—¿Cómo?

—Está aquí.

—¡Aquí!, ¿dónde?, ¿cómo lo sabéis?

—Le he hablado pocos momentos hace; he permanecido en su compañía largo rato; y un religioso tal como él me parece...

—¡Está aquí!, seguramente para asistir á los enfermos; mas decidme: ¿ha tenido la peste?

—¡Ah, Lucía! Temo, temo demasiado que... Y mientras que Renzo vacilaba en pronunciar una palabra tan dolorosa para él, y que debía también serlo tanto para Lucía, ésta se había separado de nuevo del lecho, y se aproximaba á Renzo.—¡Temo que la tenga ya encima!

—¡Oh, infeliz y santo hombre! ¿Pero qué digo? ¡Pobre hombre! ¡Desgraciados de nosotros! ¿Y cómo está?, ¿guarda cama?, ¿está bien asistido?

—Está levantado, anda, asiste á los demás; pero, ¡si lo vierais, qué color, con qué dificultad se sostiene! He visto tantos y tantos, que desgraciadamente... no se puede uno engañar.

—¡Oh, pobres de nosotros! ¿Y se halla precisamente aquí?

—Sí, y muy cerca: poco más que de mi casa á la vuestra... si os acordáis.