En varias de ellas, los dueños habían recibido auxiliares y permanecían á la defensiva; en otras, hallándose con poca gente para resistir, trataban en cierto modo de entrar en transacciones; distribuían pan á los que habían empezado á agruparse delante de la tienda, bajo condición de que habían de irse al momento. Y efectivamente se retiraban, no tanto porque estuviesen satisfechos, cuanto porque los alabarderos y esbirros, alejándose de aquel terrible horno de las muletas, se dejarían ver, sin embargo, en otra parte, con la fuerza suficiente para tener á raya á los infelices que no fuesen muchos.
Éste era el estado de las cosas, cuando Renzo, después de haber dado cuenta de su pan, avanzaba por el arrabal de la Puerta Oriental, y se encaminaba, sin saberlo, justamente al punto céntrico del tumulto. Tan pronto iba aprisa como despacio, á causa de la multitud, y andando miraba y aguzaba los oídos, con el objeto de recoger de todo aquel confuso tropel de discursos algunas noticias más exactas acerca del verdadero estado de cosas. He aquí, pues, con poca diferencia, las palabras que pudo oir en todo su camino.