—Muy á propósito. ¿Y cuándo?...
—Ya que la cosa debe hacerse, se hará pronto.
—En seguida, en seguida, reverendísimo padre, mejor hoy que mañana. Y levantándose prosiguió: Si algo puedo hacer, tanto yo como mi familia, en favor de nuestros padres capuchinos...
—Sabemos por experiencia la bondad de la casa, dijo el padre provincial, levantándose también y encaminándose hacia la puerta detrás de su vencedor.
—Hemos apagado una chispa, dijo éste andando lentamente; una chispa, muy reverendo padre, que podía haber producido un grande incendio. Entre buenos amigos, en dos palabras se arreglan grandes cosas.
Habiendo llegado á la puerta, la abrió y quiso de todos modos que el padre provincial pasase el primero; luego entraron en la otra estancia, en donde se reunieron con los demás.
Aquel señor ponía un grande estadio, un gran arte y grandes palabras en manejar un negocio; mas después obtenía también los efectos correspondientes. Vamos al hecho: con la conversación que hemos referido, logró hacer ir á Fr. Cristóbal á pie desde Pescarenico á Rímini, que es una bella caminata.
Una tarde, un capuchino de Milán, llega á Pescarenico con un pliego para el padre guardián. Dicho pliego contiene la orden para que Fr. Cristóbal se trasladase á Rímini, con el objeto de predicar la Cuaresma. La carta dirigida al guardián trae las instrucciones para insinuar al consabido fraile que deponga toda idea de negocios que pueda tener entablados en el país del cual debe partir, y que no mantenga correspondencia de ninguna clase; el portador de la expresada carta debe ser su compañero de viaje. El guardián nada dice aquella tarde; pero á la mañana siguiente manda llamar á Fr. Cristóbal, le enseña la orden, le dice que vaya á buscar las alforjas, el bastón, el sudario y el cíngulo, y con aquel padre compañero que le presenta se ponga inmediatamente en camino.
Dejo á la penetración de mis lectores pensar el terrible golpe que sería éste para nuestro buen fraile. Renzo, Lucía, Inés, se presentaron súbitamente á su memoria, y exclamó, por decirlo así, en su interior: “¡Qué será de esos desventurados, no estando yo aquí, Dios mío!” Mas después alzó los ojos al cielo, se acusó de que le hubiese faltado la confianza y de haberse creído necesario para algo. Puso las manos en cruz sobre el pecho, en señal de obediencia; inclinó su cabeza ante el padre guardián, el cual lo llamó aparte y le dió aquel otro aviso como con palabras de consejo y como con significación de precepto. Fr. Cristóbal se encaminó á su celda, cogió la alforja, colocó en ella su breviario, su colección de sermones de cuaresma y el pan del perdón; apretó el cordón á su cintura, se despidió de todos sus hermanos; fué por último á recibir la bendición del guardián, y tomó en seguida, con su compañero, el camino que le había sido prescrito.
Hemos dicho que D. Rodrigo, obstinado más que nunca en llevar á cabo su infame empresa, había resuelto buscar la asistencia de un hombre terrible. De éste no podemos decir ni el nombre, ni el apellido, ni un título, y ni siquiera una conjetura sobre nada de todo esto, cosa tanto más extraña, cuanto que de dicho personaje encontramos memoria en más de un libro (de libros impresos digo) de aquella época. La identidad de los hechos no permite dudar que el personaje en cuestión, no sea el mismo; pero vese por todas partes un gran cuidado en evitar el trazar el nombre, como si éste hubiese de abrasar la pluma y la mano del escritor. Francisco Rivola, en la vida del cardenal Federico Borromeo, al hablar del expresado individuo, dice que es “un señor tan poderoso por sus riquezas, como noble por su nacimiento”, sin más. José Ripamonti, que en el libro 5.º, década 5.ª, de su Storia Patria, hace de él más larga mención, lo nombra uno, éste, aquél, este hombre, aquel personaje. Referiré, dice en su elegante latín, del cual traducimos este fragmento del mejor modo posible, la aventura de un hombre que, ocupando el primer lugar entre los grandes de la ciudad, había establecido su morada en un despoblado, situado en los confines del territorio; y en dicho paraje, asegurándose la impunidad á fuerza de crímenes, nada le importaban las sentencias, los jueces, la magistratura entera, ni la soberanía. Llevaba una vida en todo y por todo independiente; daba asilo á los frígidos, habiéndolo él sido también, después absuelto de la sentencia que había pesado sobre él, como si nada hubiese... Tomaremos de este escritor algún otro pasaje que venga á propósito para confirmar y esclarecer la relación del autor de nuestro anónimo, con el cual seguimos adelante.