—¡Oh, Virgen Santísima!

—Bien; poco más. Ya podréis juzgar si habremos hablado de vos. ¡Me ha dicho tantas cosas!... ¡Y si supieseis lo que me ha hecho ver! Ya lo sabréis; mas ahora quiero empezar por repetiros lo que él mismo con su propia boca me ha dicho. En primer lugar ha sido de su aprobación el que venga á buscaros, diciéndome que el Señor quiere que un joven obre de este modo; y que él me ayudaría á encontraros, como así ha sido. En fin, es un santo. Por lo tanto, ya lo veis.

—Pero si él ha dicho esto, es porque no sabe...

—¿Y cómo queréis que sepa las cosas que habéis hecho por vuestro antojo, sin juicio y sin el parecer de nadie? Un hombre excelente, una persona de sentido como él, no va á pensar semejantes cosas. Pero lo que él me ha hecho ver... Y le refirió su visita á la cabaña. Aunque los sentidos y el espíritu de Lucía estuviesen familiarizados en aquella mansión con las más fuertes impresiones, estaba, sin embargo, sobrecogida de horror y de compasión.

—Y en dicha cabaña, prosiguió Renzo, habló también como un oráculo. Ha dicho que el Señor ha resuelto quizás perdonar á ese infortunado... (al presente no puede darle otro nombre)... que él espera cogerle en un momento favorable; pero quiere al mismo tiempo que nosotros dos juntos roguemos por él... ¡Juntos!, ¿habéis comprendido?

—Sí, sí, rogaremos cada uno donde el Señor disponga que nos hallemos; él sabe unir las oraciones.

—Pero ¡si os digo sus palabras!...

—Mas, Renzo, él no sabe...

—¿Pero no comprendéis que es un santo cuando habla, y que el Señor es también el que le hace hablar?, y que no lo hubiera verificado si esto no debiese ser justamente así... ¿Y el alma de ese desgraciado? Yo he rogado ya y rogaré por él; lo he hecho de todo corazón, lo mismo que si hubiese sido hermano mío. Mas ¿cómo queréis que esté en el otro mundo el infeliz, si en éste no se arregla alguna cosa, y no se reparan en cierto modo los males que él ha causado? Si vos os dais á razón, entonces todo será como antes: lo que ha sucedido no tiene remedio: él lo ha pagado aquí.

—No, Renzo, no: el Señor no quiere que obremos mal con el fin de excitar su misericordia. Dejad ese infeliz á su cuidado: por lo que á nosotros hace, nuestro deber es rogar por él. Si hubiese muerto en aquella fatal noche, entonces Dios no hubiera podido perdonarte; ¿y si aún existo, si he sido salvada?...