Después de haberlo conducido á la entrada de la cabaña, el fraile prosiguió diciendo: “Escucha; nuestro padre Félix, que es el presidente del lazareto, lleva hoy á unos cuantos convalecientes que se hallan aquí, para que hagan cuarentena. ¿Ves esa iglesia que hay en el centro?...”, y levantando su mano trémula y descarnada, señalaba á la izquierda, en el sombrío espacio, la cúpula de la capilla que dominaba las miserables cabañas. “Ellos van á reunirse allí para salir en procesión por la puerta por la cual tú debes haber entrado”.
—¿Has oído ya algún toque de campana?
—En efecto, he oído uno.
—Era el segundo; al tercero estarán todos reunidos; el padre Félix pronunciará un pequeño discurso, y en seguida emprenderá la marcha con ellos. Tú, á esta señal, trasládate allí; procura colocarte detrás de la procesión, á una orilla del camino, desde donde, sin estorbar á nadie ni hacerte notar, puedes verla pasar; y después ves... ves si ella va. Si Dios no ha querido que la pobrecita se encuentre allí, en ese lado; y diciendo esto, levantó de nuevo la mano, señalando la parte del edificio que tenían delante de sí;—ese lado de la fábrica y una porción de terreno que hay enfrente, está asignado á las mujeres. Verás una empalizada que divide aquel cuartel de éste, mas interrumpida, abierta en algunos parajes, de modo que podrás entrar sin dificultad alguna. Cuando estés ya dentro, trata de no hacer nada que pueda dar lugar á sospechas; y así será probable que nadie se meta contigo. Con todo, si te ponen algún obstáculo, di que el padre Cristóbal de *** te conoce y responde de ti. Búscala, búscala con confianza, y... con resignación; pues ten presente que lo que has venido á pedir aquí es una cosa muy grande, cual es una persona viva en el lazareto. ¿Sabes cuántas veces he visto renovarse en estos lugares á mi pobre pueblo? ¿Cuántas me lo he visto arrebatar? ¿Cuán poco lo he visto salir? Ve pues dispuesto á llenar ese penoso sacrificio...
—¡Ya!... ¡sí; comprendo! le interrumpió Renzo con extraviados ojos y demudado semblante.—¡Comprendo! Voy; miraré, buscaré por todas partes; recorreré todo el lazareto... ¡Y si no la encuentro!...
—¡Si no la encuentras! dijo el fraile con grave y atento ademán y con escrutadora mirada.
Pero Renzo, á quien la cólera, largo tiempo amontonada en su corazón, turbaba la vista y quitaba todo respeto, prosiguió: “Si no la encuentro, procuraré encontrar á otro, ó en Milán, ó en su abominable palacio, ó en el cabo del mundo, ó en el mismo infierno, encontraré á ese malvado que nos ha separado, al infame que ha tenido la culpa de que Lucía no me permanezca veinte meses hace; y si hubiésemos estado destinados á morir, á lo menos hubiéramos muerto juntos. En fin, si aún existe, yo daré con él...”.
—¡Renzo! replicó el fraile, cogiéndole por un brazo y mirándole todavía con más severidad.
—Y si lo encuentro, prosiguió Renzo, ciego enteramente de cólera,—si es que la peste no me ha hecho ya justicia... Ya se acabó el tiempo en que un cobarde rodeado de sus bravos podía reducir á las gentes á la desesperación y burlarse de ellas. Ha llegado ya el día en que los hombres se encuentran cara á cara: ¡yo me haré justicia! sí, ¡yo mismo me la haré!
—¡Desgraciado! exclamó el padre Cristóbal, con voz sonora y reforzada de repente. “¡Desgraciado!” Y su cabeza inclinada se levantó, sus mejillas recobraron la antigua vida, y el fuego que despedían sus ojos tenía un no sé qué de terrible. “¡Mira, desgraciado!” Y mientras oprimía y sacudía fuertemente con una mano el brazo de Renzo, paseaba la otra delante de él, obligándole á contemplar la dolorosa escena que tenía á la vista. “¡Mira quién es el que castiga; quién el que juzga, y no es juzgado; quién el que impone penas, y perdona! ¡Pero tú, miserable gusano, tú, quieres hacerte justicia! ¿Sabes acaso lo que es justicia? ¡Vete, infeliz, vete! Yo esperaba... sí; he tenido la esperanza de que antes de morir Dios me concedería el consuelo de saber que mi pobre Lucía vivía todavía, de verla quizás, de oirla hacerme la promesa de que me enviaría una súplica á la huesa en donde descansen mis restos mortales. Anda; tú has arrebatado mi esperanza: Dios no la ha dejado sobre la tierra para ti; y no tendrás ciertamente la audacia de creerte digno de que Dios piense siquiera en consolarte; habrá pensado en ella, porque es de las almas á las cuales están reservados los goces eternos. ¡Anda! no tengo tiempo de escucharte ya más”.