La primera cosa que se veía al entrar, era un enfermo sentado sobre la paja, en el fondo; un enfermo que no estaba, sin embargo, de peligro, y que aún parecía próximo á la convalecencia, el cual, al ver al padre, sacudió la cabeza como en señal de negativa: el fraile también inclinó la suya, con ademán de tristeza y resignación. Entretanto Renzo, dirigiendo con inquieta curiosidad la vista á los demás objetos, vió á tres ó cuatro enfermos, divisando además uno en un rincón que yacía tendido sobre un colchón de pluma, envuelto en una sábana y abrigado con una capa de caballero á guisa de cobertor. Miróle fijamente, y reconociendo á D. Rodrigo, hizo ademán de retroceder; mas el fraile, haciéndole sentir de nuevo con fuerza la presión de la mano con la cual lo tenía cogido, le mostraba con la otra al individuo que estaba allí acostado. El infeliz permanecía inmóvil; sus ojos, espantosamente abiertos, nada veían; su rostro, pálido y cubierto de manchas lívidas; sus labios, negros é hinchados; en una palabra, hubiérase dicho que era el semblante de un cadáver, si una contracción violenta no hubiese revelado una vida tenaz. Veíase por intervalos levantársele el pecho con penosa respiración; su mano derecha, fuera de la capa, apretaba convulsivamente el corazón con sus dedos lívidos y negros en sus extremidades.
—¡Ya lo ves!, dijo el fraile en voz baja y solemne. Esto puede ser un castigo, acaso un acto de misericordia. La misma compasión que experimentes al presente por este hombre que te ha ofendido, Dios á quien también has colmado de ofensas, la tendrá de ti en su día. Bendícele, y sé bendecido. Cuatro días hace que está como le ves, sin dar ninguna señal de vida. ¡Quizás el Señor esté dispuesto á concederle una hora de arrepentimiento, pero él desearía que tú se la pidieses; acaso quiere también que se lo ruegues juntamente con nuestra pobre Lucía; puede ser que reserve dicha gracia á tu sola súplica, á los ruegos de un corazón afligido y resignado, quizás la salvación de este hombre y la tuya dependan ahora de ti, de un sentimiento de perdón por tu parte, de compasión... de amor!
Calló, y juntando las manos, inclinó la cabeza como en ademán de rezar, y Renzo hizo lo mismo.
Después de algunos instantes de permanecer en semejante actitud, se dejó oir el tercer toque de la campana. Levantáronse ambos á un mismo tiempo, y salieron. No hubo de una ni otra parte preguntas ni protestas de ningún género; sus semblantes eran los que hablaban.
—Ahora ve, repuso el fraile; ve preparado á hacer un sacrificio, como también á alabar á Dios, cualquiera que sea el éxito de tus pesquisas; después de lo cual ven á darme cuenta del resultado, los dos á una lo alabaremos.
Al acabar de decir esto, sin añadir una palabra más, se separaron; el uno se volvió por donde había venido, el otro se encaminó hacia la capilla que se hallaba situada á unos cien pasos de distancia de aquel paraje.
CAPÍTULO DECIMOCTAVO
¡Quién había de haber dicho á Renzo algunas horas antes que en medio de sus indagaciones, al empezar los momentos más dudosos y decisivos, su corazón se hallaría dividido entre Lucía y D. Rodrigo! Y sin embargo, así era: la figura de este último venía á mezclarse á todas las imágenes queridas y terribles que en tan fatal travesía la esperanza y el temor hacían nacer sucesivamente en su espíritu: las palabras que había oído junto á aquel lecho de dolores, se colocaban entre las crueles incertidumbres de que su alma se veía combatida, y no podía terminar una súplica por el feliz éxito de su empresa sin volver á reanudar la que había comenzado, cuando el sonido de la campana lo interrumpió.
La capilla de forma octógona que se ostenta, elevada sobre una pequeña escalinata en el centro del lazareto, era en su primitiva construcción abierta por todos lados sin otro sostén que un montón de pilastras ó columnas; en cada fachada un arco entre dos intercolumnios; por la parte interior daba vueltas un pórtico alrededor de la capilla, compuesta de ocho arcos correspondientes al número de sus fachadas, con su cúpula encima; de modo que el altar erigido en el centro podía ser visto desde las ventanas de todos los departamentos del recinto y también casi de todas partes del campo. Al presente, convertido dicho edificio para otros muy diferentes usos, han sido tapiados los vacíos de los arcos; pero habiendo quedado intacto el antiguo osario, indica claramente su anterior estado y su destino primitivo.
Apenas Renzo se había encaminado al sitio que acabamos de describir, cuando vió aparecer en el pórtico de la mencionada capilla al padre Félix, el cual se paró debajo del arco que mira á la ciudad, á cuyo frente se hallaba reunida la comitiva. Por el continente y ademanes que presentaba el santo varón á la distancia en que estaba Renzo, comprendió que había empezado á predicar.