—¡Y bien, Lucía!, ¡de cuántas angustias os ha librado el Señor! ¡Debéis ser bien dichosa de haber confiado siempre en él!

—¡Oh!, sí; pero, ¿y vos, padre mío? ¡Pobre sacerdote! ¡Cuán cambiado estáis!, ¿cómo os sentís?, decidme, ¿cómo os sentís de salud?

—Como Dios quiere, y como por su gracia también quiero yo, respondió el fraile con sereno rostro. Dichas las anteriores palabras, la llamó aparte, y añadió: “Escuchad, yo no puedo permanecer aquí más que breves instantes: ¿estáis dispuesta á confiaros á mí como en otro tiempo?”.

—¡Oh!, ¿no sois siempre mi padre?

—Pues bien, hija mía, decidme: ¿qué voto es ése del cual me ha hablado Renzo?

—Es una promesa que he hecho á la Madonna de no casarme jamás.

—Mas, ¿no reflexionasteis que ibais á ligaros por medio de un juramento?

—Como se trataba del Señor y de la Madonna... no he reflexionado.

—El Señor, hija mía, agradece los sacrificios y ofrecimientos cuando los hacemos por nuestro propio bien: lo que él quiere es el corazón, la voluntad; pero vos no podíais ofrecer la voluntad de otro hacia quien estabais obligada.

—¿He obrado mal, por ventura?