Al decir estas palabras, rechazó el brazo de Renzo, y se dirigió hacia una cabaña de apestados.
—¡Ah, padre mío! dijo Renzo, siguiéndole con ademán suplicante, ¿queréis que me vuelva de este modo?
—¡Cómo! repuso el capuchino con no menos severo acento, “¿tendrás la osadía de pretender que yo robe el tiempo á esos pobres afligidos, los cuales están aguardando que les hable del perdón de Dios, por escuchar tus palabras iracundas y tus proposiciones de venganza? Te he prestado atención cuando me pedías consuelos y consejos; he quitado el tiempo debido á la caridad; mas ahora que se ha apoderado la venganza de tu corazón, ¿qué pretendes de mí? Parte. He visto morir á los ofendidos perdonando, á los agresores lamentándose de no poder humillarse ante el agraviado; he llorado con los unos y con los otros; pero contigo, ¿qué he de hacer?”
—¡Ah, yo le perdono! ¡Yo le perdono: sí; le perdono para siempre! exclamó el joven.
—Renzo, dijo el fraile con una severidad más tranquila: piénsalo bien, y dime cuántas veces lo has perdonado.
Y habiendo permanecido algunos instantes sin recibir respuesta, inclinó de repente la cabeza, y con voz más baja y lenta continuó: “¿Sabes tú por qué llevo este hábito?”.
Renzo titubeaba.
—¿Lo sabes? repuso el anciano.
—Lo sé.
—Yo también he odiado; yo, que te he reprendido por un pensamiento, por una palabra. Al hombre que aborrecía, que aborrecí largo tiempo, le di muerte.