Renzo comprendió al instante por quién se le había tomado, y que la campanilla era la causa de la equivocación. Llamóse imbécil por haber pensado únicamente en los obstáculos que dicha insignia podía evitarle, y no en los que sería posible que le suscitase; pero al mismo tiempo trató de salir de semejante apuro. Se apresuró de contestar al mencionado comisario, haciéndole con la cabeza una señal afirmativa, como para darle á entender que lo había comprendido y que obedecía; después de lo cual se ocultó de su vista con la mayor prontitud, metiéndose entre las cabañas.

Cuando creyó estar bastante lejos, reflexionó en librarse también de lo que había motivado el pasado escándalo; y para ejecutar dicha operación sin ser observado, se introdujo en un pequeño espacio que había entre dos cabañas, á las cuales se podía dar la vuelta alrededor. Se inclinó para quitarse la campanilla, y estando en esta postura, con la cabeza apoyada contra la pared de paja de una de las cabañas, llega á sus oídos una voz... ¡Oh, Dios mío! ¿es posible? Presta atención, y toda su alma pende en este momento de su oído; él respira apenas... ¡Sí, sí, ésta es la voz y!... “¡Miedo!, ¿de qué?, decía con dulzura la misma voz; lo que hemos pasado no ha sido más que una tempestad; el que ha mirado por nosotros hasta aquí, lo hará también en adelante”.

Renzo no arrojó siquiera un solo grito, no por temor de que le descubrieran, sino porque le faltó el aliento. Sus rodillas se doblaron, su vista se turbó; pero esto no fué más que en el primer momento; al segundo estaba ya en pie más ágil, más vigoroso que antes. En tres saltos dió vuelta á la cabaña, se presentó á la puerta, vió á la que había hablado, la divisó de pie inclinada sobre un miserable lecho. Ella se vuelve al ruido: mira; cree engañarse, delirar, soñar; mira con más atención, y exclama: “¡Oh; Señor, bendito seáis!”.

—¡Lucía! ¡Ya os he encontrado!, ¡os encuentro!, ¡sois vos misma!, ¡vivís!, gritó Renzo avanzando todo trémulo.

—¡Oh, Señor!, replicó Lucía, mucho más trémula. ¡Vos aquí! ¿Como?, ¿por qué?... ¡La peste!...

—La he tenido: ¿y vos?

—¡Ah!, yo también; ¿y mi madre?

—Aún no la he visto, porque está en Pasturo; sin embargo, creo que sigue bien. ¡Pero vos!... ¡todavía estáis padeciendo! ¡Parece que seguís débil! Con todo, estáis curada; lo estáis; ¿no es cierto?...

—El Señor ha dispuesto dejarme en el mundo. ¡Ah, Renzo!, ¿por qué habéis venido?

—¿Por qué?, repuso Renzo, acercándose más á ella: ¡me preguntáis por qué he venido! ¿Es necesario que yo os lo diga? ¿Por ventura no me llamo ya Renzo? ¿No sois vos Lucía?