Renzo experimentaba, sin embargo, grandes deseos de marcharse, tratando de no permanecer por más tiempo en semejante lugar, pues que no le sería permitido volver á ver á Lucía, y ni aun siquiera disfrutar de la compañía del buen fraile. Con respecto á la hora y al tiempo, ó mejor dicho, noche ó día, sol ó lluvia, calor ó frío, era todo igual para él en aquel momento. Dió pues las gracias á fray Cristóbal, diciéndole que deseaba ir lo más pronto que fuese posible en busca de Inés.
Cuando llegaron al camino del centro, el fraile le apretó la mano diciendo: “Si Dios quiere que encuentres á la buena Inés, salúdala en mi nombre; dile, así como también á todos aquellos que se acuerdan de fray Cristóbal, que rueguen por él. Ahora, que Dios te acompañe y te bendiga para siempre”.
—¡Oh, querido padre!... ¿nos volveremos á ver, no es cierto?
—Confío que será en el cielo. Y dicho esto se separó de Renzo, el cual habiendo permanecido en el mismo sitio hasta que le perdió de vista, tomó en seguida la puerta, echando á derecha é izquierda las últimas miradas de compasión á aquella morada de dolores. Observábase por doquier un extraordinario movimiento; un continuo correr de monatti de un lado á otro, trasladar efectos, componer los techos de las barracas, y convalecientes que se arrastraban hacia éstas y debajo de los pórticos para ponerse al abrigo de la tempestad, que amenazaba estallar por momentos.
CAPÍTULO DECIMONOVENO
En efecto, apenas Renzo hubo pasado el umbral del lazareto y tomado á la derecha, con el fin de volver á encontrar la senda situada debajo de las murallas por la cual había desembocado en aquella misma mañana, cuando comenzaron á caer gruesas gotas, saltando sobre el blanco y árido camino, y levantando al propio tiempo un polvillo finísimo. La lluvia cayó bien pronto á torrentes. Renzo, en vez de inquietarse, se regocijaba interiormente; se deleitaba con aquel aire tan fresco, con aquella agitación, con aquel susurro de plantas y de hojas que parecían recobrar una nueva vida; por último, respiraba con más libertad; y en este cambio de la naturaleza, sentía vivamente el que se había obrado en su destino.
¡Pero cuánto más vivo y completo habría sido este sentimiento si Renzo hubiese podido adivinar lo que vió pocos días después! Aquella agua se llevaba, ó mejor diremos, lavaba el contagio. Si el lazareto no pudo restituir á los vivientes todos los que aún encerraba en su seno, á lo menos desde este día no recibió ya más en sus vastas cavidades. Al cabo de una semana viéronse abrir las puertas y las tiendas, no hablándose casi ya más de cuarentena, y no quedando de la peste más que algunos restos esparcidos aquí y allí: rastro que semejante azote acostumbra siempre dejar detrás de sí por espacio de algún tiempo.
Caminaba, pues, nuestro viajero alegremente, sin haber proyectado dónde, cómo, ni cuándo, ni aun si debía detenerse en aquella noche, deseoso sólo de adelantar camino, de llegar pronto á su pueblo natal, de encontrar en éste con quien hablar y á quien referir su felicidad, y sobre todo el poderse poner en seguida en camino para Pasturo, con el objeto de buscar á Inés. Seguía andando con la imaginación sumamente agitada, á causa de todo lo que había presenciado aquel día; pero al través de tantas miserias, horrores y peligros, venía siempre un pensamiento: “¡La he hallado!, ¡está curada!, ¡es mía!”. Y entonces daba un brinco de alegría, salpicándose de barro y haciéndolo saltar á gran distancia, á la manera de un perro de aguas cuando está bien mojado; otras veces se contentaba con un restregoncito de manos, y luego avanzaba con más ardor que antes.
Contemplando el camino, juntaba, por decirlo así, los pensamientos que había dejado allí por la mañana y el día anterior al ir á Milán; recogiendo precisamente con más placer todavía el que entonces había tratado de alejar de sí, á saber: la duda, la dificultad de encontrarla, y aun así, que estuviera viva en medio de tantos muertos y moribundos. “¡Y la he hallado viva!”, concluía diciendo. Traía á la memoria todos los sucesos é incidentes más terribles de aquel día, y se figuraba tener aún cogida aquella consabida aldaba: ¿si estará?, ¿si no estará? y luego recibir una respuesta tan poco favorable; no teniendo casi tiempo de comentarla, porque aquellos frenéticos y bribones le perseguían furiosamente: y después ¡el lazareto, aquel vasto mar, el miedo de encontrarla allí!, ¡y haberla justamente encontrado! En seguida venía á parar al acto mismo en que la procesión de los convalecientes acababa de pasar; ¡qué momento aquel, qué angustias al no encontrarla! Y al presente no le importaba ya nada. ¡Y aquel departamento de mujeres!, ¡y allí detrás de aquella cabaña oir, cuando no se lo esperaba, aquella voz, aquella voz justamente! ¡Y verla levantada! Pero, ¡ah!, surgía todavía entonces aquel desgraciado obstáculo del voto, más embrollado y fuerte que nunca. ¡Dicho obstáculo ya no existe! Y aquella rabia contra D. Rodrigo, aquel odio maldito que exacerbaba todos los dolores y emponzoñaba todas las esperanzas, también desaparecieron. Así que, apenas habría podido gozar una dicha mayor si no hubiese sido por la incertidumbre en que se hallaba con respecto á Inés, sin el triste presentimiento que tenía tocante al padre Cristóbal, y la aflicción de encontrarse aún en medio de una epidemia.
Al anochecer llegó á Sesto, sin que la lluvia presentase ninguna señal de cesar. Pero sintiéndose más ágil que nunca, y encontrando grandes dificultades para alojarse, aunque enteramente empapado en agua, no le pasó siquiera por la imaginación el entrar en una posada. La sola necesidad que experimentaba y que le incomodaba algún tanto era un gran apetito; pues la alegría que tenía le había hecho digerir la escasa gazofia del capuchino. En su consecuencia, miró si encontraba alguna panadería: viéndola en efecto, pidió dos panes que le fueron entregados por medio de las tenazas y demás ceremonias que ya sabemos se usaban entonces. Colocó uno de dichos panes en la faltriquera, empezando á tirar grandes bocados al otro, y de este modo continuó su viaje.