—Dime, ¿está muy lejos de aquí?

—¡Oh!, no: á pocos pasos de la iglesia.

—Espérame aquí un momento, dijo el fraile, y después nos iremos juntos.

—Queréis decir que le haréis comprender...

—No lo sé, hijo mío; es preciso que oiga lo que me diga.

—Comprendo, contestó Renzo, y permaneció con la vista fija en el suelo, y los brazos cruzados sobre el pecho, tascando con impaciencia su incertidumbre, que había quedado en pie. El fraile fué de nuevo en busca del padre Víctor, rogó que le supliera de nuevo un poco más, entró en su cabaña, salió con una espuerta debajo del brazo, volvió por Renzo, y le dijo: “Vamos”, y marchó delante de él, encaminándose á la cabaña, donde poco antes habían entrado juntos. Esta vez entró solo, y después de un momento apareció diciendo: “¡Nada!, roguemos, roguemos por él”. Luego repuso: “Ahora guíame”.

Y sin añadir una sola palabra más, se pusieron en camino.

El tiempo se había ido oscureciendo cada vez más, y anunciaba una próxima é inminente tempestad. Rápidos relámpagos, hendiendo la oscuridad siempre creciente, alumbraban con un fulgor instantáneo los prolongados techos y las arcadas de los pórticos, la cúpula de la capilla y los humildes remates de las cabañas; por último, el repetido estruendo del trueno recorría, formando con su resplandor espantosas culebrillas, de una región del cielo á otra. El joven marchaba el primero, atento al camino, con una grande impaciencia por llegar, pudiendo apenas aflojar el paso para medirlo á las fuerzas del que le seguía, el cual medio muerto de fatiga, abrumado por el mal, oprimido por el desfallecimiento, andaba penosamente, elevando, de vez en cuando, al cielo su marchito semblante, como para poder respirar con más libertad.

Cuando Renzo hubo llegado delante de la cabaña se detuvo, volvió atrás su vista, y con trémulo acento dijo: “Aquí es”.

Entran; y... “Míralos”, exclama la mujer que yacía en el lecho. Lucía se vuelve, se levanta con precipitación, y corre al encuentro del anciano gritando: “¡Oh, qué veo, padre Cristóbal!”.