—¡Malvados! exclamaba otro: ¿han podido hacer otra cosa peor? Han llegado á decir que el gran canciller es un viejo chocho, vuelto de nuevo niño, para quitarle el crédito y mangonear ellos solos. Será preciso hacer una gran jaula y meterlos dentro, alimentándolos con algarroba y joyo, según querían tratarnos á nosotros.
—¡Pan! ¿eh? decía uno que trataba de irse á toda prisa: pedazos de piedra de á libra; ¡piedras que apenas podían sostenerse con ambas manos, y que caían como granizo! Tengo deshechas las costillas. No veo el momento de llegar á mi casa.
Al través de semejantes discursos, los cuales no sabré decir si informaban ó aturdían más á Renzo, en medio de aquellos alaridos llegó éste por último al ya expresado horno. La multitud se había aclarado bastante, de modo que pudo contemplar aquella triste y reciente desolación. Las paredes resquebrajadas y destrozadas por las piedras y ladrillos, las ventanas arrancadas de sus goznes, la puerta derribada.
Esto no está muy bien, pensó Renzo: si arreglan así todos los hornos, ¿dónde quieren que se haga el pan? ¿en los pozos?
De cuando en cuando salía de la panadería alguno que llevaba un pedazo de artesa ó cedazo, un banco, una canasta, un libro de cuentas, cualquier cosa, en fin, perteneciente á aquel pobre horno, y gritando: sitio, sitio, pasaba al través de la multitud. Todos ellos se encaminaban hacia el mismo lado y se detenían en un lugar antes convenido.
¿Qué será esta otra historia? pensó de nuevo Renzo, y se dirigió detrás de uno de aquellos individuos, que habiendo hecho un haz de tablas rotas y de astillas, lo colocó sobre sus espaldas yendo como los demás, por la calle que costea el flanco septentrional, y ha tomado su nombre de los escalones que allí había, y que hace muy poco tiempo han dejado de existir.
El deseo de ver los sucesos no impidió á nuestro campesino, luego de haber llegado al frente de aquella gran mole, el detenerse un momento para mirar á lo alto con la boca abierta. Redobló en seguida el paso para reunirse á aquel que había tomado por guía; dobló la esquina, dió también una ojeada á la fachada de la catedral, rústica entonces en gran parte y muy lejos aún de estar concluida, conservándose constantemente detrás del que se dirigía hacia el medio de la plaza. Cuanto más avanzaba, la gente estaba más apiñada, pero al que iba cargado le abrían paso. Hendía las oleadas del pueblo, y Renzo, yendo siempre pegado á él, llegó juntamente al centro de la muchedumbre. Allí había un gran espacio vacío, y en medio una gran hoguera, hecha de los utensilios que hemos dicho arriba. Á su alrededor veíase un continuo agitar de manos y pies, un ruido infernal causado por mil gritos de triunfo y multitud de imprecaciones.
El hombre del haz lo arroja sobre aquel montón de brazas; otro, con un mango de pala medio consumido, atiza el fuego: el humo crece y se condensa; las llamas se elevan, y á la vista de ellas los gritos se aumentan con más fuerza: “¡Viva la abundancia! ¡mueran los monopolistas! ¡muera la carestía! ¡reviente la provisión! ¡reviente la junta! ¡viva el pan!”.
Verdaderamente la destrucción de las artesas y de los cedazos, la devastación de los hornos y el terror de los panaderos, no son los medios más eficaces para que viva el pan; pero ésta es una de aquellas sutilezas metafísicas que el talento de muchos no llega á penetrar. Sin embargo, sin ser un gran metafísico un hombre llega tal vez á penetrarla antes, mientras que para la cuestión es nueva; y sólo á fuerza de hablar de ella y de oir, llegará á ser inhábil para comprenderla. En el hecho, Renzo había tenido en un principio aquel pensamiento y volvía á su imaginación, como hemos visto, á cada momento. No obstante, reservólo para sí, porque entre tantas caras no había uno que no pareciese decirle: “Hermano, si obro mal, corrígeme, que ya lo pagarás”.
La llama se había extinguido de nuevo; no se veía llegar á nadie más con otros combustibles, y la gente empezaba á fastidiarse, cuando se esparce la voz que en el Cordusio (una plazuela ó encrucijada no muy distante de aquel paraje) se había puesto sitio á una panadería. Muchas veces en semejantes circunstancias, el anuncio de una cosa basta para que suceda. Junto con aquellas voces se difundió también entre la multitud el deseo de correr allá: yo voy; ¿y tú vas? Vamos, vamos, se oía por todas partes; el gentío se divide, y se pone en marcha. Renzo permanecía detrás sin moverse casi, á no ser cuando era arrastrado por el torrente; y en el ínterin calculaba en su interior, si debería salir de semejante bacanal, y volver al convento en busca del padre Buenaventura, ó ir á ver todavía aquella otra. La curiosidad prevaleció de nuevo. No obstante, resolvió el no meterse en medio de la refriega para que le rompiesen las costillas; ó arriesgar alguna otra cosa peor, y conservarse á cierta distancia con el objeto de observar de lejos. Habiendo tomado este partido, sacó del bolsillo el segundo pan, y mordiendo un pedazo se encaminó tras de la turba amotinada.