—Y vuestra madre, esa pobre Inés, que tanto me ha querido siempre, que tan ansiosa estaba de vernos casados, ¿no os ha dicho también que vuestra promesa era muy insensata; ella, que os ha hecho entender la razón en otras ocasiones, porque en ciertas cosas piensa más juiciosamente que vos?...
—¡Mi madre!, ¡queréis que mi madre me haya aconsejado el faltar á mi voto! ¡Renzo!, ¿estáis en vuestro juicio?
—¡Oh!, ¿queréis que os lo diga? Vosotras las mujeres no podéis saber estas cosas. El padre Cristóbal me ha dicho que vuelva á verle, con el fin de participarle si os he encontrado ó no. Voy allá; veremos, pues, lo que él dice.
—Sí, sí; id á encontrar á ese santo hombre; decidle que ruego por él, y que lo haga á su vez por mí; ¡pues tengo tanta necesidad de ello! Pero por el amor de Dios, por la salvación de vuestra alma y de la mía, no vengáis más aquí á causarme daño, á... tentarme. El padre Cristóbal os lo sabrá explicar todo, y haceros volver en vos, restituyendo la paz en vuestro corazón.
—¡La paz en mi corazón! ¡Oh, quitaos esto de la cabeza! Esta palabrota ya me la habéis hecho escribir una vez; sé lo que me ha hecho también padecer; y al presente tenéis todavía valor de decírmela. Pues bien, yo os declaro lisa y llanamente que jamás tendré paz en mi corazón. Queréis olvidaros de mí, y yo no de vos; y os aseguro que si me hacéis perder la razón, no volveré á recobrarla ya nunca más. Mandaré al diablo el oficio y la buena conducta; ya que tenéis gusto en que viva rabiando toda mi vida, será como deseáis... ¡Y aquel desgraciado! Dios sabe si lo he perdonado de corazón; pero vos... ¿queréis hacerme pensar por ventura que él no era el que?... ¡Lucía, me habéis dicho que os olvide! ¡Olvidaros yo! ¿Y cómo hacerlo?, ¿en quién creéis que yo haya pensado en todo este tiempo? ¡Y después de tantas cosas, después de tantas promesas! ¿Pero qué os he hecho yo desde que nos separamos? ¿Me tratáis así porque he padecido, porque he tenido una multitud de desgracias, porque todo el mundo me ha perseguido, porque he pasado tanto tiempo fuera de mi casa, triste y lejos de vos, porque desde el momento en que me ha sido posible he venido á buscaros?
Cuando el llanto permitió hablar á Lucía, exclamó juntando de nuevo las manos, y elevando al cielo sus ojos preñados de lágrimas: “¡Virgen Santísima, favorecedme! Vos sabéis que después de aquella terrible noche, no he pasado un momento más cruel que éste. ¡Vos que me socorristeis entonces, prestadme también ahora vuestra ayuda!”.
—Sí, Lucía, hacéis bien en invocar á la Madonna; mas, ¿por qué queréis creer que ella tan buena, siendo como es, madre de misericordia, pueda complacerse en hacernos sufrir... á mí á lo menos... por una palabra que se os ha escapado en un momento en que no sabíais lo que os decíais? ¿Podéis imaginar que os socorriera entonces para dejaros después metida en un berenjenal?... Si por el contrario, todo esto no es más que una excusa, si es que he llegado á seros odioso... decídmelo... hablad francamente.
—Por piedad, Renzo, por piedad; acabad, acabad; no me hagáis morir: éste no sería el momento más á propósito. Id á ver al padre Cristóbal; recomendadme á él: no volváis más, no volváis más aquí.
—Voy; ¡pero creéis que yo no vuelva! Pues volveré aun cuando fuese al fin del mundo; sí, volveré. Y dicho esto desapareció.
Lucía fué á sentarse, ó más bien se dejó caer en el suelo junto al lecho, y descansando sobre él su cabeza, continuó llorando amargamente. La mujer que hasta entonces había permanecido con los ojos abiertos y el oído atento, sin respirar, preguntó qué aparición, qué debates, qué llantos eran aquéllos. Pero el lector quizás pregunte también por su parte, quién era dicha mujer; mas para satisfacerle, vamos á decírselo en pocas palabras.