Hacer lo que estaba prohibido por las leyes, ó impedido por una fuerza cualquiera; ser el árbitro, el único dueño en los negocios de los demás, sin otro interés más que el gusto de mandar; ser temido de todos, aun de los que se hacían temer de otros; tales habían sido en todo tiempo las pasiones del expresado individuo. Desde su adolescencia, al espectáculo y al rumor de tan poderosas hazañas, de tantas exacciones, á la vista de tantos tiranos, experimentaba un sentimiento mezclado de cólera y de envidia impaciente. Joven, y viviendo en la ciudad, no desperdiciaba ocasión alguna; así, iba en busca de armar contiendas con los más famosos espadachines de profesión, se les atravesaba en su camino, les hacía reconocer su superioridad por medio de pruebas convincentes, ó les obligaba á que buscasen su amistad. Superior á la mayor parte en riquezas y en servidores adictos, y quizá á todos en nacimiento y en audacia, redujo á muchos á renunciar á toda rivalidad, escarmentó á otros, y se captó la amistad de los restantes; pero no la amistad que existe entre personas iguales en categoría, sino una amistad como á él le agradaba; es decir, amigos subordinados que se reconociesen sus inferiores, y que le diesen siempre la preferencia. Sin embargo, en el hecho, era con frecuencia el paladín, el instrumento de todos ellos, los cuales no dejaban nunca de reclamar en sus apuros el socorro de tan poderoso auxiliar: para él, retroceder un momento, hubiera sido decaer de su reputación, faltar á su deber. De manera, que por cuenta suya y por la de otros, hizo tantas, que ni su nombre, ni sus parientes, ni sus amigos, ni su audacia, pudieron sostenerle contra los bandos públicos y contra tantas animosidades poderosas, viéndose obligado á salir del territorio. Creo que se refiere á esta circunstancia un hecho notable relatado por Ripamonti: “Una vez que éste tuvo que abandonar el país, el secreto, la timidez, el respeto que usó fueron los siguientes: atravesó la ciudad á caballo, con una numerosa jauría; á son de trompetas, y pasando por delante del palacio de la corte, dejó á la guardia una embajada de insultos para el gobernador”.
Durante su ausencia, no renunció á sus manejos, ni interrumpió las relaciones con sus amigos, que permanecieron unidos con él, para traducir literalmente á Ripamonti, en una liga oculta de consejos terribles y de cosas funestas. Parece también que entonces contrajo con personas muy elevadas, ciertas nuevas y terribles relaciones, de las cuales el historiador mencionado habla con una brevedad misteriosa. Príncipes extranjeros, dice, se valieron más de una vez de él para algunos crímenes importantes, y al mismo tiempo le hubieron de enviar desde muy lejos refuerzos de gentes que sirviesen bajo sus órdenes.
Finalmente (no se sabe después de cuánto tiempo), ora que se hubiese anulado el citado bando por alguna poderosa intercesión, ora que la audacia de aquel hombre le sirviese como de inmunidad, lo cierto es que resolvió volverse á su país, y en efecto volvió; no sin embargo á Milán, sino á un castillo confinando con el territorio de Bérgamo, que entonces pertenecía á los estados venecianos. Aquella casa, dice aún Ripamonti, era una especie de oficina de mandatos sanguinarios: veíanse servidores cuyas cabezas estaban puestas á precio, que tenían el oficio de cortar también cabezas; ni el cocinero, ni aun el mismo marmitón, estaban dispensados del asesinato; hasta las manos de los niños se veían ensangrentadas. Además de esta bella familia doméstica, había, según afirma el mismo historiador, otra de individuos de igual calaña, dispersos y apostados en varios lugares de los dos estados, en cuyos confines vivía aquél, dispuestos siempre á sus órdenes.
Todos los tiranos, en un vasto radio, habían sido obligados, quienes en una ocasión, quienes en otra, á elegir entre la amistad y la enemistad de aquel tirano extraordinario. Pero á los primeros que habían querido tratar de resistirle les fué tan mal, que nadie más desde entonces quiso hacer semejante prueba. No obstante de permanecer uno agazapado en su concha, como suele decirse, sin meterse con él, no podía conservar su independencia: le enviaba un mensajero con la orden de que abandonase tal empresa; que se abstuviese de molestar á tal deudor, ú otras cosas semejantes: se necesitaba responder sí ó no. Cuando una parte, rindiéndole vasallaje, había ido á poner bajo su decisión un negocio cualquiera, la otra se hallaba en la dura alternativa de conformarse con su sentencia, ó declararse su enemigo; lo cual equivalía á ser, como se decía en otro tiempo, tísico en tercer grado. Muchos, teniendo culpa, acudían á él para tener razón; otros muchos, teniendo razón, recurrían también para ganarse así su alto patrocinio y cerrar las avenidas á sus adversarios: los unos y los otros venían á ser más especialmente sus dependientes. Sucedió alguna vez que un débil oprimido, vejado por un poderoso, se dirigió á él; y éste, tomando el partido del débil, forzó á dicho poderoso á cesar en sus vejaciones, á reparar el daño causado, á pedir perdón: si éste se mantenía firme, se encarnizaba tanto con él, que le obligaba á alejarse de los lugares que había tiranizado, ó le hacía pagar una más pronta y más terrible pena. En estos casos, aquel nombre tan temido y odiado, era bendecido por un momento; porque en aquellos desgraciados tiempos no se hubiera podido esperar de ninguna otra fuerza pública ni privada, no diré semejante justicia, sino ningún remedio, la más pequeña compensación. Él había sido, y era casi siempre, el ministro, el instrumento de voluntades inicuas, de venganzas atroces, de infames caprichos; pero los diversos usos que hacía de su fuerza producían siempre el mismo efecto, esto es, imprimir en los ánimos una grande idea de todo lo que podía querer y ejecutar en desprecio de lo justo é injusto, dos cosas que acarrean tantos obstáculos á la voluntad de los hombres y los hacen con frecuencia retroceder.
La fama de los tiranos comunes permanecía encerrada en aquel pequeño espacio de país, en donde eran los más ricos y los más fuertes. Cada distrito tenía los suyos; y se asemejaban tanto, que no había razón para que la gente se ocupara de aquéllos, cuya tiranía no experimentaba. Pero el renombre del personaje de que estamos hablando se había esparcido hacía ya mucho tiempo por el milanesado entero: por todas partes, su vida era el objeto de narraciones populares, y su nombre significaba algo de irresistible, de extraño, de fabuloso. La sospecha que todos tenían de sus colegas y sicarios, contribuía, igualmente, á mantener siempre viva su memoria. Esto no eran más que sospechas; porque, ¿quién hubiera confesado abiertamente semejante dependencia? Pero cada tirano podía ser su aliado, cada tunante uno de los suyos, y la incertidumbre misma hacía más vasta la opinión y más profundo el terror de la cosa. Cada vez que en alguna parte se veían aparecer figuras de bravos desconocidas y más malas que de costumbre; á cada hecho enorme del cual no se supiese desde un principio indicar ó adivinar el autor, se profería, se murmuraba el nombre de aquel que nosotros, gracias á la bendita (por no decir otra cosa) circunspección de nuestros escritores, nos veremos precisados á llamarle el incógnito.
Del castillo de éste al de D. Rodrigo, no había más que siete millas; y este último, apenas llegado á ser tirano y dueño, había debido ver que á tan poca distancia de semejante personaje no era posible ejercer aquel oficio sin venir á las manos, ó vivir en buena armonía con él. Éste era el motivo por el cual se le había ofrecido, llegando á ser su amigo, como todos los demás, se entiende; le había prestado más de un servicio (el manuscrito no dice otra cosa), habiéndole correspondido con promesas de auxilio y reciprocidad en cualquiera ocasión. Ponía, sin embargo, mucho cuidado, en ocultar semejante amistad, ó á lo menos no dejar traslucir los grados de que constaba, y de qué naturaleza era. D. Rodrigo quería, sí, hacerse el tirano, mas no el tirano desenfrenado: la profesión era para él un medio, no un fin; quería permanecer libremente en la ciudad, gozar de las ventajas, de los placeres, de los honores de la vida civil; y para esto tenía que usar ciertos miramientos, guardar atenciones á los parientes, cultivar la amistad de personas de categoría, tener una mano sobre la balanza de la justicia, para en caso necesario hacerla inclinar hacia su lado, ó detenerla, ú obligarla á caer en ciertas ocasiones sobre la cabeza de alguno, por cuyo medio podía alcanzarlo con más facilidad que con las armas de la violencia privada. En las circunstancias presentes, la intimidad, ó mejor diremos, una liga con un hombre de aquella especie, con un enemigo declarado de la fuerza pública, seguramente no le hubiera servido de nada, principalmente cerca del conde su tío. Pero aquel poco de amistad que no era posible ocultar, podía pasar por un deber indispensable hacia un hombre cuya enemistad era demasiado peligrosa, y de este modo se escudaba en la necesidad; porque el que tiene que proveer á la seguridad general, y carece de voluntad, ó no encuentra el medio, acaba por consentir que los demás atiendan por sí, hasta cierto punto, á sus negocios; y si expresamente no consiente, cierra á lo menos los ojos.
Una mañana D. Rodrigo salió á caballo, en traje de caza, con una pequeña escolta de bravos á pie; el Griso iba al estribo, y otros cuatro detrás; aquél tomó la dirección del castillo del Incógnito.
CAPÍTULO SEGUNDO
El castillo del Incógnito estaba situado en la parte más elevada de un valle angosto y sombrío, sobre la cima de un pico que nace de una áspera cordillera de montes, no pudiendo al primer golpe de vista afirmarse con seguridad si estaba unido ó separado á ella por la inmensa mole de rocas, cavernas y precipicios que lo circuyen por todos lados. El que mira al valle, es el sólo practicable; forma una pendiente bastante rápida, pero igual y continua; vénse en la cumbre varios prados; en la falda campos cultivados, sembrados en algunos parajes de habitaciones. En el fondo aparece un lecho de guijarros, por donde se desliza, según la estación, un cristalino arroyuelo, ó se precipita un anchuroso torrente que entonces servía de límite á ambos territorios. Las cordilleras opuestas, que forman, por decirlo así, la otra muralla del valle, tienen también su pequeña falda cultivada; el resto no se compone más que de peñascos, rápidas pendientes desliadas de toda vegetación, excepto algunas zarzas que crecen por entre las grietas.
De lo alto de dicho castillo, como el águila desde su ensangrentado nido, el selvático señor dominaba en torno de sí todo el espacio en donde un pie mortal pudiera posarse, y no percibía el más leve ruido humano por encima de su cabeza. Echando una ojeada alrededor, abrazaba todo aquel recinto, á saber: las pendientes, las cimas y los caminos practicados en medio de éstas. Á los ojos del que lo contemplaba desde lo alto, el sendero tortuoso que iba á dar acceso á tan terrible mansión, se desplegaba á manera de una serpenteante cinta; desde las ventanas y almenas el señor podía contar con la mayor comodidad los pasos del que llegaba, y descargar cien veces las armas contra él. Con aquella guarnición de bravos que tenía en el castillo hubiera podido desafiar á todo un ejército, dejándolo tendido sobre el sendero mismo, ó haciendo rodar á muchos hasta el fondo del valle, sin que ni uno solo siquiera pudiese llegar á la cumbre. Por lo demás, nadie que no fuera mirado con buenos ojos por el dueño del castillo, se atrevía á poner el pie, no digo arriba, sino ni aun en el mismo valle, ni tan siquiera de paso. El esbirro, pues, que hubiera tenido la desgracia de dejarse ver, habría sido tratado como un espía que es cogido en un campamento. Se referían trágicas historias de los últimos que habían querido intentar semejante empresa, pero eran ya historias antiguas; y ninguno de los jóvenes vasallos se acordaba de haber visto en el valle un hombre de aquella especie, ni vivo, ni muerto.