Tal es la descripción que el anónimo hace del paraje; del nombre, nada; al contrario, por no ponerse en el compromiso de descubrirlo, no dice nada del viaje de D. Rodrigo, y lo coloca de repente en medio del valle, al pie del pico, á la entrada del escarpado y tortuoso sendero. En este sitio existía una taberna, que se hubiera podido llamar también cuerpo de guardia. Una vieja muestra, en la cual estaba pintado por ambos lados un sol radiante, veíase suspendida sobre la puerta; pero la voz pública que repite algunas veces los nombres que le enseñan, después de lo cual los rehace á su modo, no designaba la expresada taberna más que con el nombre de Malanotte[1].
Al ruido de una cabalgata que se aproximaba, apareció en el umbral un muchacho armado hasta los dientes. Después de haber echado una rápida mirada, entró á dar el aviso á tres bandidos que estaban jugando con unas cartas asquerosas y dobladas en forma de tejas. El que parecía ser el jefe se levantó, se plantó en el umbral, y habiendo reconocido á un amigo de su amo, lo saludó respetuosamente. D. Rodrigo le devolvió el saludo con mucho garbo, y le preguntó si el señor se hallaba en el castillo: habiéndole contestado aquél que así lo creía, D. Rodrigo se apeó y arrojó la brida á Tiradritto, uno de los bravos de su comitiva. Se quitó la escopeta que llevaba á la espalda, y se la entregó á Montanarolo, como para desembarazarse de un peso inútil y subir más ligero; mas en realidad, porque sabía muy bien que en aquellos sitios no era permitido andar con ella. En seguida sacó de su bolsillo algunas monedas, y se las dió á Tanabuso, diciéndole: “Vosotros, quedaos aquí esperándome; entretanto, podréis entreteneros con estas buenas gentes”. Sacó, por último, algunos escudos de oro, y los puso en la mano del jefe, asignando la mitad para éste y la otra para sus compañeros. Finalmente, acompañado del Griso que había dejado también su arcabuz, empezó á subir el sendero. En el ínterin, los tres mencionados bravos y Sguinternotto, que era el cuarto (¡vaya unos nombres bonitos para conservarlos con tanto cuidado!), se reunieron á los tres del Incógnito y á aquel muchacho educado para la horca, poniéndose á jugar, á beber, y contarse mutuamente sus proezas.
Otro guapetón de los del Incógnito, que subía, se unió poco después á D. Rodrigo; lo miró, lo reconoció, y siguió andando en su compañía, evitándole así el fastidio de decir su nombre y de dar cuenta de su persona á todos los que hubiera encontrado que no le conociesen. Cuando hubo llegado y fué introducido en el castillo (dejando, sin embargo, al Griso en la puerta), se le hizo atravesar una larga crujía de oscuros corredores, y una infinidad de salas tapizadas de mosquetes, sables y partesanas; en cada una de dichas estancias se veía un bravo que estaba de centinela: después de haber aguardado un poco de tiempo, fué introducido á la en que se hallaba el Incógnito.
Éste le salió al encuentro, devolviéndole el saludo y mirándole al mismo tiempo al semblante y á las manos, según tenía de costumbre, y casi siempre involuntariamente, á cualquiera que iba á verle, aunque fuera uno de sus más antiguos y experimentados amigos. Era de elevada estatura, morena tez, y calvo: á primera vista los escasos cabellos blancos que le quedaban y las arrugas de su rostro, habrían hecho creer que contaba más edad que la que en realidad tenía, pues acababa de cumplir sesenta años; mas su continente y movimientos, la pronunciada dureza de sus facciones, y el resplandor siniestro que brillaba en sus ojos, indicaban una fortaleza de cuerpo y alma que hubiera sido extraordinaria en un joven.
D. Rodrigo dijo que venía á pedirle consejos y ayuda; que hallándose metido en una empresa difícil, de la cual su honor no le permitía retirarse, se había acordado de las promesas de aquel que nunca las hacía de más, ni en vano, y le expuso su abominable intriga. El Incógnito que tenía ya, aunque confusamente, algunas noticias, estuvo escuchando atentamente y con la mayor curiosidad, aquella narración, principalmente porque iba mezclado un nombre que le era muy conocido y sumamente odioso, el del padre Cristóbal, enemigo declarado de los tiranos, y que les hacía la guerra siempre que podía, tanto con palabras, como con acciones. D. Rodrigo, conociendo con quién hablaba, se puso en seguida á exagerar las dificultades de dicha empresa, la distancia del lugar, un monasterio, la señora... Á esto, el Incógnito, como si hubiese sido inspirado por un espíritu maligno, oculto en su interior, le interrumpió de súbito, diciendo que tomaba el negocio á su cargo. Apuntó el nombre de nuestra pobre Lucía, y despidió á D. Rodrigo dirigiéndole las siguientes palabras: “Dentro de poco recibiréis un aviso mío tocante á lo que tendréis que hacer”.
Si el lector se acuerda de aquel malvado llamado Egidio, que habitaba junto al monasterio en donde la desventurada Lucía se había refugiado, sepa ahora que éste era uno de los más íntimos compañeros de maldades que tuvo el Incógnito, siendo la causa por la cual este último había empeñado su palabra con tanta prontitud y resolución; mas apenas quedó solo, se encontró, no diré arrepentido, sino despechado de haberla dado. Hacía ya algún tiempo que comenzaba á experimentar, cuando no remordimientos, á lo menos cierta vaga inquietud, con respecto á sus maldades.
Cada vez que cometía una nueva, el recuerdo de las que se amontonaban á su memoria, si no en su conciencia, se volvía á despertar, y se las presentaba con más negros colores y en mayor número: se asemejaba á una carga ya incómoda de suyo, y cuyo peso crece á cada instante. Una cierta repugnancia experimentada al cometer sus primeros crímenes, repugnancia vencida después y que se había desvanecido casi enteramente, tornaba entonces á hacerse sentir. Pero en aquellos primeros tiempos, la imagen de un porvenir vasto, indeterminado, el sentimiento íntimo de una poderosa y larga vitalidad, llenaban su corazón de una confianza irreflexiva; ahora, por el contrario, los pensamientos del citado porvenir le hacían el pasado más doloroso. ¡Envejecer!, ¡morir!, ¿y después? ¡Cosa admirable! la imagen de la muerte, que en un peligro cercano, al frente de un enemigo, solía redoblar el ardor de ese hombre, é inspirarle una furiosa cólera; dicha imagen, repito, apareciéndosele en medio del silencio de la noche, dentro del castillo, asilo seguro é impenetrable, lo sumía en una repentina consternación. Esta muerte no era aquella con la que le hubiera amenazado un implacable adversario, mortal lo mismo que él; no se la podía rechazar con armas mejores, con brazo más pronto; venía sola, nacía de él; quizá estaba lejos todavía, pero á cada momento daba un paso más, y mientras que su espíritu luchaba dolorosamente para alejarla del pensamiento, cada vez se acercaba también más. Al principio, los ejemplos tan frecuentes, el espectáculo, por decirlo así, perpetuo de la violencia, de la venganza, del asesinato, inspirándole una emulación feroz, le habían servido también como una especie de autoridad contra su conciencia: al presente renacía á cada instante, en su espíritu, la idea confusa, pero terrible, de un juicio personal, de una razón independiente del ejemplo; la idea de haber salido de la turba vulgar de los malvados, el haberlos igualmente dejado á todos muy atrás: esta idea que tanto le lisonjeaba en otro tiempo, le causaba ahora el sentimiento de una soledad tremenda. Ese Dios del cual había oído hablar, pero que mucho tiempo hacía no trataba de negar ni reconocer, ocupado solamente en vivir como si no existiera, al presente, en ciertos momentos de abatimiento sin motivo, de terror sin peligro, le parecía oir una voz en su interior que decía: “¡Sin embargo, yo existo!”. En la primera efervescencia de sus pasiones, la ley que había oído proclamar en nombre de aquel Dios, no le parecía más que una cosa odiosa; ora, cuando venía á asaltar su mente de improviso, ésta, á su pesar, la concebía como una cosa que tiene su cumplimiento. Pero en lugar de franquearse con alguno sobre esta su nueva inquietud, la ocultaba profundamente, y la disfrazaba bajo la apariencia de la más intensa ferocidad, buscando por este medio el encubrírsela á sí mismo ó sofocarla. Envidiando (ya que no podía aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer maldades sin ninguna especie de remordimientos, sin más solicitud que la de su buen éxito, se esforzaba todo lo posible para hacerlos volver ó para retener y recobrar aquella antigua voluntad, pronta, soberbia, imperturbable, con el objeto de convencerse que aún era el mismo hombre de otras veces.
Ésta fué la causa de haber tan pronto empeñado su palabra á D. Rodrigo, para cerrar la entrada á toda perplejidad. Mas apenas éste hubo partido, cuando sintió de nuevo que se debilitaba la resolución que había formado y el compromiso que él mismo había creado, percibiendo al mismo tiempo presentarse poco á poco á su imaginación los pensamientos que le inducían á faltar á su palabra, y que le habían expuesto casi á flaquear en presencia de un amigo, de un cómplice subalterno: para cortar de un golpe tan penoso contraste, llamó á Nibbio, uno de los más diestros y atrevidos ejecutores de sus crímenes, y del cual tenía costumbre de servirse para la correspondencia con Egidio. Habiéndosele aquél presentado, el Incógnito, con ademán resuelto, le ordenó que montara en seguida á caballo, que se encaminase directamente á Monza, é informase á Egidio del compromiso contraído, requiriendo su ayuda para cumplirlo.
El digno mensajero volvió más pronto de lo que su amo esperaba, con la siguiente respuesta de Egidio: que la empresa era fácil y segura; que le mandase en seguida un carruaje con dos ó tres bravos, bien disfrazados, encargándose él de todo lo demás. Á este aviso, el Incógnito ordenó inmediatamente al mismo Nibbio que lo dispusiera todo según había dicho Egidio, y que partiese con otros dos que designó á dicha expedición.
Si para dar cumplimiento al horrible servicio que se le había pedido, hubiese tenido Egidio que contar con sus solos medios ordinarios, ciertamente no hubiera dado una contestación tan decisiva. Pero en aquel mismo asilo en donde parecía que todo debían ser obstáculos, el malvado tenía un medio conocido de él tan solo, sirviéndole de instrumento lo que para otros hubiera sido una dificultad. Ya hemos referido que la desventurada señora prestó una vez oídos á sus palabras; y el lector puede haber comprendido que no sería la última, y sí sólo el primer paso hacia el camino de abominación y de sangre. Aquella misma voz que había adquirido fuerza, y casi podría decirse autoridad por el crimen, le impuso al presente el sacrificio de la inocente que estaba bajo su amparo.