Era una rica mercadera que contaría apenas unos treinta años. En el espacio de algunos días había visto morir en su casa al marido y á todos los hijos; de allí á poco, atacada también ella de la peste, había sido conducida al lazareto y colocada en aquella miserable cabaña, al tiempo que Lucía, después de haber superado sin apercibirse la furia del mal, y mudado igualmente sin notarlo varias veces de compañía, empezaba á mejorar y recobrar el conocimiento que había casi perdido desde el primer acceso de la enfermedad en la misma casa de D. Ferrante. La humilde cabaña no podía contener más que dos personas; y entre estas dos mujeres afligidas, abandonadas, solas en medio de tan inmensa multitud, había nacido á un mismo tiempo una intimidad, una afección, que apenas hubiera podido tener lugar habiendo vivido juntas largo tiempo. Bien pronto Lucía se vió en estado de cuidar á su compañera, que estuvo á las puertas de la muerte. Al presente, que se hallaba ya fuera de peligro, se hacían compañía, se velaban y animaban recíprocamente, habiéndose prometido una á otra que no saldrían más que juntas del lazareto, como también habían tomado varias medidas para no separarse después de su salida. La mercadera, que había dejado bajo la custodia de un hermano, comisario de sanidad, su casa, almacén y caja, todo ello muy bien provisto, iba á encontrarse sola y triste dueña de mucho más de lo que necesitaba para vivir cómodamente: por lo tanto, quería llevarse consigo á Lucía, y mirarla como á una hija ó hermana. Ésta se había adherido á dicho pensamiento; ¡imagínese con qué gratitud hacia su amiga y para con la Providencia!, pero únicamente hasta tanto que tuviese noticias de su madre, y saber, como lo esperaba, su voluntad. Por lo demás, como era tan reservada, no había dicho una palabra de su promesa de casamiento, ni de sus extraordinarias aventuras. Pero en la actualidad, en medio de su grande agitación, tenía á lo menos tanta necesidad de aliviarse de su terrible peso, como la otra deseos de enterarse; por lo cual, estrechando entre sus dos manos la derecha de su amiga, se puso en seguida á satisfacer á su demanda, sin otra detención más que los sollozos, que por intervalos interrumpían el uso de su palabra.
Entretanto Renzo se dirigía apresuradamente al encuentro del buen fraile. Con un poco de atención, y no sin algunos pasos perdidos, consiguió llegar al fin. Encontró la cabaña; pero no al digno fraile en ella: mas buscando y dando vueltas á los alrededores, lo divisó en una barraca, que inclinado hasta el suelo y casi de bruces, estaba administrando sus deberes á un moribundo. Renzo se detuvo y esperó silenciosamente. Poco después vió que cerraba los ojos á aquel infeliz, arrodillarse en seguida y orar un momento, y luego levantarse. Entonces Renzo echó á andar y le salió al encuentro.
—¡Oh!, dijo el fraile al verle: ¿qué hay?
—Existe; la he hallado.
—¿En qué estado?
—Curada, ó á lo menos levantada.
—¡El Señor sea loado!
—Pero..., dijo Renzo cuando estuvo cerca del capuchino, para poderle hablar en voz baja. Hay otra dificultad.
—¿Cómo?
—Quiero decir que... Ya sabéis cuán buena es la pobre joven; mas algunas veces es un poco testaruda. Después de tantas promesas, después de lo que ignoráis, sale ahora con que no quiere casarse conmigo, porque dice... qué sé yo... que en aquella noche que tuvo tanto miedo perdió la cabeza, y se... como si dijéramos, se prometió á la Madonna. Éstas son cosas que nada significan, ¿no es verdad? Cosas buenas para quien sabe y tiene medio de hacerlas; pero, ¡para nosotros, gente ordinaria, que no sabemos cómo deben hacerse!... ¿es cierto que no valen?