—¡Oh, padre! dijo Lucía, ¿os volveré á ver todavía? ¡Yo estoy curada, yo que ningún bien hago en este mundo; y vos!...

—Hace ya mucho tiempo, respondió el anciano con tono serio y dulce á la vez, que pido al Señor un favor muy grande, cual es el de acabar mis días sirviendo al prójimo. Si en estas circunstancias me lo quisiera conceder, necesito que todos los que tengan caridad de mí me ayuden á darle gracias. Vamos, dad á Renzo los encargos para vuestra madre.

—Contadle lo que habéis visto, dijo Lucía á su prometido; le decís que he hallado aquí una segunda madre, que me trasladaré á su lado tan pronto como me sea posible, y que espero encontrarla sana y salva.

—Si necesitáis dinero, repuso Renzo, traigo aquí todo el que mandasteis, y...

—No, no, dijo la viuda; yo lo tengo de sobra.

—Vamos, replicó el fraile.

—¡Lucía!, hasta la vista... lo mismo digo, mi buena señora, dijo Renzo, no encontrando palabras que pudiesen significar lo que experimentaba en semejantes momentos.

—¡Quién sabe si el Señor nos dispensará la gracia de que aún nos volvamos á ver todos!, exclamó Lucía.

—Que él sea siempre con vosotras y os bendiga, dijo Fr. Cristóbal á las dos amigas; después de lo cual salió con Renzo de la cabaña.

Entretanto la noche se iba acercando, y el tiempo parecía cada vez más próximo á revolverse. El capuchino ofreció de nuevo al joven un asilo durante la expresada noche en su barraca. “No te podré hacer compañía, añadió; pero tendrás á lo menos donde estar á cubierto”.