—No, pobre niña, no. Creo además que la Santa Virgen habrá agradecido la intención de vuestra alma afligida, ofreciéndola á Dios en lugar vuestro. Mas decidme, ¿no habéis pedido parecer á nadie?

—No pensé que obraba mal para confesarme de ello; y lo poco bien que uno pueda obrar, es sabido que no es conveniente vociferarlo.

—¿No tenéis ningún otro motivo que os impida cumplir la promesa hecha á Renzo?

—En cuanto á esto... por lo que á mí toca... ¿qué motivo?... Yo no podré decir... nada más, respondió Lucía, con cierta vacilación, que anunciaba sólo una incertidumbre en su pensamiento; y su rostro, descolorido aún por la enfermedad, se cubrió de repente del más vivo sonrosado.

—¿Creéis, replicó el anciano con los ojos bajos, que Dios ha concedido á su Iglesia la autoridad de redimir y condenar, según que pueda resultar de ello un bien mucho mayor, las deudas y obligaciones que los hombres puedan haber contraído con él?

—Sí, lo creo.

—Tened, pues, entendido, que encargados de las almas en este lugar, estamos revestidos de los más amplios poderes para los que recurran á nosotros; y en su consecuencia puedo, si lo pedís, relevaros de todas las obligaciones que hayáis contraído por medio del voto hecho.

—¿Pero no es cometer un pecado el desdecirse y arrepentirse de una promesa hecha á la Virgen? Yo la he hecho de todo corazón... dijo Lucía violentamente agitada y asaltada de una (bueno será que lo digamos) de una esperanza impensada, redoblando la oposición de un error fortalecido por todos los pensamientos que constituían hacía ya mucho tiempo la principal ocupación de su espíritu.

—¡Pecado, hija mía!, dijo el fraile: ¡pecado el recurrir á la Iglesia y pedir á su ministro que haga uso de la autoridad con que le ha facultado, y que ella ha recibido de Dios! He visto que habéis sido hechos para estar reunidos; y á la verdad, si alguna vez ha podido parecerme que dos almas hubiesen podido ser unidas por Dios, éstas son las vuestras. En la actualidad, no veo por qué Dios querría separaros; y yo le bendigo, aunque indigno, por haberme concedido el poder de hablar en su nombre y de devolveros vuestra palabra. Si me pedís que os declare relevada de vuestro voto, no vacilaré en hacerlo, y aun deseo que me lo pidáis.

—Entonces... si es así... os lo suplico, dijo Lucía con un semblante que no aparecía turbado más que por el pudor.