—Ahora ya está descubierta, decía uno, la infame impostura de esos bribones que vociferaban que no había pan, harina ni grano. Ahora la cosa se ve clara y neta, y no nos la podrán dar á entender de otro modo. ¡Viva la abundancia!

—Os digo que todo esto no sirve de nada; es lo mismo que hacer un agujero en el agua; será peor aún si no hay un castigo ejemplar. El pan se pondrá barato, pero en él os meterán veneno para matar á los pobres como moscas: ellos dicen ya que somos demasiados; lo han dicho en la junta, lo sé de cierto, por haberlo oído decir yo mismo con mis propios oídos á una comadre mía, que es amiga de un pariente del criado del cocinero de uno de esos señores.

—Eso no es cosa de risa, decía otro con la boca llena de espuma, sosteniendo con una de sus manos un desgarrado pañuelo sobre sus cabellos crespos y ensangrentados. Uno que estaba cerca de él, para consolarlo, le apoyaba.

—Paso, paso, señores, os lo suplico; dejad pasar á un infeliz padre de familia, que lleva de comer á cinco criaturas. Así decía uno que iba tambaleándose bajo un gran saco de harina, y á su vista todos se esforzaban en retirarse para dejarle pasar.

—Yo, decía otro, casi al oído de un compañero, yo voy á ponerme en salvo; soy hombre que conozco el mundo, y sé cómo va esta especie de cosas. Estos vocingleros que hacen tanto ruido, mañana ó pasado se encerrarán en casa todos llenos de miedo. He visto ya ciertas caras, ciertas gentes honradas que rondan haciendo el tonto, y observan quién hay y quién no hay; cuando todo está concluido, consultan las notas, y á quien toca, toca.

—El que protege á los panaderos, gritaba una voz sonora que atrajo la atención de Renzo, es el vicario de la provisión.

—Todos son buenos bribones, decía un vecino.

—Sí, pero él es el jefe, replicaba el primero.

El vicario de la provisión, nombrado todos los años por el gobernador, entre seis nobles propuestos por el consejo de los decuriones, era el presidente de éste y del tribunal de provisión.

Dicho tribunal, compuesto de doce notables también, tenía, además de otras muchas atribuciones, principalmente la de los víveres. El que ocupaba semejante puesto debía, necesariamente en un tiempo de hambre y de ignorancia, ser tenido por el autor de todos los males, á menos que no hubiese hecho lo que hizo Ferrer, lo que no estaba en sus facultades, aunque estuviese en sus ideas.