Dió vueltas y más vueltas con el fin de llegar y colocarse detrás de todo el auditorio según se le había prevenido. Por último habiéndolo conseguido, lo recorrió todo con la vista y no distinguió más que una multitud, ó mejor diremos un enlosado de cabezas. En el centro había cierto número cubiertas con pañuelos ó velos; hacia dicho lado fué donde fijó con más atención sus miradas; pero no llegando á descubrir nada de particular, las dirigió también hacia donde todos las tenían fijas. Sintióse sobrecogido de emoción y respeto á la vista del venerable aspecto del sagrado orador, y con toda la atención que podía quedarle en su actual situación y en aquel momento de incertidumbre terrible, oyó la siguiente parte del solemne sermón:

“Concedamos un recuerdo, á lo menos á tantos millares de seres que han entrado allí”; y con el dedo levantado señalaba la puerta que conducía al cementerio llamado de S. Gregorio, que entonces no era más que una sola y vasta fosa: “Echemos una ojeada en torno de los muchos que aquí quedan, demasiado inciertos del sitio donde irán á parar; lancemos una mirada sobre nosotros mismos, reducidos á un número tan escaso. ¡Bendito sea el Señor! ¡bendito sea en su justicia, bendito en su misericordia, en la muerte, en la vida! ¡Bendito sea por la elección que ha querido hacer de nosotros! ¡Oh! ¿Por qué lo ha querido, hijos míos, sino para reservarse un pequeño pueblo corregido por la aflicción y fortalecido por el reconocimiento; sino porque reflexionando al presente más vivamente que la vida es un don suyo, prestemos la estimación que merece una cosa dada por él, empleándola en acciones ú obras que sean dignas de ofrecérsele; sino á fin de que la memoria de nuestros padecimientos nos vuelvan compasivos y nos inspiren deseos de socorrer á nuestro prójimo? Entretanto, esos en cuya compañía hemos sufrido, esperado y temido; entre los cuales dejamos amigos y parientes, y que últimamente todos son hermanos nuestros; esos, repito, al veros pasar por medio de ellos, mientras que recibirán quizás algún alivio pensando que otros salen de aquí con vida, ven al propio tiempo la edificación de nuestro continente. No permita Dios que puedan descubrir en nosotros una alegría estrepitosa, una alegría mundana por haber escapado de la muerte, con la cual ellos luchan, todavía. Que vean que partimos dando gracias al cielo por nosotros, y rogando por ellos, y que puedan decir: ¡Aun fuera de este lugar, ellos se acordarán de nosotros, y continuarán rogando por los desgraciados! Empecemos desde este viaje, desde estos primeros pasos que vamos á dar, una vida enteramente llena de caridad. Que los que hayan recobrado su antiguo vigor, presten un brazo fraternal á los débiles: ¡jóvenes, sostened á los ancianos! ¡Vosotros los que habéis quedado sin hijos, ved á vuestro alrededor cuántos hijos han quedado sin padres! ¡Sedlo para ellos! Y esta caridad, redimiendo vuestros pecados, endulzará también vuestros dolores”.

En esto, un sordo murmullo de gemidos y sollozos que iba cada vez más en aumento entre el auditorio, fué suspendido de repente viendo al predicador ponerse una cuerda al cuello y caer de rodillas. Se aguardó con el mayor silencio lo que iba á decir.

—Por mí, dijo, y por todos mis compañeros, que desprovistos de todo mérito hemos tenido el privilegio de ser escogidos para servir á Cristo en vuestras personas, os pido humildemente perdón si no hemos llenado dignamente un tan grande ministerio. Si la pereza, si la indocilidad de la carne nos ha vuelto menos atentos á vuestras necesidades, menos prontos á vuestros llamamientos; si una injusta impaciencia, si un culpable tedio nos ha hecho que os mostremos un semblante enojado y severo; si alguna vez el miserable pensamiento de que vosotros nos necesitabais, nos ha llevado á no trataros con toda aquella humanidad que se requería; si nuestra fragilidad nos ha hecho cometer alguna acción que os haya escandalizado, perdonadnos. Así Dios perdone vuestras ofensas y os bendiga. Y habiendo hecho sobre el auditorio la señal de la cruz, se levantó.

Hemos podido referir, si no las precisas palabras, á lo menos el sentido, el tema de las que profirió exactamente; pero el acento con que fueron dichas, no es posible describirlo. Era el acento de un hombre que llamaba privilegio el de servir á los atacados de la peste, porque por tal lo tenía; que confesaba que sentía no haberlo ejercido dignamente; que pedía perdón porque estaba persuadido que tenía necesidad de él. Pero la multitud, que había visto á su alrededor aquellos capuchinos sólo ocupados en servirla; que habían presenciado la muerte de tan gran número, y éste que hablaba en nombre de todos, siempre el primero tanto en la fatiga como en la autoridad, á no ser cuando había estado á punto de morir, ¡calcúlese con qué sollozos, con qué lágrimas contestarían á semejantes palabras! El admirable fraile tomó en seguida una cruz que estaba apoyada á una pilastra; la levantó colocándosela delante de sí; dejó las sandalias junto al pórtico exterior, bajó la escalinata; y hendiendo la multitud, que se apartó respetuosamente para dejarle libre el paso, fué á ponerse á la cabeza.

Renzo, todo lloroso, ni más ni menos que si hubiera sido uno de aquellos á quienes habían pedido tan singular perdón, se separó un poco más, yendo á colocarse al lado de una cabaña. Allí estuvo esperando, medio oculto, con el cuerpo hacia atrás, la cabeza para adelante, los ojos muy abiertos, con una gran palpitación de corazón; pero al mismo tiempo con una nueva y particular confianza, nacida, á mi parecer, del enternecimiento que le había inspirado el sermón y el espectáculo de la emoción general.

Y ve ahí llegar el padre Félix, descalzo, con la cuerda al cuello, llevando aquella pesada cruz; su rostro pálido y descarnado respiraba á la vez compunción y valor; avanzaba á pasos lentos, pero resueltos como el que quiere economizar la debilidad de los demás, y en todo como un hombre á quien dichas fatigas y trabajos exorbitantes prestaban fuerzas para sostener las faenas tan numerosas de su cargo. Seguían inmediatamente los niños más crecidos, descalzos la mayor parte, muy pocos del todo vestidos, y algunos hasta en camisa. Venían en seguida las mujeres, llevando casi todas una niña de la mano, y cantando alternativamente el Miserere: el sonido apagado de sus voces, la palidez y el aire lánguido de sus rostros habrían llenado de compasión á cualquiera que se hubiese encontrado allí como simple espectador. Pero Renzo miraba, examinaba de fila en fila, de semblante en semblante; sin dejar escapar uno tan solo, pues la marcha lenta de la procesión se lo permitía fácilmente. Pasa y repasa, mira y remira, pero siempre inútilmente. Lanza una última mirada hacia la muchedumbre que quedaba todavía atrás, y que iba disminuyendo sin cesar; ya no restan más que algunas filas; he aquí la postrera; todas han pasado: no ha visto más que caras desconocidas. Con los brazos colgando y la cabeza inclinada sobre un hombro, acompañó con la vista aquella comitiva, mientras pasa la de los hombres. Una nueva atención, una nueva esperanza nace en su alma viendo aparecer después de éstos, algunos carros que conducían á los convalecientes que aún no se hallaban en estado de poder andar. Allí las mujeres venían las últimas; y el tren iba tan despacio, que Renzo pudo igualmente examinarlas á todas sin que se le escapase ninguna. ¡Pero qué!, examina el primer carro, el segundo, el tercero, y siempre con el mismo éxito, hasta llegar al último, detrás del cual marchaba un capuchino de severo aspecto y con un bastón en la mano, como regulador de la comitiva. Era aquel padre Miguel que hemos dicho haber sido dado al padre Félix por coadjutor.

Por lo tanto, Renzo debía renunciar á aquella última esperanza que, desvaneciéndose, no sólo le había arrebatado el valor que ella misma le inspiró, sino también, como de ordinario suele acontecer, le dejó en un estado peor que antes. Al presente, lo mejor que le podía suceder, era encontrar á Lucía atacada de la peste. Sin embargo, uniendo al ardor de una esperanza presente algo del temor creciente, el infeliz se asió con todas las fuerzas de su alma á este triste y débil hilo. Dirigióse, pues, hacia el paraje por donde la procesión había venido. Cuando estuvo al pie de la capilla, fué á ponerse de rodillas sobre el último escalón, y elevó á Dios una plegaria, ó por mejor decir, una mezcla de palabras sin ilación, de frases entrecortadas, de exclamaciones, instancias, lamentos, promesas; uno de esos discursos que no se dirigen á los hombres, porque no tienen bastante penetración para entenderlos, ni paciencia para escucharlos; porque carecen de la grandeza necesaria para experimentar compasión y desprecio.

Se levantó un poco más reanimado; dió vuelta á la capilla; se encontró en el otro lado del edificio que aún no había recorrido, y que salía á otra puerta, viendo á los pocos pasos la empalizada de la cual el padre Cristóbal le había hablado, pero cortada por varias partes, como éste verdaderamente le dijo; entró pues por una de dichas aberturas, y se halló dentro del sitio destinado á las mujeres. Á poco de haber andado, vió en el suelo una de aquellas campanillas que los monatti llevaban en los pies, la cual estaba intacta, no faltándole tampoco sus correspondientes correas. Le vino á la imaginación que dicho objeto podía servirle como de pasaporte; lo recogió, miró si alguien le observaba, y se lo ató según lo hacían los expresados monatti. En seguida empezó sus pesquisas, que por la sola multiplicidad de los objetos habrían de ser más penosas, aun cuando éstas hubieran sido muy diferentes de lo que eran. Comenzó á recorrer con la vista y contemplar á la vez nuevas escenas de dolor, parecidas algunas á las que ya había presenciado, y otras sumamente diversas. Bajo el peso de la misma calamidad, se veía aquí otro modo de padecer, ó mejor diremos, otro modo de languidecer, de quejarse, de soportar el dolor, de compadecerse y ayudarse mutuamente; era para el espectador otra piedad y otro horror.

Había andado ya largo trecho sin fruto y sin ningún accidente particular, cuando he aquí que oye detrás de sí un “¡eh!” que parecía serle dirigido. Se vuelve, y ve á cierta distancia á un comisario que levantaba las manos señalándole y gritando: “Dirigíos allí, á las habitaciones, pues hay necesidad de ayuda; aquí se ha concluido ahora de limpiar”.