La proposición fué espantosa para Gertrudis. Perder á Lucía por un accidente imprevisto, sin culpa, le parecía una desgracia, un castigo amargo; habiéndosele ordenado que se deshiciese de ella por medio de una criminal perfidia, cambiando de este modo en un nuevo remordimiento, un motivo de expiación. La desgraciada probó todos los medios para eximirse de tan horrible orden; todos, repito, á excepción del único que hubiera sido infalible, y que sin embargo, estaba al alcance de su poder. El crimen es un dueño severo é inflexible, contra el cual no llega uno á ser fuerte si no se subleva enteramente. Gertrudis no pudo resolverse á esto último, y obedeció.
El día prefijado había llegado; acercábase la hora convenida: Gertrudis, retirada con Lucía en su locutorio particular, la colmaba de caricias más que de ordinario, y ésta las recibía y devolvía con creciente ternura; como la oveja estremeciéndose sin temor bajo la mano del pastor que la palpa y la arrastra suavemente, se vuelve á lamer su mano; y no sabe que el carnicero á quien el pastor acaba de venderla, está aguardando que salga del redil para sacrificarla.
Necesito un gran servicio, y vos sola podéis prestármelo. Poseo mucha gente que me obedezca, pero nadie de quien fiarme. Para un negocio de la más alta importancia, que os referiré en seguida, necesito hablar al momento, con el padre guardián de capuchinos que os ha conducido aquí, mi pobre y querida Lucía; mas con todo, es preciso que nadie sepa que yo lo he mandado llamar. No tengo á otra persona más que vos sola para verificar con el más escrupuloso secreto este mensaje.
Lucía se quedó aterrada al escuchar semejante petición; y con su ordinaria timidez, pero no sin manifestar una grande admiración, alegó de pronto, con el objeto de excusarse, las razones que la señora debía comprender, que hubiera debido prever: sin su madre, sin nadie, en un camino solitario, en medio de un país desconocido... Pero Gertrudis, educada en una escuela infernal, manifestó á su vez también tanta admiración, y tanto disgusto de experimentar tal negativa de una persona con la cual creía poder contar, que fingió hallar muy frívolas semejantes excusas: “¡Á la mitad del día, cuatro pasos, un camino que Lucía había andado pocos días antes, y que aun cuando no lo hubiese visto jamás, con una pequeña indicación era imposible equivocarse!”... Tanto dijo, que la pobrecita, conmovida á la vez de reconocimiento y vergüenza, dejó escapar de su boca: “¡Y bien!, ¿qué debo hacer?”.
—Id al convento de capuchinos; y al decir esto, le hizo de nuevo la descripción del camino: Haced llamar al padre guardián; decidle, á solas por supuesto, que venga aquí al instante; pero que no diga absolutamente á nadie que soy yo la que lo manda llamar.
—Mas, ¿qué diré á la portera, que nunca me ha visto salir y que me preguntará adónde voy?
—Procurad pasar sin ser vista; y si no podéis conseguirlo, decid que vais á la iglesia tal, donde habéis prometido ir á rezar.
Nueva dificultad para la infeliz joven; ¡mentir! Pero la señora se manifestó de nuevo tan afligida de la repulsa, hizo ver á Lucía que era una cosa tan fea el anteponer un vano escrúpulo al reconocimiento, que esta desgraciada, aturdida más bien que convencida, y sobre todo, conmovida más que nunca, respondió: “Bien, iré: ¡Dios me ampare!”. Dicho lo cual, se puso en marcha.
Cuando Gertrudis, que desde la reja del locutorio la seguía con los ojos fijos y turbados, la vió poner el pie en el umbral de la puerta, como dominada por un sentimiento irresistible, abrió la boca y dijo: “¡Escuchad, Lucía!”.
Ésta se volvió, y se dirigió de nuevo á la reja. Mas ya otro pensamiento, un pensamiento habituado á predominar, había prevalecido en el ánimo de la desventurada Gertrudis. Fingiendo no estar satisfecha de las instrucciones que le había dado, explicó por segunda vez á Lucía el camino que debía tomar, y la despidió diciendo: “Hacedlo todo del modo que os he dicho, y volved pronto”. Lucía partió.