—Es un paso y no lo es, reverendísimo padre; es una cosa natural, ordinaria; que si no se pone un pronto y eficaz remedio, preveo una multitud de desórdenes, una ilíada de desgracias. Un disparate... no creeré que mi sobrino... yo estoy aquí para impedirlo... Mas al punto á que ha llegado el negocio, si entre ambos no le damos un corte bueno, sin pérdida de tiempo, no es posible detenerle, que permanezca en secreto... y entonces no será tan solo mi sobrino... Nosotros seremos los que irritemos el avispero, muy reverendo padre. Vos mismo lo veis; pertenecemos á una gran casa, estamos enlazados con familias...

—Ilustres.

—Ya me entendéis: toda gente que tiene sangre en las venas, y que en este mundo... valen alguna cosa. Se resiente el pundonor, llega á hacerse un asunto común; y entonces... aun el que es amigo de la paz... ¡Sería un verdadero quebranto para mí, de tener... de encontrarme... yo que siempre he profesado una tan grande inclinación á los padres capuchinos! Vuestros padres para hacer bien, como lo hacen con tanta edificación de las gentes, necesitan tranquilidad, no tener contiendas, estar en buena armonía con los que... y además, tienen parientes en el siglo... y estos asuntillos de pundonor, por poco que duren, se extienden, se ramifican, y hacen entrar á... medio mundo. Yo tengo este dichoso cargo, que me obliga á sostener un cierto decoro... su excelencia... mis señores colegas... todo viene á hacerse como asunto de corporación... sobre todo con aquella otra circunstancia... Vos ya sabéis cómo van esta especie de cosas.

—Es cierto, dijo el provincial, que el padre Cristóbal es predicador, y tenía ya algún pensamiento... Justamente se me ha pedido... Pero en este momento, en tales circunstancias, podría parecer un castigo; y un castigo antes de haber puesto bien en claro...

—No, castigo no; una precaución prudente, un remedio de conveniencia común, para impedir las desgracias que podrían... Vamos, me he explicado lo bastante.

—Entre el señor conde y yo, la cosa no pasa de ahí; lo comprendo: pero siendo el hecho del modo que se ha referido á vuestra magnificencia, es imposible, á mi parecer, que no se haya traslucido algo en el país. Por todas partes existen gentes que atizan las discordias, que incitan al mal, ó á lo menos malignos ociosos que tienen un exquisito gusto en ver á los señores y á los religiosos en las prisiones; y olfatean, interpretan á su gusto, charlan... Cada uno tiene que conservar su decoro; y además yo, como superior (indigno sin duda), tengo un deber expreso... El honor del hábito... no es cosa mía... es un depósito del cual... Puesto que vuestro señor sobrino está tan alterado, como dice vuestra magnificencia, podría tomar la cosa como una satisfacción que se le da y... no digo vanagloriarse, triunfar, sino...

—¿Os chanceáis, reverendo padre? Mi sobrino es un caballero que está considerado en el mundo... según su rango, y como es debido; pero comparado conmigo es un niño, que no hará más ni menos de lo que yo le prescriba. Os diré más; mi sobrino nada sabrá. ¿Qué necesidad tenemos de darle cuentas? Éstas son cosas que hacemos aquí para entre nos, como buenos amigos, y que de nosotros no han de pasar. Esto no os debe causar inquietud alguna. Ya comprenderéis que debo estar acostumbrado á callar. Después de pronunciadas las anteriores palabras, dió su acostumbrado soplo y continuó: “Tocante á los charlatanes, ¿qué queréis que digan? ¡Un religioso que va á predicar á otro país, es una cosa muy natural! Y después, nosotros que vemos... que tenemos previsión... que nos corresponde... no debemos hacer caso de semejantes habladurías”.

—Sin embargo, con el objeto de prevenirlas, sería bueno que en esta ocasión, su señor sobrino hiciese una manifestación, diese alguna señal visible de amistad, de deferencia, no por nosotros, sino por el hábito.

—Seguramente, seguramente; es muy justo... pero no hay necesidad: sé que los capuchinos son siempre acogidos por mi sobrino como deben serlo: lo hace por inclinación; es un instinto de familia; y después sabe que así me complace. Por lo demás, en este caso... alguna cosa de extraordinario... es muy justo. Dejadme hacer, reverendísimo padre, mandaré á mi sobrino... es decir, será preciso insinuárselo con prudencia, á fin de que no trasluzca nada de lo que ha pasado entre nosotros, pues no quisiera que pusiéramos emplasto donde no hay herida. Con respecto á lo que hemos convenido, cuanto más pronto se haga, será mejor; y si se encontrase un nicho un poco lejos... para quitar toda ocasión...

—Precisamente me piden un predicador para Rímini, y quizás aun, sin otro motivo, hubiera dispuesto...