—¡Ah! ¡Qué decís, qué decís! ¿No os ha escrito mi madre?...
—Sí; demasiado me ha escrito; ¡bonitas cosas en efecto ha escrito á un infeliz afligido y fugitivo, á un joven que jamás os había hecho daño alguno!
—¡Pero Renzo, Renzo! Pues que sabéis... ¿por qué venir, por qué?
—¡Por qué venir, Lucía; por qué venir!, decís. ¡Después de tantas promesas! ¿Es que nosotros no somos ya los mismos?, ¿ellas no os recuerdan nada? ¿Qué faltaba, pues?
—¡Oh, Señor!, exclamó dolorosamente Lucía, juntando las manos y elevando los ojos al cielo: ¡por qué no me habéis dispensado la gracia de llevarme con vos!... ¡Oh, Renzo!, ¿qué habéis hecho? ¡Ay de mí! Ahora que empezaba á tener la esperanza... de que con el tiempo... hubiera echado de mi memoria...
—¡Magnífica esperanza!, ¡hermosas cosas para decirme cara á cara!
—¡Ah! ¿Qué habéis hecho?, ¡y en este lugar!, ¡en medio de estas escenas, de tantas miserias! Aquí en donde no se hace más que morir, habéis podido...
—Es preciso rogar á Dios por los que mueren y confiar que irán á un buen lugar; pero no es justo, por lo mismo, que los que viven lo hagan desesperadamente...
—Pero, ¡Renzo, Renzo!, no reflexionáis lo que decís: ¡una promesa á la Madonna!... ¡un voto!
—Y yo os digo que tales promesas nada valen.