—Sí, pero era un poderoso, uno de los...

—¡Silencio! gritó el fraile. ¿Crees tú que si hubiese habido alguna buena razón para disculpar semejante atentado, no la habría encontrado en el espacio de treinta años? ¡Ah, si pudiera ahora introducir en tu corazón el sentimiento que después he tenido siempre y que aún ahora tengo hacia el hombre que tanto aborrecí! ¡Si yo pudiera!... pero Dios lo puede todo: ¡que él lo haga!... Escucha, Renzo; el Señor te quiere más de lo que tú te quieres á ti mismo: tú has podido pensar en la venganza; pero él tiene bastante fuerza y suficiente misericordia para alejarte de ella; te concede una gracia, de la cual algunos no serían dignos. No ignoras, y tú mismo lo has dicho repetidas veces, que él puede detener la mano de un poderoso; mas es preciso que sepas también que puede parar la de un vengativo. Y porque eres pobre, porque te han ofendido, ¿crees que no puede defenderte de un hombre que ha criado á su semejanza? ¿Juzgas acaso que te dejará hacer todo lo que quieras? ¡No! ¿Pero sabes lo que él puede hacer? Puede aborrecerte y perderte; puede por ese mal pensamiento que te anima, alejar de ti toda bendición; porque de cualquier modo que vayan las cosas, sea cual fuere tu suerte, ten por seguro que todo será castigo, hasta que tú hayas perdonado de manera que no puedas volver á decir jamás: yo le perdono.

—Sí, sí, dijo Renzo, enteramente conmovido y confuso: comprendo que jamás lo había perdonado de veras; comprendo que he hablado como una bestia, y no como un cristiano; y ahora con el favor especial del Señor, sí; lo perdono de todo corazón.

—¿Y si le vieses?

—Rogaría á Dios que me diese paciencia y que tocase su corazón.

—Acuérdate que el Señor no nos ha dicho que perdonemos á nuestros enemigos, sino que los amemos. Recuerda que él los amó hasta morir por ellos.

—Es muy cierto.

—Pues bien, sígueme. Has dicho: lo encontraré; sí, lo encontrarás. Ven y verás contra quién podías conservar tu odio, á quién podías desear mal, á quién hacerlo, y contra qué vida querías atentar.

Después de esto cogió la mano de Renzo, y apretándola del mismo modo que hubiera podido hacerlo un joven lleno de fuerza y robustez, echó á andar. Éste, sin atreverse á preguntar ni pedir más, le siguió.

Á los pocos pasos, el fraile se paró á la entrada de una cabaña, miró fijamente á Renzo con cierto aire de gravedad y ternura, y lo introdujo dentro.