—¡Oh, Dios mío! ¿Qué estáis diciendo?, ¿dónde os habéis metido todo este tiempo?, ¿con quién os habéis acompañado?, ¿qué modo de hablar es éste?
—Hablo como buen cristiano: hago más favor á la Madonna que vos, porque creo que ella no quiere que se le hagan promesas en perjuicio del prójimo. ¡Si la Madonna lo hubiese dispuesto! ¡Oh!, entonces... Pero esto no ha sido más que una idea vuestra. ¿Sabéis lo que es necesario prometer á la Madonna? Prometed que daremos el nombre de María á la primera hija que tengamos: yo me hallo aquí para prometerlo también: éstas son cosas que honran mucho más á la Madonna; éstas son las devociones que tienen mucho más sentido común, y no son en perjuicio de tercero.
—No, no; no penséis de este modo: no sabéis lo que os decís; ignoráis lo que es hacer un voto; no estáis en este caso; no lo habéis experimentado. ¡Marchaos, marchaos, por amor de Dios!
Y se apartó impetuosamente de él, dirigiéndose hacia el lecho.
—¡Lucía, dijo Renzo sin moverse; decidme á lo menos, decidme, ¿si no fuese por esa causa... seriáis la misma para mí?
—¡Hombre sin corazón!, respondió Lucía, conteniendo apenas sus lágrimas; ¡cuando me habréis hecho decir palabras inútiles, palabras que me harán daño, palabras que acaso serán pecados, estaréis contento! ¡Partid! ¡oh, partid!, ¡olvidadme!, ¡se conoce que no estábamos destinados el uno para el otro! Arriba nos volveremos á ver: poco me resta que estar en este mundo. Partid; procurad hacer saber á mi madre que estoy curada, que también aquí Dios me ha asistido siempre, que he encontrado una buena alma, esta digna señora que me sirve de madre; decidle que confío que ella habrá sido preservada del contagio, y que nos veremos, cuando y como Dios quiera. ¡Marchad por el amor del cielo! y no penséis en mí... sino cuando rogareis al Señor.
Y como quien no tiene otra cosa que decir ni quiere oir nada más, como el que desea sustraerse á un peligro, se aproximó todavía más al lecho en donde yacía la mujer de quien había hablado.
—¡Escuchad, Lucía, escuchad!, dijo Renzo, no acercándose, sin embargo, más.
—No, no; ¡idos, por caridad!
—Escuchad: el padre Cristóbal...